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Crisis económica y guerra


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04/12/2011

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Siguen sucediéndose las noticias sobre la crisis económica que afecta a los países más desarrollados, simbolizada siempre en la «crisis de deuda» de varios países europeos ante los ataques de los «especuladores», primero Grecia, después Portugal y ahora mismo Italia y España, que han cambiado de gobiernos bien por imposición de terceros en el caso italiano o por unas elecciones que han confirmado la debacle del Pensamiento Alicia del PSOE de Rodríguez Zapatero, tras siete años de verdadero desgobierno de la Nación Española.


 

Sin embargo, tras numerosas reuniones de la Unión Europea, del G-20 y otros organismos internacionales, tras muchas intervenciones de organismos supranacionales como el Banco Central Europeo y su compra masiva de deuda para garantizar la solvencia económica, ninguna de las medidas parece haber garantizado la salida de la crisis que sufren estos países. Todo ello ha servido para que los economistas anarcoliberales hayan vuelto a afilar sus garras ante lo que consideran un exagerado intervencionismo, animando a dejar al mercado actuar de manera natural y a promover la «libre asociación entre los hombres» y la economía de mercado «desrregulada».

 

Recientemente, el economista Paul Krugman afirmó que existía una solución para que el mundo saliese de esta larga recesión económica: que se produjese un ataque alienígena que obligase a movilizar recursos para afrontar semejante invasión, y con ello la reactivación de la actividad económica. Pese a que semejante juicio toma tintes disparatados al no haber constancia de la existencia de estos extraterrestres, no conviene olvidar que la guerra ha sido un mecanismo postulado por economistas de diversas tendencias como salida de las crisis económicas del capitalismo. Así lo señaló Marx en El Capital, ya que cuando la descoordinación entre la producción y el consumo genera una gran cantidad de mercancías sin vender a causa de la falta de recursos para adquirirlas, una forma de poner en marca de nuevo el ciclo económico es  ampliar mercados donde adquirir materias primas a mejor coste y más abundantes (el famoso lema «sangre por petróleo» acuñado durante la Guerra del Iraq de 2003).

 

Pero no sólo el materialista Marx sino especialmente Lord Keynes ha valorado especialmente los efectos de la guerra en la recuperación económica, pues en su obra Consecuencias económicas de la paz (1919), a raíz del Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, postuló que era necesaria la intervención del Estado en la economía para movilizar recursos perdidos una vez roto el «estado de equilibrio» por las acciones bélicas (y que tanta influencia tuvo en el New Deal de Roosevelt a través de John Kenneth Galbraith). Un Lord Keynes a quien de modo sectario se le niega el título de liberal, pese a que sus posiciones microeconómicas son idénticas a las de uno de los principales adalides del liberalismo austríaco, Ludwig Von Mises. Una vez recuperado el «estado de equilibrio», Keynes defiende no intervenir, dejando paso libre a la «destrucción creadora» de Sombart y Schumpeter, en la que la competencia entre productos se convierte en lo esencial del modo de producción capitalista.

 

Candidatos para sufrir esa guerra puede haber muchos, pero parece ser el más probable la República Islámica de Irán, cuya amenaza nuclear incipiente contra el actual orden internacional constituye un casus belli más que suficiente para una intervención militar que frene sus ímpetus mundializadores, lo que contaría asimismo con el apoyo de las monarquías de la Península Arábiga, cuyo Islam sunnita ve con poca simpatía al chiísmo de los ayatolas. Incluso tomándonos en serio a Krugman, no conviene olvidar que la búsqueda de vida extraterrestre ha movilizado cuantiosos recursos de la NASA y en su día los programas espaciales de la Unión Soviética, aparte que una hipótesis para el mantenimiento del arsenal atómico, pese a los programas de «no proliferación», puede ser perfectamente la posibilidad de un ataque alienígena. En todo caso, una guerra semejante demostraría una vez más el carácter político de la Economía, frente a las suposiciones anarcoliberales de una actividad económica totalmente desrregulada y no intervenida.



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