Si somos aficionados a un deporte, sea cual sea, estaremos más que acostumbrados a disfrutar, en el salón de nuestra casa o en un bar, solos o en compañía de nuestros amigos, de las competiciones anuales más emocionantes. Por ejemplo, un mundial de fútbol, el europeo de baloncesto, o los grand slam del tenis. Es muy fácil vibrar con los y las jugadores/as cuando no tenemos que ponernos a nosotros mismos la presión de ganar una de esas competiciones, es decir, cuando no somos deportistas profesionales. Sin embargo, si lo somos, o si aspiramos a serlo, la cosa cambia. Y debemos ser conscientes de una cuestión fundamental: somos humanos. Eso significa que, por muy competitivos y ambiciosos que seamos, y por mucho que nos entrenemos, experimentaremos miedo, ansiedad e inseguridades en cada partido, especialmente los importantes.




