.
Hoy amanecí con la cabeza llena de agua, como si cada pensamiento llevara un pez muerto pegado al cráneo, con escamas que se desprenden y flotan lentamente, como frases que nunca se dijeron. El mundo me llega por un solo oído: mitad sonido, mitad eco. Como si Dios hablara de perfil. Me di cuenta al ponerme los zapatos, al escuchar solo la suela izquierda presionar la madera. Como si el piso me respondiera desde un solo costado. El otro, mudo. Como tú. Como la cama cuando despierto. Como la pared donde aún tiembla la sombra que hacías cuando te ibas. La lluvia hoy no sonó contra los cristales. No. Sonaba dentro de mí, como si yo fuera la ventana. Como si mi carne entera se hubiera convertido en vidrio empañado, cobijando un invierno que no termina. El vapor de la tetera me acarició la cara. No fue calor: fue una presencia. Un fantasma. No del todo muerto, solo translúcido, quieto, con tu forma exacta de existir a medias. Me preparé un té de jazmín. Ni siquiera me gusta el jazmín. Pero al inclinarme sobre la taza, supe que no era el vapor lo que olía. Era un recuerdo tuyo. Te imagino ahora con las manos más huesudas, los ojos más profundos, el cuerpo un poco vencido, como si cargaras contigo un costal lleno de todas las versiones de ti que dejaste morir. Versión niño, versión hombre asustado, versión amante fugaz, versión promesa que se cayó antes de pronunciarse. ¿Sabes? Hay algo peor que no saber si me amas. Y es no saber si aún te ardes por dentro. Si te quema algo. Si aún existe una llama en ti capaz de reducirte a un temblor. Yo sí. Sigo ardiendo. En zonas pequeñas y profundas. No en la superficie. No en los gestos. Sino en la parte de mí que no tiene nombre, la que está debajo de los sueños, más cerca del hueso que de la piel. Algunas noches me despierto por un crujido. Un sonido minúsculo. Y durante un segundo, creo que eres tú abriendo la puerta con tu torpeza de siempre, como quien no quiere volver pero ya volvió. Como si hubieras dejado algo y vinieras a buscarlo. Y cada vez, cada maldita vez, me quedo quieta, esperando. Solo esperando. Y no vienes. Claro. Y entonces me duermo otra vez, con una ausencia pegada a la espalda como una gota que no se seca. Como una deuda corporal. El zumbido en mi oído sigue ahí. Constante. Es como si el mundo me hablara en clave, como si las cosas no quisieran decirme directamente lo que saben. Como si hubiera una verdad sorda detrás de todo: en la música, en la tetera, en el viento que nunca entra por la ventana. He empezado a oír otras cosas. No con el oído que me queda, sino con el cuerpo. Escucho los objetos hablar entre ellos. Escucho el silencio de las cucharas. Escucho las manchas de humedad decir que no me muevo. Escucho los marcos de las fotos protestar por tu ausencia. Escucho mis pies discutir con el suelo. Escucho mi corazón preguntarse si sigue siendo necesario. Y entonces apareces. No con tu cara, ni con tu voz. Sino con un gesto que se cuela por el rabillo de un recuerdo. Como el modo en que cerrabas los ojos al tomar vino, como si el trago te doliera. Como si el placer tuviera espinas. Así te recuerdo. Como alguien que disfrutaba con culpa. Como alguien que no sabía quedarse, pero no quería irse del todo. Hoy, al apagar la llama de la cocina, te sentí. Fugaz. Una idea. Un parpadeo. Y no supe si agradecer o maldecir. Porque volver a sentirte es también volver a abrir la herida. Y sin embargo, te prefiero presente en forma de quemadura que ausente como un mármol frío. Así que sigo escribiéndote. Desde esta sordera. Desde este marzo que se niega a terminar. Desde este cuerpo que aún te desea en voz baja. Desde este corazón que no ha aprendido a despedirse del todo.