Sangre

SANGRE

 

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Séneca, Sobre la ira.

De vez en cuando, quizás por ignorancia, o por una absurda diversión, finalizada nada más nacer, daba en hacerme preguntas que no tenían respuesta. O una respuesta tan sencilla como una afirmación o una negación. Por ejemplo: ¿Es posible una sociedad sin políticos? ¿O en la que estos legislen conjuntamente, todos a una, en lugar de tirar cada uno hacia sus intereses particulares, que consisten en hacerse con el poder sea como fuere?

No, no creo que sea posible una sociedad sin legisladores. Tampoco que trabajen armoniosamente. Así, cada vez que unos políticos, o un partido, instalado en el poder, lanza un decreto, una orden o una ley, los otros, en la oposición, salen en trompa atacándola y burlándose de consejeros y ministros. Diciendo verdaderas sandeces en la mayoría de los casos. Y, por supuesto, negándose a acatarla, redunde o no en un bien para la sociedad. Lo cual provoca la división de la esta, muy duda a la mímesis camaleónica, para lo cual no hace falta marearse pensando. Es suficiente con ir de un supermercado a otro. O de una rama a otra.

Dadas las últimas actuaciones, el ahorro energético, que también ha levantado, cómo no, suspicacias y negaciones, se produjeron algunas situaciones lamentables. En la oficina donde trabajo, y sin que participara yo en nada, mis compañeros comenzaron, una vez más, a burlarse e ironizar, sin haber leído ni estudiado nada sobre el decreto de ahorro energético dado por el gobierno. Se portaron tal como hicieran cuando se prohibió fumar en los espacios públicos. Al final, no obstante, se impuso la higiene. Ahora, para dejar clara y patente su protesta, el aire acondicionado de la empresa lo pusieron tan fuerte que algunos debíamos trabajar con un ligero jersey. Brillaba por su ausencia el más común de los sentidos comunes.

Otra compañera, como su marido trabajaba en una hidroeléctrica, allá por donde pasaba se dejaba todas las luces encendidas a fin de aumentar los beneficios de la empresa del marido. Increíble.

Di entonces en preguntarme, y no era la primera vez, qué hubiera sido del mundo sin los políticos. O con unos políticos honestos mirando por el bien común y no por sus propios intereses. Me resultaba fascinante, al mismo tiempo, leyendo libros de historia, comprobar que un grupo de personas, muy reducido, se hiciera con el poder obligando al resto a seguir sus normas, leyes y políticas. Aunque muchos ciudadanos lo hacían, y lo hacen, de buen grado. Es innegable. Estaba claro que lo podían hacen porque contaban con un grupo de personas afines, el rey con los señores feudales, por ejemplo. Pero de ahí a formar un poderoso ejército con sus propios súbditos, imponerles a estos su ideología, y hacerlos morir por sus intereses, los del poder, hay un largo camino. O corto. Depende de cómo se mire. Ponía bien a las claras la estupidez humana. Y no solamente en la Alemania nazi. No.

De mis compañeros opinaba, y opino, que son unos perfectos imbéciles. A punto estuvimos de llegar a las manos, pues, ante las quejas de varias de las compañeras, bajé el aire acondicionado. Ellos, por supuesto, lo subieron. Hubo de intervenir uno de los socios de la empresa para poner paz y orden. Y ya que no pudieron subir el aire acondicionado, subieron su odio y antipatía hacia mí. Nada del otro jueves.

Me llenó de amargura, y más pensando en mis compañeros, la visión en un documental sobre la vida de los soldados alemanes, en el invierno ruso, durante la segunda guerra mundial. Tantos sufrimientos y tanta sangre derramada ¿para qué? ¿Para que se cumplieran las ambiciones de un neurótico? ¿Nadie se revolvió contra él? ¿Estaban todos aquellos millones de soldados a favor de tanta guerra, a favor de la eliminación de quienes no eran como ellos? Parece ser que sólo un oficial alemán intentó acabar con la vida de semejante personaje. No lo consiguió. Hay rebeliones, sin embargo, que engrandecen al hombre.

¿Tan fácil es manipular a una sociedad? Debía admitir que lo es. Mucho. Por supuesto, me decía, cuanto más falta de instrucción esté esta, más fácil es llevarla por donde se quiere y se desea: no tiene criterio, ni sentido crítico. Amén de que, para muchos, es más cómodo vivir sin penar y dejarse llevar. El camaleón. Hasta el punto de no retorno. Y ya se sabe: en la vida no hay nada gratuito.

