Cuando era niño, solía caminar, conversar y jugar solo conmigo mismo. Era el más pequeño del aula que siempre iba primero en la fila y el primero en recibir el famoso “corriente”, un golpecito en la cabeza. En los recreos, me paraba junto a la puerta de mi salón, esperando que el timbre suene. Rara vez me unía a los demás para jugar, y cuando lo hacía, era solo para convertirme en el blanco de burlas. Tenía tantos apodos, por lo que creo que nadie se acuerda de mi nombre.




