Durante años, he observado cómo la distribución del agua en muchas comunidades agrícolas se decide a puertas cerradas, sin la voz ni la comprensión plena de quienes dependen directamente de ese recurso para vivir. El turno de riego, lejos de ser solo un dato técnico, define el éxito o el fracaso de una cosecha. Y sin embargo, muchos agricultores no saben cómo se asigna, por qué les toca ese día o esa hora, ni si su situación ha sido realmente considerada. Esa desconexión no solo genera malestar: perpetúa la desigualdad y socava la confianza en las instituciones.



