Fetichismo de lo tumbado y el egoísmo ante la narcocultura

El pasado 28 de junio, buena parte de los jóvenes y no tan jóvenes de Mexicali se quedaron afónicos después de desgañitarse por las rolas de Natanael Cano, el cantante de ese género hoy tan popular como son los corridos tumbados.

 

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Precisamente el nombre de la gira que lo llevó a nuestra Capital bajacaliforniana es Tumbado Tour 2024. El estacionamiento de la Ciudad Deportiva a tope. Las mujeres degustan y cantan esas canciones para ensalzar su ego; sentirse valentonas, mamonas, cabronas. Los hombres, para hacer gala de su identidad –pasajera- de buchón, alucín, alterado, tumbado… con la cheve en la mano y el reloj en la muñeca. Todo aquello que sea instagrameable.

En las últimas semanas, éste y otros eventos referentes a lo tumbado (hace unas semanas cancelaron el concierto de Carín León en la Arena Valle de Guadalupe) han ocurrido precisamente mientras leía todo lo que en mis manos ponía con el fin de entender qué es lo que hay de atractivo o estimulante en esa música. Parece algo fácilmente explicable, pero al menos tomando en cuenta lo que expertos en el tema han publicado.

No quiero parecer moralista ni mucho menos un apologista frustrado de otros géneros, aunque me declaro culpable si la o el lector así lo percibe.

Javier Valdez Cárdenas, el asesinado periodista culichi que le dio nombre y exposición a las historias invisibles en torno a los contextos de narcoviolencia, demostró que no necesariamente “el que la hace la paga”. Eso lo podemos corroborar una y otra vez si uno lee el trágico y maravilloso libro Con una granada en la boca (Aguilar, 2014). Pero quizá el que paga, sin querer también la hace.

Es bien sabido el grado de relación que estos artistas tienen con los protagonistas del mundo criminal mexicano, y particularmente el que concierne a Sinaloa: a Culiacán, a Badiraguato, a Eldorado. Esto también nos lo cuenta el periodista José Luis Montenegro en su más reciente libro Los Chapitos: radiografía criminal de los herederos del Cártel de Sinaloa (Aguilar, 2024). En un recorrido por la sindicatura de Jesús María, tuvo la oportunidad de conversar con Ernesto Barajas, vocalista de Enigma Norteño -quienes cantan “El señor Iván”-, y también con el estadounidense Roberto Tapia, quien interpreta “El niño de La Tuna”, dentro de un desconocido rancho escoltado por gente de Los Chapitos. Tuvo la ligera oportunidad de ver a los lejos a Ovidio Guzmán “el Ratón” (aquel por quien se desató el Culiacanazo) y además vio descender de una camioneta lujosa a los integrantes de Fuerza Regida, cuyo vocalista fue detenido en la garita de Mexicali por posesión de mariguana en febrero de este año.

Sin embargo, hay que ser analíticos a la vez que críticos. No necesariamente todo aquello que suene a corrido está necesariamente vinculado con el narco.

Imprescindible la lectura del reciente libro Corridos tumbados: bélicos ya somos, bélicos morimos (NED, 2024). En parte de esta obra, el sociólogo tecatense José Manuel Valenzuela Arce nos esboza una genealogía del corrido, como una especie de reedición del célebre texto El corrido mexicano, del musicólogo Vicente Mendoza: En esencia, este género se construye a finales del siglo XIX, rítmicamente a través de la balada irlandesa y la polka, y su intención era contar las historias de las hazañas de personajes que asumieron el control de ejércitos insurgentes o de pistoleros justicieros; por ello su auge en tiempos de la Revolución.

Sin embargo, el género transmutó con agrupaciones como Los Tigres del Norte y sus corridos prohibidos, dedicando sus melodías a personajes como la famosa Camelia, involucrados en contrabando y ajustes de cuentas. Siguiendo con esta cronología, tenemos a Cornelio Reyna, Beto Quintanilla, Los Tucanes de Tijuana, Chalino Sánchez -apodado el Rey del Corrido, ultimado en 1992 después de un concierto- y a Valentín Elizalde (también asesinado).

