El agua no proviene de caños o represas: nace en los ecosistemas. Por eso, gestionar el agua implica también proteger los paisajes que la generan. Los bosques, páramos, humedales y cabeceras de cuenca cumplen un rol vital en el ciclo hidrológico, regulando el flujo de agua, filtrándola y almacenándola. Sin embargo, estos ecosistemas están cada vez más degradados por la deforestación, el uso intensivo del suelo y la expansión agrícola sin control.



