Mi colega a veces solía incomodarse de que la inteligencia artificial se limita a resolver preguntas, como si fuera un oráculo del aula. Le dije: ¡Entrénala, pues no es solo para resolver tareas! Me miró desconfiado. Dudó al escucharme, pero lo intentó. Hoy, sonriente como un niño con juguete nuevo, me confesó que sus alumnos aprenden mejor. Dice que ahora la IA es su colega ideal y que no es necesario invitarle café.