Después, llega otro momento crucial a través del movimiento informal de los corridos alterados, teniendo como exponentes a El Komander, Gerardo Ortiz, Los Buchones de Culiacán, entre otros. Respecto a ellos diría el ya mencionado Javier Valdez, “no cuentan historias, pero sí hacen propaganda de jefes, sicarios, enfrentamientos y matanzas”. Y de eso también se alimenta lo tumbado.

En el contexto actual de la música, nos encontramos con un género que ya rebasó al corrido y se convirtió en una cuestión de símbolo corporal y social: lo tumbado. Dentro de los sentidos y significados que podemos encontrar en sus manifestaciones, son ineludibles el consumo de drogas (la persona tumbada es la que está fuera de sí), el estar a gusto o al millón, la pertenencia al grupo o la plebada, el empezar desde abajo para disfrutar la riqueza obtenida en lujos, las disputas entre narcos o el desmadre. Y lo más importante: la trascendencia de sus actos a través del propio corrido. O más recientemente, el corrido hecho trap.

Esto no se enuncia de manera tácita… sino que es absolutamente explícito y se exacerba como la idea de una vida deseada para un joven que vive en la marginalidad.

Ahora bien, llegados a este punto, ¿por qué es tan popular lo tumbado, vinculado con la narcocultura, a tal punto de encabezar las preferencias en Spotify?

Parte de la respuesta reside en lo que el Presidente López Obrador ha denunciado: el neoliberalismo que ha fomentado una sociedad que consume, que aspira a tener cada vez más, al individualismo, al egoísmo. A lo que Valenzuela Arce denominó “presentismo intenso”. Es decir, una aspiración continua de vivir al límite, obtener todo aquello que se desea por todos los medios posibles, gozar lo logrado y presumirlo por las redes sociales. Como diría la canción “La bolsa Gucci” de Miguel Cornejo, “a los diecisiete me metí al ambiente, del infierno ya somos clientes”.

Aunque muchas veces sus exponentes evocan a su origen humilde, sus canciones no están desprovistas de burlas e incluso amenazas a los ardidos, a los envidiosos, a los que no comparten la aspiración, además de los enemigos del cártel. Precisamente el término buchón alude casi explícitamente al whisky Buchanan’s, otro símbolo de la excentricidad que caracteriza lo tumbado.

¿Quiero decir con todo esto que toda aquella persona que interprete corridos o canciones tumbadas está inherentemente relacionada con el narco? De ninguna manera. Tampoco quienes llenan sus conciertos y su merchandising. Sin embargo, es insoslayable que al participar en esta industria, como artista o como consumidor, se está abonando y legitimando la narcocultura. Se normaliza un contexto de violencia que no necesariamente tenemos que padecer en primera persona para entender sus efectos sobre las familias en un país que adolece cada día con mayor magnitud y cuyos habitantes se desprenden de su capacidad de asombro.

No sólo se trata de la muerte a bala; también es la pérdida de autocontrol por las sustancias -cada vez más mortíferas- que ya están ocasionando un severo problema de salud pública y desintegración familiar en el vecino país. Y que estos personajes la venden como un elixir. “Es veneno, da pa’arriba, es de muy buena calidad” (“PRC”, de Natanael Cano y Peso Pluma). Aquí no cantamos mal las rancheras si de consumo de drogas hablamos.

Lo que empieza como algo marginal, de la calle, underground, puede convertirse, sin quererlo, en una industria popular que propicia el desarrollo de actividades dañinas y por ende, ilícitas. No es la regla, pero sí una constante. Dentro del jipismo se propició la muerte prematura de muchos jóvenes por sobredosis en aras de un mundo contestatario, libre y pacífico. El punk se convirtió en un semillero de hooligans y delincuentes urbanos, justificados en una legítima protesta contra el statu quo que representan los poderes políticos y económicos.

Hoy, todo eso ya es mera mercancía. Ya no es motivo de censura… fue y sigue siendo redituable. La única diferencia es que lo tumbado nunca fue motivo de censura. Tampoco lo estoy demandando. Cada quien es libre de poner las rolas que desee en su playlist.

¿Qué sentirán las familias que perdieron a un ser querido, convirtiéndose en una estadística más de los miles de desaparecidos o de los daños colaterales de la falsa guerra contra el narco y la escalada de violencia en nuestro país, al oír adulaciones y respetos hacia los Guzmán, los Menchos, las tropas? ¿También son ardidos o envidiosos?

UNETE



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