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Te busqué, como quien lee estrellas ocultas tras un velo de niebla, sin saber que ya eras el faro, el faro que iluminaba la sombra de mi propia noche. Te tuve, como arena que se desliza entre los dedos, como un río que nadie puede apresar, sin entender la vastedad de tu océano, ni la fuerza que arrastra mis pequeñas olas. Para cuando llegue... habré bailado bajo la lluvia de la alegría, habré sentido la llama fría de la agonía, habré vagado por desiertos de deseo, donde las palabras son espejismos y el alma, sedienta. Para cuando llegue... llevaré tatuado en la piel desnuda el mapa invisible, la sabiduría de quien aprende a devolver el fuego sin quemar las manos, a disculparse como río que cede su cauce, a aferrarse como raíz que abraza la tierra, sin aplastar ingrata el suelo con su vientre. No huiré, aunque a veces el silencio me cubra como niebla densa, puedo ser lluvia que riega, puedo ser roca que sostiene. Puedo aferrarme al momento, como la luna que se abraza a la noche, y puedo dejar que la marea fluya, como el viento sin miedo al cambio. Me amo, como un árbol que conoce la sombra que proyecta, firme en su tronco, libre en su copa. TE AMO en presente, como el sol que abraza el amanecer sin detenerse, me amo en futuro, y TE AMO para siempre, como el océano que guarda secretos, como el océano que nunca deja de fluir.