El Susurro De Lo Ausente

 

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Siento un peso en mi corazón, como si una enredadera de dudas naciera del mismo centro de mi pecho y me rozara por dentro con hojas invisibles. Estoy entumecida con la lluvia de marzo, esa que llega sin permiso, lágrimas que el cielo no traga. Y mientras tanto, la pérdida de audición en mi oído derecho —ese zumbido que se niega a desaparecer— también es un maestro, mostrándome que el mundo a veces decide guardar silencio en un oído. La forma en que organizas miedos y encantos es extraña, como una danza de la torpe cabra bajo la luna nueva, bonita pero inexplicable, infantil un momento, débil al siguiente, como un hilo de agua que no corre hacia un río. Pero para amar, ¿quién necesita fuerzas? ¿Quién pide certezas cuando la pasión sube como la marea bajo la carne? No yo.  Porque te imagino desnudo, pero en carne, y le ruego a Dios que aún te tuviera: permanent desiderium. Sabes... Hoy leí algo sobre el equilibrio del bien y el mal, como si un alma estuviera en una cuerda floja entre estrellas muertas y soles ardientes. Fue en ese segundo que la maldición de mi severa vieja maestra se desvaneció, y me vi obligado a reconocerte, no como una cosa muerta o un sueño, sino como un movimiento actual en cada costilla, un eco de lo que fuiste y lo que podrías ser aún. Hasta que nos volvamos a encontrar —si la suerte y el tiempo nos llevan a ese fin— tú un poco más profundo, tal vez, más miedos que te acerquen, y menos dones que te separan. Y, pensándolo bien, podríamos haber sincronizado nuestros latidos, no tan rítmicos como se puede recordar de ayer, pero aún así, como dos viejos relojes buscándose en el crepúsculo. Sostenidos —no amargamente, sino suavemente, ahora grises por las lluvias pasadas, pero con vetas de miel, como madera que ha resistido el fuego y el invierno, líneas de abejas buscando un último sabor dibujado en cristal sobre ella. En marzo te escribo estas cartas, mientras el silbido de la tetera corta el silencio como un pájaro inquieto. El vapor se enrosca en el aire y susurra algo que simplemente no puedo escuchar. Apago la llama y ahí estás de nuevo, en ese pequeño gesto. La sordera sigue zumbando en mi oído derecho, —como si quisiera ahogar lo que el corazón está gritando en voz alta,— y la ceguera en mi cerebro comienza a escuchar. Pero ya no soy silencio; soy un caleidoscopio: blanco que brilla, naranjas que arden, y brillantes que casi pican, ¡son tan brillantes!

UNETE



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