Edeta

Para José Luis Albert y Pura Mateu, excelentes anfitriones.

 

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Vicente Adelantado Soriano

Desconocer qué es lo que ha ocurrido antes de nuestro nacimiento es ser siempre un niño. ¿Qué es, en efecto, la vida de un hombre, si no se une a la vida de sus antepasados mediante el recuerdo de los hechos antiguos?1

Cicerón, El orador.

Recuerdo perfectamente la primera vez que estuve en Liria. Fui con un grupo de compañeros de clase, durante el bachillerato, con bocadillos, guitarras y planes un tanto nebulosos. Acabamos en san Vicente de Liria, en el manantial, lugar de reunión, ya entonces, de familias, amigos y grupos diversos. Me gustó el sitio, pese a lo anodino del día, a las voces un tanto destempladas y a las desafinadas guitarras.

Tardaría años en volver a Liria. Pese a mis estudios, o gracias a ellos, siempre he tenido mucho interés por la historia, aunque rara vez me he podido dedicar a ella por entero. Ese, la búsqueda de los ancestros, iba a ser el motivo de mi segundo viaje. A la ciudad. No al manantial y a su enorme zona de recreo.

-La historia es la maestra de la vida -nos dijo en una clase, durante el bachillerato, la profesora de la materia.

-Para eso -le replicó Platón, el alumno aventajado, al que llamábamos así por sus notas e intervenciones en clase- para eso -repitió Platón- tendríamos que visitar los lugares de los que hablamos. La historia, narrada, no es sino literatura sapiencial.

No respondió nada la profesora. A mí me impresionó aquello de literatura sapiencial. Pero pretender que entonces nos sacaran de las aulas, como ya se había hecho, algunos años atrás, en la Residencia de Estudiantes, era pensar en lo excusado. Fue entonces cuando empecé a interesarme por la historia de mi pueblo y de la ciudad donde vivía. Y a visitar ruinas y cuevas.

Con el paso del tiempo, se acrecentó mi interés por la historia. Me decanté por la historia antigua. Comencé, pues, haciendo caso a Platón, a visitar poblados íberos y celtas, y de todo tipo de gentes. Unas veces con guías, otras con amigos, o solo, he paseado por unos cuantos habitáculos de nuestros antepasados. Varios de ellos me resultaron de difícil acceso. Más conforme yo iba envejeciendo y acusando las subidas y bajadas por caminos de cabras. Pese a todo, he visto un considerable número de ruinas y reconstrucciones de poblados varios. Resguardados unos con vallas para protegerlos de los depredadores con sus colillas y sus latas de refresco; otros, Ulaca, defendidos por su dura ascensión; otros mimados por sus ayuntamientos; y no pocos dejados de la mano de Dios y aun de los dioses.

En todos los poblados, situados siempre en lo alto de las montañas, se abarcaban, a simple vista, grandes extensiones de territorio. Antes, pues, de que un posible enemigo se moviera, ya estaban nuestros antepasados alerta. En algunos de estos poblados, los cercanos a Valencia, sobre todo, me hablaron del poblado íbero de Liria. Mi visión de dicha ciudad, como ya he dicho, se limitaba al manantial de san Vicente.

Con el paso del tiempo, sin embargo, Liria se convirtió en una de las ciudades más visitadas por mí. Un día, con un grupo de compañeros de cultura clásica, visité la Liria romana. En el grupo venían varias profesores de la universidad. Allá donde fuimos recibimos, pues, una explicación cabal y profunda de todo cuanto veíamos. Pero la visita fue limitada: no se puede hacer todo en un día. Yo tomé nota de lugares y explicaciones. Y haciendo caso de mi querido condiscípulo Platón, sí que saqué a mis alumnos de las aulas. Todos los años los llevaba a Liria. Y todos los años hacían conmigo el recorrido que hiciera yo con los compañeros de cultura clásica.

Ni con unos ni con otros, por su dificultad, fui al poblado íbero. Era mi asignatura pendiente. Tampoco, y eso se debió a mi ignorancia, visité los baños árabes de la ciudad. A veces conocer a una población cuesta tanto como conocer a una persona.

No obstante, he conocido el poblado íbero de Liria. Gracias a José Luis y a sus amigos. Llegó, por fin, el día soñado. Lo recibí con los brazos abiertos. Esperando que el calor no nos molestara en demasía nos dirigimos hacia él. Estaba contento. La llegada al monasterio de san Miguel de Liria, a cuyos pies está el poblado, se hizo por la montaña. Guiados, José Luis y yo, por sus dos buenos amigos y excelentes anfitriones. Comenzamos a ascender por caminos de cabras. No es un camino ni dificultoso ni exigente. No obstante, yo me movía con prudencia y lentitud: temía una caída que, por fortuna, no se produjo.

Descansamos en san Miguel, donde visité la iglesia con el inevitable cuadro dedicado de san Vicente Ferrer. Pensé que, tal vez allí, hubiera en su tiempo, un templo levantado en honor de cualquier dios, cualquiera menos al actual.

-Los cristianos -le dije a mi amble guía, siendo muy moderado en mis palabras- lo han cristianizado todo. Lo que han podido, claro. La eterna historia: los cristianos convierten en iglesias los templos romanos; los musulmanes en mezquitas los templos cristianos. Y de nuevo, las mezquitas se convierten en iglesias cristianas. Y así pasan los años y los siglos. Y nosotros.