Fui una vez a un mitin de un partido político, por ver de cerca qué era aquello. Me horroricé: varios millares de personas, con banderas, pañuelos y diversas simbologías, repitiendo a voz en grito, cuanto decía quien ocupaba la tribuna de oradores. Y que, la mayoría de las ocasiones, no eran sino palabras vacías, cuando no puras sandeces. Pero el público gritaba, silbaba y aplaudía, como si estuviera en la más divertida de las fiestas. Formar parte de la masa. No estar aislado. Sentirse alguien… Me fui antes de que nos pidieran derramar nuestra sangre por esto o por aquello. Lo hubieran hecho de buena gana. Seguro.

La necedad de los asistentes al mitin, junto con la de mis compañeros de oficina, me hizo comprender, rápidamente, sin necesidad de leer ensayos ni historias, cómo ciertos personajes llegan al poder. Y se mantienen en él.

En el último móvil que me compré, hace años, recibo, sin tener yo arte ni parte, noticias del más variado pelaje. No hay ni una que tenga el más mínimo interés: es curioso, el periodismo actual es similar, en muchos casos, a las habladurías, dimes y diretes, de las viejas del lugar. Con un añadido nuevo que no tenían aquellas buenas mujeres: la recomendación, día sí y al otro también, de películas y series, imprescindibles según quien escribe la noticia, y vomitivas según quien esto redacta. Sin más contenido, unas y otras, que la violencia extrema o escenas de sexo tan burdas como absurdas. No digamos nada de los diálogos.

De vez en cuando, para disimular, sin duda, dan noticia de algún libro, tan interesante como las películas, o de alguna sentencia de Marco Aurelio. Imagino que quien la ha transcrito, sin citar al traductor, ni la ha leído.

¿Hay o ha habido sociedades sin religión, ni condenas a muerte pos causa de esta? Fue otra de las absurdas preguntas que me hice a raíz de los últimos acontecimientos, el apuñalamiento, por parte de un fanático, del escritor Salman Rushdie.

Hace muchos años, un ayatolá, un clérigo iraní, muy mal encarado, lanzó la pena de muerte contra el escritor. Cualquier seguidor o fiel la podía llevar a cabo. La religión del terror. Se debió, tan caritativa orden, a un libro escrito por este señor, Versos satánicos. No he leído el libro. Y tampoco he leído el Corán. Pero la verdad, no me merece ningún respeto una religión capaz de matar a una persona por una crítica hecha al fundador de dicha religión. Una religión, por otra parte, que trata a la mujer como a un ser inmundo. Además, ¿cómo son capaces de almacenar, y acrecentar, el rencor a lo largo de tantos y tantos años? Si no me equivoco han transcurrido treinta y cuatro desde que el ayotalá malcarado lanzó su pena de muerte hasta el momento actual. Un fanático joven, que no había nacido cuando se publicaron los Versos satánicos, ha estado a punto de acabar con la vida del escritor. Al parecer lo ha apuñalado varias y repetidas veces. Ni qué decir tiene que este individuo ni se habrá leído el libro de Salman Rushdie. Ni falta que le hace para dar testimonio de su fanatismo. Es increíble. Cuando la religión y el poder van a una, la cosa es para echarse a temblar.

¿Cómo estos políticos y clérigos llegan al poder y se mantienen en él? Me dije que debido a que la mayor parte de la sociedad los apoya. O es culpablemente indiferente.

Intentando seguir los ensayos de Michel de Montaigne, di en leer a los varios de los autores citados por él. No estoy muy seguro, pero creo que fue así como di con Heródoto. Una de las primeras historias contada por este gran historiador es para reír y llorar. La historia del necio rey Candaules. Se empeña en demostrarle a su favorito, Giges, que su mujer es la mujer más bella del mundo. Lo obliga a esconderse tras una puerta para que vea desnuda a la reina. La ve. Pero ella se percata del engaño. Y al día siguiente le dice a Giges que tiene dos caminos, por haber visto lo que no debía: suicidarse a acabar con Candaules y hacerse con el reino. Opta por lo segundo. Así de fácil. ¿Metáfora o realidad?

La historia del necio rey Candaules me llevó, no sé porqué, a recordar una vez más al intento de asesinato de Salman Rushdie. Para decirme que debía leer el Corán: ¿de verdad Mahoma defiende la venganza sangrienta? Nunca he creído que Jesús estuviera nada de acuerdo con la Santa Inquisición. ¿No será Mahoma otro de los manifestantes dispuesto a firmar aquello de Dios me guarde de mis discípulos, que de mis enemigos ya me guardo yo? Es muy probable. Entre tanto, interpretamos las cosas, leyes y decretos, como nos da la gana, según por donde sopla el viento, o, a falta de criterio, según la tribu donde hemos nacido y a la que pertenecemos. Y así nos luce el pelo.

1Séneca, Sobre la ira, libro III, 30. En Biblioteca Clásica Gredos. Traducción de Juan Mariné Isidro.

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