Lo Que No Despierta Conmigo

 

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Lo soñé. O al menos eso creí. En ese espacio suspendido donde no existe el tiempo, él también me soñaba. Ambos lo sabíamos: que el otro no era real, o tal vez que la única realidad era esa —el instante compartido entre dos conciencias sin cuerpo, sin historia, reflejadas una en la otra como un eco sin origen.Yo era amor. Él, paz. O quizás era fuego disfrazado de calma para no arder solo. No nos hablábamos con palabras, pero nos sabíamos. Éramos, simplemente, en ese lugar donde ser no necesita explicación. Al despertar, no supe quién era. El amor se había desvanecido como un perfume antiguo, y el anhelo, astuto, ya tenía otra forma, otra piel, como las serpientes viejas. La habitación —tan sólida, tan mía— me resultó extrañamente ajena, como si alguien me la hubiese contado alguna vez y yo apenas la recordara ¿Dormí demasiado? ¿O fue el sueño el que me durmió a mí?Vi su rostro justo antes de despertar. Claro. Preciso. Imposible. Y entonces lo comprendí, no sin un temblor: no era a él a quien soñaba, sino a su ausencia. La pérdida tenía su cara, su gesto, su promesa incumplida. Y desde entonces, temo dormir. No por lo que encuentro, sino por lo que pierdo cuando abro los ojos. Porque en sueños, éramos uno. En sueños, el mundo cumplía su promesa, y yo entendía cosas que en la vigilia se escapan como agua entre los dedos. Pero ese mundo, ese instante, no existe ya cuando despierto. Todo es relativo. Todo vive entre velos: la astucia del destino, el mérito secreto de haber amado lo irreal, la trampa brillante del alma que se reconoce en otra sólo para saber que no podrá alcanzarla jamás. Ahora deseo volver a dormir. No para descansar. Sino para despertar en su mirada. O en la mía, antes de haberlo soñado. Escrito en una madrugada sin año

UNETE



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