. Por eso, realizar un diagnóstico rural participativo (DRP) en el ámbito de la Junta de Usuarios del Sector Hidráulico Menor Chira – Clase A ha sido mucho más que una actividad técnica; ha sido una experiencia reveladora sobre cómo se vive —y cómo se sufre— la gestión del agua desde abajo.
Uno de los hallazgos más evidentes fue la desigualdad en el acceso al recurso hídrico. Agricultores de zonas alejadas o con menor poder económico reportan recibir agua con menor frecuencia o presión, mientras otros, con mayor influencia o cercanía a las tomas principales, acceden sin mayores dificultades. Esta distribución inequitativa alimenta la desconfianza y la percepción de que “el agua tiene dueño”.
A esto se suma un malestar creciente respecto a la participación. Si bien la Junta convoca asambleas y reuniones, muchos pequeños agricultores sienten que sus voces no pesan. Las decisiones claves, como las tarifas, la asignación de turnos o las inversiones en infraestructura, suelen tomarse entre pocos. Las mujeres, los jóvenes y las comunidades rurales organizadas aún tienen una participación muy limitada o simbólica.El diagnóstico también puso en evidencia una institucionalidad frágil y desconectada de sus bases. La Junta cumple funciones operativas, como el cobro de tarifas y la distribución técnica del agua, pero no ha logrado consolidar un modelo de gestión transparente, inclusivo y con legitimidad. El acceso a la información es limitado, la rendición de cuentas casi inexistente y el acompañamiento técnico a los usuarios es esporádico.Sin embargo, no todo es crítica. El DRP también mostró potencialidades enormes: agricultores con conocimientos ancestrales sobre el manejo del riego, jóvenes dispuestos a participar en la gestión, y una comunidad que, cuando se le escucha de verdad, responde con propuestas concretas. Existe un capital social valioso que no ha sido suficientemente aprovechado por las instituciones.Lo que este diagnóstico nos dice, en el fondo, es que la Junta del Chira no necesita solo más recursos o más normas: necesita más cercanía, más escucha, más participación real. La gestión del agua no puede seguir siendo un proceso vertical, tecnocrático y excluyente. Debe ser una construcción colectiva donde todos los usuarios. Sin importar su tamaño, su género o su ubicación tengan voz y capacidad de decisión.El agua del Chira riega los campos, pero también puede regar la esperanza de una gestión más justa, más humana y más sostenible. Para ello, el primer paso es claro: escuchar al valle, y actuar en consecuencia.