Sonrió. Y en silencio iniciamos el descenso hacia el poblado. Es inmenso. Y está vallado. Pero, según me explicaron, la valla tiene un enorme agujero, por allí cabrían perfectamente Aníbal y sus elefantes, y por allí nos colamos. No fuimos los únicos. La valla, fuerte y verde, tiene la ventaja de ofrecer un apoyo impagable. Sin ella, seguro estoy, hubiera sido incapaz de penetrar en el poblado. Y menos todavía de salir de él.

El poblado, sus restos, está totalmente abandonado. Las hierbas crecen por doquier. Es cuestión de tiempo que las pocas bases de las casas que quedan en pie, se vayan por los suelos. Estas ocupan una inmensa extensión un tanto escarpada. La ciudadela debería estar situada en lo que es hoy el monasterio dedicado a san Miguel.

Desde cualquier punto del poblado se abarca una amplia extensión de terreno. Campos y ciudades, poblaciones y montañas.

-Y en los días claros -me explicó mi amable guía- hasta se divisa el mar.

-¿Está muy lejos de aquí? -pregunté.

-Unos treinta o cuarenta kilómetros -me respondió.

-Te lo digo porque cuando estuve en el poblado de El puntal dels Llops, en Olocau, vi, por las reproducciones de la cerámica, que aquellos habían tenido contacto con los griegos.

-El puntal -me dijo señalando hacia Olocau- dependía de este. Este poblado era, por decirlo de alguna forma, la capital de los iberos de la época. El centro más importante. Como puedes ver, es enorme.

-Sí que lo es -repuse-. El puntal, según me explicaron, era una especie de granja, escasamente poblado. Y, sin embargo -insistí- allí llegaron los griegos.

-No -me corrigió el guía- seguramente llegarían aquí, y desde aquí se extenderían por todos los poblados. Edeta era la capital.

-Bueno -le dije- para el caso es lo mismo. Me interesa resaltar la gran intercomunicación que hubo ya en épocas muy remotas entre unos y otros. Parece ser que eso de que las poblaciones vivían aisladas no es muy correcto.

-Imagino que habría comercio. Estos ya no eran nómadas. No se construye una ciudad tan grande para pasar el invierno.

-No. Desde luego. ¿Y de dónde sacaban el agua?

-Arriba, donde está la iglesia del convento, hay un manantial.

-Sí. He visto un pozo. Y alguien que se estaba refrescando.

-Y además -añadió- recogerían el agua de lluvia. Y seguro que comerciaban. Los griegos colonizaron, ya en edad muy temprana, buena parte de la costa.

Recorrimos el poblado íbero. Desde todos los puntos donde nos situamos eran visibles las ubicaciones de los otros poblados. Me los fueron señalando uno tras otro. Estaban intercomunicados. Con hogueras, o con el reflejo de piedras pulidas, o con lo que fuera, se avisaban los unos a los otros de posibles peligros. Y tal vez de muchas más cosas. Vimos, también, el molino de piedra medio comido por las hierbas, en el centro de una casa en ruinas. Y comprobamos el difícil acceso a la ciudadela. La vida debió de ser dura para aquellas gentes. Pregunté por sus creencias en el más allá y por sus enterramientos. ¿Iban al santuario, a cielo abierto, de Peñalba de Villastar? Como me explicaron en el Puntal, parecía poco probable. Sus ocupaciones diarias no les dejaría tiempo para muchas peregrinaciones. No obstante, consultaríamos algunos libros. Con esa promesa volvimos a la ciudad lamentando el abandono del poblado, donde vivieron y murieron nuestros antepasados.

Una vez en Liria me llevaron a recorrer lo que tantas veces había recorrido yo con mis alumnos. No obstante, nunca se deja de aprender. Es lo bueno de la vida. Quise saber, por boca de los amigos de José Luis, si el agua para las termas romanas de Liria llegaba a través del acueducto de Chelva, como creía, y dónde estaba, o había estado, caso de ser así, el castellum, o pozo de distribución del agua.

-No. El agua aquí venía del manantial de san Vicente. Está mucho más cerca, y además se halla en una cota por encima de la ciudad. No se necesitaba hacer grandes obras para hacer llegar el agua.

-¿Daba agua también a los baños árabes?

-Sí, claro.

-Es decir que siempre hubo agua.

-Siempre.

-Ese manantial era el lugar de las ninfas, Templum nympharum. Los cristianos han convertido en ermitas las antiguas moradas de estas buenas chicas. Donde iban los enamorados a enamorarse un poco más.

De la mano de los buenos amigos de José Luis recorrimos la ciudad de arriba abajo. Nunca jamás había hecho una visita tan completa de Liria ni en tan grata compañía. Por supuesto hablamos de Nigrinus, nacido en Edeta y rival de Trajano al trono imperial. Y del mosaico de los doce trabajos de Hércules. Hallado en su casa de Liria, actualmente reposa en el muso arqueológico nacional. Y de las monedas de plata romanas halladas en otra o la misma casa. Ya no recuerdo. Hoy en el museo de Liria. Y visitamos los baños árabes.

Terminamos el recorrido con una espléndida comida y una larga y fructífera sobremesa. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una la visita a una ciudad, y de la charla posterior. Y sí finalizó aquella maravillosa excursión. Con la ilusión de haber respirado el mismo aire que respiraron nuestros ancestros. Vale.

1Cicerón, El orador, IV, 120. Traducción de E. Sánchez Salor.

UNETE



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