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Septiembre comenzó sin pedir permiso. Sin gesto heroico, sin fanfarria, solo esa forma suya de colarse por las rendijas con olor a asfalto húmedo y el zumbido constante de una ciudad que no termina de dormirse. Insectos minúsculos cruzaron el marco descascarado de la ventana como si fueran enviados a anunciarme algo. No lo entiendo aún. Solo lo siento: una vibración nueva entre los cables del tendido eléctrico. Una llamada sin idioma. Ayer me miré las manos mucho rato. No porque buscaras tu ausencia en ellas, como solía hacer, sino porque, de pronto, parecían más vivas. Más dispuestas. Como si algo se estuviera preparando bajo la piel y yo no tuviera que hacer nada excepto esperar, como quien espera el próximo semáforo en verde sin saber muy bien a dónde va. He vuelto a tocarme. No por soledad, ni por pena. Por deseo. Y no de ti —no exactamente. Sino del pulso, del calor, de la comprobación de que sigo aquí, que algo aún tiembla si lo toco bien. El cuerpo no te olvida, pero tampoco se detuvo contigo. Sigue, a su modo, reinventando la música que ya no haces, como una radio encendida en otra pieza. Hoy me sorprendí deseando algo que no tiene forma: una risa, un aroma en el ascensor, una espalda cualquiera contra mi espalda mientras el colectivo frena brusco. Nada urgente. Nada concreto. Solo esa curiosidad antigua que tienen las semillas antes de romperse en las macetas del balcón. ¿Será esto un síntoma de regreso? ¿O simplemente el cuerpo recordando que puede abrirse otra vez, aunque sea por partes, como los edificios que dejan encendida una sola luz por la noche? No sé a quién escribiré mañana. Tal vez aún te siga hablando a ti. O tal vez ya no. Quizá algún día esta carta la escriba a un amor nuevo, uno que no tenga que doler para sentirse real. Uno que no se esconda, que no tema su propia ternura, ni la humedad de los techos compartidos. O tal vez no haya nadie. Y esté bien así. Hoy me bastó con ver cómo una hoja nacía en mi potus, entre el polvo y el humo del tráfico, tan pequeña, tan frágil, y sin embargo decidida a ser verde, a ser cuerpo. A nacer otra vez, incluso con la memoria del invierno y el murmullo constante del tránsito abajo. Yo también.