Recuerdo una ocasión en la que fui testigo de un concurso laboral de talla global. Un distinguido investigador, con dos doctorados, más de cincuenta artículos publicados en revistas de alto impacto y diez mil citas, estaba convencido de que el mundo ya lo conocía. Sin embargo, bastó un clic en Google para que fuera eclipsado por un investigador junior, antologado, reseñado, entrevistado en múltiples medios y viral en Wikipedia. Fue este último quien finalmente se quedó con el puesto.




