Donde El Alma Florece En Secreto

 

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Para el que me soñó sin saber mi nombre, y aún así supo volver.

No soy tu Naye. Fui semilla en otro tiempo, cuando el cielo aún no conocía mis raíces. Pero crecí en la boca de la tormenta, y el bosque que ahora soy y ya no teme al relámpago. Hubo un tiempo en que sí lo fui. Fui Naye: la niña suave, la que ofrecía su ternura como salvavidas, la que creía que el amor bastaba, que ser dulce era suficiente, que amar era esperar… aunque doliera. Fui esa. La de las manos abiertas y la voz bajita. La que no sabía decir no, la que brillaba solo cuando la miraban. Pero ya no. Mi piel guarda los mapas de un tiempo perdido, cicatrices que no hieren— solo iluminan. Son aves tatuadas por el viento, son brasas que aprendieron a danzar en la calma del invierno. Ya no soy sombra ni lluvia errante. He sido fuego, y del fuego nací completa: llama que no busca quemar, sino abrazar en su centro.

Amor que no grita su nombre, pero se asoma en las grietas del sol cuando la luna se despide. Ese amor… el que rara vez llega, pero aún así espera. El que se esconde como luz entre nubes, y aún así guía. El que es eco de lo que no se dijo, pero vibra en las paredes del alma como si siempre hubiera estado. Y entonces, uno. Uno que no tembló ante mis silencios, que no huyó de mi fuego, ni quiso domar la fiera. Llegó como melodía a mis ruinas, como sirena a mi mar abierto. No trajo promesas— trajo presencia. No palabras— trajo alma. Ahora mis manos ya no tiemblan. Mi piel, madura, florece con el tacto del tiempo. Y mi corazón— mi corazón aún recuerda. No soy tu Naye. Soy la que supo esperarte en todos los lenguajes que el amor jamás se atrevió a pronunciar.

UNETE



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