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Me siento recién parida por mí misma, con orgullo que arrastra siglos y tesón de volcanes dormidos, con la gracia que llevan todos los vientos antiguos y la ternura infinita que anida en las raíces del tiempo. Como si Dios me arrullara con una voz hecha del canto más agudo y calma más profunda, invitándome a seguir creciendo, rota y divina, sin perder jamás la pureza de la llama. La ligereza recorre mis huesos, más honda que el vuelo silente de cualquier ala, y vuelvo a ser mariposa, no por volar, sino por la forma en que el aire se posa en mi mente, desplegando un lienzo virgen, un paisaje secreto esperando ser revelado. Puedo elevarme sin miedo, aunque el suelo firme permanezca, paciente guardián silencioso. La metamorfosis no llega como un trueno que quiebra el cielo, sino como un idioma antiguo que regresa en fragmentos, un eco que al principio no comprendo, pero que, con cada silencio, se vuelve oración. Es una alquimia que ocurre en la penumbra, cuando nadie mira, como la raíz que se ensancha bajo tierra mientras el mundo solo ve la flor. No es estallido, es la paciencia del universo tallando una nueva forma con la suavidad que el tiempo reserva para lo sagrado. El cambio verdadero no irrumpe: susurra en voz de agua, y talla con manos de viento. Hoy el río me habló en su idioma ancestral, una melodía nacida antes de la lengua humana, tejida con filamentos de silencio puro y revelación líquida. Me enseñó que no se trata de olvidar el peso, sino de entregarlo al cauce, para que se transforme en corriente. Su canto no era música, sino memoria en movimiento: la renuncia no como pérdida, sino como acto sagrado de espacio abierto, una bendición que despeja el cauce para que lo nuevo se atreva a entrar. El miedo se desprendió de mí como un manto mojado, pesado al inicio, pero luego fluyendo hacia la tierra como si también él buscara descansar. Ya no arde ni muerde: se ha disuelto en la tinta oscura que una vez dibujó mis sombras, y ahora escribe con ellas nuevas formas de claridad. Soy un río que aprendió a escuchar su propia corriente, lento, pero innegociable, que no rompe lo que encuentra, sino que lo honra con rodeos, como si cada piedra fuera un antiguo sabio, y cada curva un ritual de paso. El fin no existe: solo umbrales, cada uno más hondo y más verdadero. En ese vuelo que nadie ve, donde no hay alas ni público, pero sí un fuego sutil en cada célula despierta, descubro que la verdadera libertad no es huida ni cielo despejado, sino una danza sagrada entre los escombros. Es la alquimia de caminar dentro del dolor sin volverse de piedra, de abrir alas internas aunque el viento parezca cuchillo, y aún así, ofrecerle el pecho. Es sostener la calma no porque el mundo sea suave, sino porque dentro de mí hay un templo que aprendió a respirar entre ruinas. He sentido al río latir dentro de mi pecho, como un corazón compartido con la ciudad entera, cuyas venas son calles y sus arterias, avenidas de vida. En cada semáforo detenido, escucho el pulso ancestral del cosmos, como si el universo mismo respirara a través de luces que titilan y esperan, una sinfonía muda que conecta cada alma con el latido infinito. La ciudad no es cemento frío, es un cuerpo palpitante, donde cada pausa es un suspiro, y cada paso, un ritual secreto. La mariposa que habita en mí no busca jardines de calma, sino que danza entre líneas de energía y destellos eléctricos, sus alas no son solo fragilidad, sino mapas invisibles que leen la geometría secreta del caos. Comprenden el pulso errático de la ciudad, los ritmos fracturados que se entrelazan en la penumbra, y saben que en ese laberinto de luces y sombras se tejen las verdades que ningún santuario podría contener. No me refugio en la perfección del vergel, porque he aprendido que el vuelo auténtico se gesta en el ruido y la disonancia, en la resistencia que transforma el vértigo en danza. Esta noche, el cielo se ha transformado en un lienzo abierto, una plataforma donde los trenes del tiempo no cesan su marcha, corren en un ritmo sin pausa ni retorno, un tránsito eterno entre lo posible y lo vivido. Yo, polvo cósmico suspendido, me convierto en una mota de luz atrapada en el aliento fatigado de un semáforo roto, un instante detenido en la vastedad del infinito, donde el tiempo se diluye y se multiplica, y cada segundo es un eco resonando en galaxias invisibles. No cargo alas sobre mis hombros, sino racimos dispersos de estrellas errantes, fragmentos luminosos de galaxias olvidadas, grafitis antiguos que la noche comenzó a pintar en los muros invisibles del alma, un mural inconcluso que desafía la perfección, un relato cósmico suspendido entre lo visible y lo soñado, donde cada chispa es una promesa y cada sombra, un misterio aún por desvelar. Las cicatrices que adornan mi piel son murales invisibles a la luz del día, relatos inscritos en tinta de memoria y silencio, secretos guardados en el santuario oscuro de la noche, esa confidente paciente que solo ella se atreve a descifrar. Cada línea, una historia de fuego y renacimiento, cada marca, un mapa trazado por las manos del tiempo, una cartografía sagrada de lo que fui y de lo que aún soy, un poema que solo se lee en la penumbra, donde la verdad se despoja de máscaras y se revela. No me transformé en el silencio sagrado de una crisálida, ni ascendí en luz pura y etérea. Mi cambio fue un cataclismo lento, una colisión de planetas a cámara lenta, un choque brutal y solitario en la avenida oscura de la noche, donde las órbitas se quebraron y se rehacen sin prisa, un proceso tan terrenal como el fuego que consume y purifica, una danza violenta y sagrada, donde el dolor fue el alquimista que forjó mi nueva forma. Descubrí que la libertad no habita en la ausencia, sino en la danza circular de la órbita sagrada, como satélites que giran en silencio, jamás tocándose, pero sintiendo la gravedad invisible que los une y define sus trayectorias. Libertad es ese espacio sutil entre acercarse y alejarse, una geografía de respeto y misterio, donde cada curva revela secretos del universo, y el movimiento es un diálogo perpetuo entre lo propio y lo ajeno, entre la lejanía y la íntima conexión. La corriente que habita en mí no se detiene, se desliza sigilosa entre corredores olvidados, se infiltra en las entrañas del metro subterráneo, donde la luz apenas roza las sombras. Canta en frecuencias secretas, melodías inaudibles para el ruido del mundo, pero vibrantes en el corazón de las almas errantes, aquellas que caminan fuera del mapa, buscando ecos de verdad en el silencio, resonancias de un fluir ancestral que no cesa. No camino, me deslizo silenciosa entre universos paralelos, como un holograma que desafió su propia naturaleza, aprendió a sentir el frío y el fuego, y convirtió el dolor en neón incandescente, un resplandor eléctrico que atraviesa la noche, una señal vibrante en el vacío infinito, una promesa luminosa que rehúye la sombra del olvido. Así, poco a poco, me torno en mariposa fragmentada y entera, una obra incompleta que contiene su propio centro de gravedad, una geografía imperfecta y sabia, que no aspira a la perfección sino a la plenitud consciente. Capaz de alzar el vuelo sobre los escombros del ayer, posar suavemente en el presente efímero, y tejer sueños luminosos para el mañana indómito, una viajera que conoce el valor del equilibrio, y abraza la fractura como fuente de luz y poder.