Censuras

CENSURAS

 

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Eurípides, Las fenicias.

Mi querido vecino de la puerta 33 pasa los días solo. Apenas si sale a la calle. No se relaciona con nadie, salvo con algún viejo conocido, de forma casual, y conmigo casi todos los días. Rara es la vez que, terminado el trabajo, no nos vemos y charlamos, en su casa, con una copa de vino en las manos. Por regla general siempre tiene preparada una lista de libros. Mi misión es procurárselos. Mi vecino lee con verdadera pasión y fruición. Es una tarea de la cual nunca descansa.

-Me ha llamado la atención durante estos días -me dijo en tanto descorchaba una botella de vino- cómo los censores, y, lo que es peor, toda una sociedad, pueden condenar una obra al ostracismo, y a su autor al más despiadado de los olvidos.

-Sí -dije un tanto tontamente- el no cuestionarse las ideas en las que uno vive inmerso puede llevar a verdaderas necedades.

-El poder de las ideas recibidas -añadió sonriendo-. Y aceptadas sin más discusión. A veces el hombre parece un burro con orejeras: a duras penas ve las piedras delante de sus pezuñas.

-Creo -dije animándome- que cada uno de nosotros vemos lo que nos interesa.

-Sí. Tiene razón. Y eso me reafirma todavía más en el poder de la censura: esta no consiste solamente en unas tijeras y un lápiz rojo sino en crear un estado de opinión que haga ver las cosas del color que interesa a unos o a otros.

-De ahí la importancia de la crítica.

-Por supuesto. Y la de mantenernos despiertos y conocer cuantas más ideas y puntos de vista, mejor.

-¡Ah, querido amigo! -exclamé- esa es la grandeza del teatro griego: si los oye hablar, todos tienen su parte de razón… Aunque últimamente desconfío de esto. Pues el dramaturgo, qué duda cabe, también manipula cuanto le interesa, sea griego o romano. Por otra parte, también él pertenece a unos postulados, a unas ideas recibidas. Y muchas veces ni se los cuestionan. Es difícil salir del cascarón.

-Sí. Debe de serlo. Añadamos a ello que cada cual tiene su propia ideología. O su propia vaciedad. Y a eso sí que no se renuncia. Ni aun después de la muerte. Genio y figura hasta la sepultura.

-No seamos tan radicales. De vez en cuando aparecen pequeñas o grandes crisis en el hombre. La angustia lleva muchas veces a hacerlo cambiar de forma de ver y de mirar las cosas.

-Lo dudo. Estoy observando que las ideas recibidas son más fuertes que la propia realidad. El otro día oí una conversación. Una persona alababa a un tenista, un tal Djokovic, por no querer vacunarse contra el covid, e ir a Australia a jugar al tenis. Lo alabó por tener dos pelotas por banda y negarse a hacer lo que le pedían las autoridades del país.

-Sí, lo he oído. Todo esto del virus se ha embarrado de mala manera. Y todo, creo, por culpa de unas políticas erráticas, y por tratar de sacar ventajas políticas unos y otros. Además, lo que ha hecho ese tenista me parece una falta total de respeto y educación: cuando uno va a una casa ajena, lo menos que se le puede exigir es que cumpla las normas de esa casa. Y si no quieres cumplirlas, no vayas.

-De acuerdo. Pero usted sabe que en otros países se entra y se sale como se quiere y cuando se quiere. Parece todo un juego político. Y tal vez no sea otra cosa.

-Lo sé. Tanto como usted. En unas casas el salón está sin barrer desde hace siglos. Y en otras no lo van a dejar entrar con las botas llenas de barro. O simplemente mojadas. Al final, lo de siempre: en el término medio está la virtud. O, si lo prefiere, con una sentencia de Delfos: nada en demasía. Y ojo avizor a lo que se dice y a quién lo dice.

-Efectivamente. Con lo cual volvemos a la censura, y al poder de las ideas recibidas. ¿Había censura en el mundo antiguo?

