Hay Vida Al Otro Lado Del Cielo

 

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¡Por el amor de Dios! Entre tu piel y mi cielo, hay un abismo que canta con mi nombre, una constelación rota donde los astros se curvan buscando tu forma.

Quiero decirte -con la muerte ardiéndome en la lengua-: te he amado tanto, que al pensarte, los relojes se olvidan del tiempo y el mar enmudece para escuchar el latido de tu sombra.Cuando cierro los ojos, te dibujo con el humo de mi aliento.Eras tormenta y consuelo, un relámpago escondido en el pan de mis días. Te poseí como el fuego devora una plegaria, como el vino oscuro que tiembla en el cáliz antes de caer. Tu voz era un eclipse, una luna mordida por el deseo. Te he perdido tantas veces, que ya no sé si fuiste carne o un espejismo tallado en mi sangre. Pero sé —porque la ausencia me lo dijo—que somos uno: una misma raíz brotando en dos tierras que se sueñan desde lejos. A través de mi piel conozco tu alma, como el desierto conoce la forma exacta del agua que no tiene. No por tu voz, sino por el silencio que me dejaste, ese silencio que no pesa, pero que me parte como una marea helada. Me pregunto si el mundo sabrá que algunas almas gritan en lenguas invisibles, que el dolor se disfraza de calma, y que el amor más puro es a veces el que no se dice, sino el que florece en el exilio del pecho. La humanidad nunca quiso que la vida fuera demasiado ideal; prefiere los bordes rotos, las pasiones clandestinas, las heridas con nombre propio. Entonces, ¿por qué nadie acaricia tu herida?, me pregunté. ¿Por qué nadie detiene la rotación del mundo cuando tus ojos se llenan de invierno? ¿Por qué el universo no se inclina, no se parte, no suplica por ti? A veces creo que el cielo se cae de tanto contenerte. Y yo, que apenas soy un susurro perdido entre las costillas del viento, aún te busco en cada grieta del día. En cada sombra que se parece a tu perfume. En cada palabra que tiembla como si fuera a decir tu nombre pero se quiebra antes. Aún te busco en el humo de los trenes que nunca llegaron, en los cafés fríos que nadie terminó, en los libros que guardan, entre páginas muertas, migajas de tus gestos. A veces creo verte en los reflejos rotos de los charcos, en el canto errante de los pájaros sin nido. Y cuando la noche se parte en dos, como un fruto demasiado maduro, mi alma camina por sus calles como un perro que olió tu rastro y ya no sabe volver. He dormido en tantas camas esperando tu abrazo, que el cuerpo se me volvió frontera, territorio de nadie, mapa de un deseo que no termina de pronunciarse. Tú eras la lluvia antes de caer, el temblor en el pulso del relámpago, la grieta en la roca donde nace una flor. Y yo, apenas un testigo, un cuerpo que se incendia al recordarte, una antorcha encendida por la nostalgia. ¿Quién te enseñó a doler tan bello? ¿Quién afiló tus pasos hasta convertirlos en cuchillas de aire?

Me has tocado con la ternura de los siglos, como si todos los hombres de la historia me besaran a través de ti. Y sin embargo, te fuiste. Te desvaneciste como el aliento sobre un espejo, como el último acorde de una canción que no acaba, pero se desvanece, se disuelve en la atmósfera de lo no dicho. Y yo me quedé aquí, escribiéndote con las manos abiertas, como quien cava su propia tumba esperando encontrar agua. Me pregunté si el dolor tenía forma, y descubrí que tenía tu perfil. Si la eternidad era un sitio, era la curva de tu espalda en mi memoria. Ya no sé si estoy viviendo o si sólo estoy recordándote. Pero cada día nace con tu nombre en la boca, cada estrella titila con tu respiración prestada, y hasta el silencio de Dios parece llevar tu perfume. No quiero que este poema termine, porque al cerrarlo, sería como sellar el féretro de lo más vivo que he sentido. Así que sigo escribiendo, como quien deja una vela encendida por si acaso regresas, como quien arroja botellas al mar esperando que una lleve su alma de vuelta. Y si no vuelves —no importa—, seguiré nombrándote hasta que el lenguaje se rompa, hasta que las palabras ya no sepan mentir y confiesen que fuiste mi casa, mi cielo, mi catástrofe preferida.

UNETE



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