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Soy la niña que nació del eco. Soy la mujer de humo y cicatriz, la que ningún fuego quiso habitar. Hoy soy ambas, doble sombra en tus pesadillas. He sido aurora en párpados cerrados, he sido la noche que sangra estrellas, pero ya no. Hoy soy solo la grieta, el presagio, el mal sin redención. No fui Eva. No nací para ser costilla ni corona, ni promesa de obediencia en jardines prestados. No esperé serpientes. Yo misma fui la mordida, la fruta prohibida, la boca que se negó al silencio. Mis manos ya no buscan consuelo. Mis ojos ya no suplican milagros. Soy la tempestad sin altar, la cruz que nadie cargó, la bruja que encendió la hoguera y bailó dentro de ella. No fui Eva. Fui la primera, y por eso, la más temida. Dijiste que era tempestad cuando te arranqué el velo de calma. Que era herida, cuando te mostré la piel sin máscaras. Que era sombra, porque no me arrodillé ante tu luz. Fuiste tú quien me llamó monstruo al no saber nombrarme. Tú querías la espalda curvada, la voz que pide permiso, el sí que se entrega sin preguntas. Yo traía cicatrices que hablaban más fuerte que tus dogmas. Me quisiste de costilla, yo vine con vértebras de trueno.¿Creíste que nacer del barro me haría más dócil? He sido tierra, sí, pero tierra que traga templos, que rompe raíces, que jamás se deja sembrar sin lucha. Me diste el nombre de exiliada cuando elegí mi camino. Me llamaste pecado cuando no quise ser perdón. Me hiciste fuego para no tocarme. Pero no fui tu infierno. Fuiste tú quien no supo sobrevivir a mi verdad. Y ahora lo sabes: no fui Eva, ni quise serlo. Fui la voz antes del verbo, la furia antes del mundo, la primera en decir no —y ser quemada por ello.