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El totalitarismo y su desprecio por la vida


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05/12/2011

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En estos días supimos la triste noticia de la muerte de Isaac Chocrón.  Meses antes también conocimos que había dejado de existir Oscar Zambrano Urdaneta, y si no hubiera sido por la iniciativa de algunos periodistas y medios independientes, ambas defunciones habrían pasado sin pena ni gloria (y nunca mejor dicho). Simple y llanamente, el Estado parece no querer darse por aludido en cuanto a los aportes que hicieron estos venezolanos a nuestras letras y a nuestra cultura en general. Pero esto no ha sucedido sólo con estos destacados escritores, en esta última década también ha ocurrido con la desaparición de historiadores, pintores, músicos, humoristas, etc., y ni que decir de  una buena cantidad de políticos.


Sería lógico pensar que la actitud asumida por los personeros del gobierno obedece a la posición política  que asumieron estos sobresalientes personajes mientras vivían. El pensamiento único que se nos trata de imponer parece no perdonar disentimientos, por lo que en el fondo todos ellos terminan siendo considerados “delincuentes sin delito”, para utilizar la terminología que usa Hannah Arendt en su texto sobre el totalitarismo. Los mismos son considerados simples “delincuentes” o “enemigos”,  no por que hicieran algo para ser tales o merecer ese calificativo, sino porque no han sabido ser amigos manifiestos del proceso, y eso parece que no se perdona. Sin embargo, se podría ir  más allá y decir que su verdadero delito fue no sucumbir a una ideología totalizadora, no ceder a la tentación de convertirse en un número más y, en definitiva, reivindicar una identidad individual y única.

Como Arendt sentenció una vez,  este tipo de dominaciones con tendencias totalitarias  terminan promoviendo  la extinción de la identidad individual. Pareciera como que a las personas les estuviera prohibido tener destinos únicos o diferencias individuales. Como la vida es algo individual y el proyecto que se nos trata de vender  es social y colectivo, hay un cierto desprecio por la existencia particular. La vida individual no tiene sentido  en la medida que no se asocia al proceso, más importante incluso que la propia vida, ya que ésta sólo tiene relevancia cuando que se dedica a su defensa. El individuo, en fin, sea de la oposición o no, importa  poco en situaciones políticas como las que vivimos, donde sólo la revolución es importante (y, en última instancia, el ser que la encarna, el que sí no puede desaparecer porque desaparecería todo). Lo  que se resume en aquella famosa frase de Bakunin: “No deseo ser yo, quiero ser nosotros”.     

Una prueba de todo lo que llevamos dicho es que la vida en las filas del gobierno tampoco parece ser muy valorada, ya que cuando fallece uno de sus destacados miembros éste también pasa rápidamente al olvido. No es muy esperanzador saber igualmente que los estratos más populares de nuestra población prefieren y aprecian más el empleo y la subsistencia que la vida misma, pues como se expone en el reciente publicado estudio del Centro Gumilla, la inseguridad ciudadana ya no es su primera preocupación. Es como si al país entero lo cubriera un manto de “indiferencia cínica y aburrida frente a la muerte“.

En este reescribir la historia que se nos propone constantemente, estos destacados ciudadanos a que hacíamos alusión al principio  representan, por tanto, el pasado y “ la historia oficial”  de la que constantemente se hace burla.  Por eso la muerte de un Chocrón  ( y por ello su vida ) está al mismo nivel que la de  un político como Morales Bello, por ejemplo;  o  la de un Zambrano Urdaneta a la misma altura que la de un presidente como Luis Herrera. Y así sucede con un Soto, un Manuel Caballero, un Graterolacho, un Aldemaro Romero,  o que sé yo. Porque yo  también he ido sucumbiendo, poco a poco, a esa amnesia colectiva de la que todos, de alguna u otra manera,  somos presa y gracias a la cual olvidamos fácilmente  la muerte incluso de algunos que si ser de acá también estuvieron una vez entre  nosotros, como León Rozitchner (fallecido recientemente), a quien, como  a muchos de los citados,  le debo una buena cantidad de las cuatro cosas que sé.



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