-Por supuesto que la había. Y quema de libros2

-Se lo digo porque durante estos días, dejando de lado el virus, me he tropezado con dos obras. Una, una novela, Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kis. La otra, una película, Freaks, La parada de los monstruos, en castellano, de Tod Browning. La primera trataron de anularla los censores, profesores y políticos del país del autor: el señor Danilo denuncia las feroces represiones de los comunistas. Eso no se podía permitir en la Yugoslavia de aquellos momentos. La película sobre los seres deformes no la pudieron soportar los estómagos bien alimentados de aquella sociedad de los años 30 del siglo XX. Es, sin embargo, una hermosa película sobre la solidaridad humana y la mezquindad y la miseria humana. Difícil de digerir, sin embargo. El pobre director fue puesto en la picota.

-Normal. Es lo que sucede siempre. Otro tanto le pasó a Nietzsche cuando escribió ese libro que tanto le ha gustado a usted: El nacimiento de la tragedia.

-¡Ah! ¿Ya lo ha leído? -me preguntó entusiasmado.

-No. Me han llegado noticias indirectas: la reacción de un famoso helenista del momento, un tal Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff. Le amargó la vida al pobre Nietzsche. Y uno podrá estar en acuerdo o desacuerdo con cuanto se dice. Pero llegar a esos niveles de bajeza y miseria...

-Al pobre Nietzsche sólo le faltaba la hermanita que Dios le concedió. Una censura con patas en toda regla. Con el intento de hacerle decir lo que a ella le interesaba… Hay una nota a pie de página en el libro de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, que me encanta: unos erizos se estaban muriendo de frío. Si se aproximaban mucho, se pinchaban con sus propias cerdas. Y si se mantenían alejados, se morían de frío. La soledad del crítico. Porque al tenista y a los ricos siempre hay alguien dispuesto a apoyarlos.

-El peligro no está solamente en ellos. Antes le he dicho que la grandeza del teatro consiste en dar la palabra a unos y a otros. Y que oyéndolos, todos tienen su parte de razón…

-Eso, querido amigo, es un tanto cuestionable.

-Efectivamente. Hoy en día la mujer tiene un papel que no tenía en la Grecia clásica. Véase la Orestíada. En Grecia se castigaba con la muerte el asesinato de una madre. Pero no el que un padre, Agamenón, matara a su hija, Ifigenia. Clitemnestra reivindica el asesinato de su marido, Agamenón, por haber sacrificado este a su hija Ifigenia para tener vientos favorables e ir a Troya a rescatar a quien nadie preguntó si deseaba ser rescatada, la bella Helena. A Clitemnestra de nada le valen sus alegaciones: los hijos son del padre. La madre es una maceta sin más valor… La mujer valía bien poco en aquella sociedad...

-Ideas recibidas. Hay que estar ojo avizor con ellas. ¿Tan difícil es considerar que una mujer, un negro, o alguien que hable otro idioma distinto al nuestro, es una persona como nosotros mismos?

-Sí. Es muy difícil. Y por lo mismo de siempre: por intereses bastardos o por miedos a perder nuestra posición… A veces se me ha ocurrido pensar que sería muy interesante hace un estudio sobre el miedo en la humanidad. No el miedo provocado por fantasmas y muertos vivientes, sino por el miedo a perder esto o aquello, o por saberse inferior a un gusano… Me muevo entre dos polos. Me parece interesante la idea, y, al mismo tiempo, una enorme estupidez.

-Quizás sea el miedo lo que lleva a la censura, a cambiar lo que dicen unos por lo que quieren otros. Y a las ejecuciones sumarísimas y a las terribles guerras.

-Sí, cuando muchas personas coinciden en la misma estupidez, la cosa se pone tan terrible como peligrosa. El sentido común deja de actuar, y cualquier pelagatos se convierte en pedagogo, filólogo, historiador o médico. Lo que haga falta. Aquí tenemos sobrada experiencia sobre estos casos.

-No le falta razón. Hay que seguir leyendo y estudiando. Esta es la lista de los libros para esta semana -me dijo alargándome una hoja de libreta bien repleta de apretada escritura-. Brindemos por ellos.

-Y por cuantos están por venir. Y aun por escribir.

-Sea. Por todos ellos.

1Eurípides, Fenicias, en Tragedias III, Madrid, 2018. Cátedra letras universales. Traducción de Juan Miguel Labiano.

2Véase al respecto el libro de Luis Gil, Censura en el mundo antiguo, Madrid 2007. Alianza Editorial.

UNETE



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