Reseña realizada por Begoña Curiel.Lo demuestra otra vez. Lemaitre es un magnífico contador de historias aunque aborde escenarios temáticos mil veces narrados en literatura. Del éxodo desesperado cuando los nazis se disponían a invadir París en 1940 rescata dramáticas vivencias personales aunque sean ficción. Y no sólo los protagonistas son un espectáculo; los secundarios merecen aplausos.Louise recibe una proposición, digamos si no deshonesta, muy extraña del doctor que acude de vez en cuando al bistrot donde trabaja de camarera. Acabará corriendo desnuda y ensangrentada por las calles. Con este arranque “estallan” las primeras páginas. Lemaitre no es que busque enganchar, simplemente es raro que no lo consiga. En esta novela también.Acto seguido aparecerán Raoul y Gabriel. El yin y el yang. El primero más que un pícaro. No conoce la moral, todo es válido si hay beneficio. El segundo, un sargento prudente y escandalizado con las artes del primero, pero la guerra, aunque es una máquina de destrucción, sirve y no sólo en la ficción para unir almas de una manera extraña. La línea Maginot, la supuesta muralla infranqueable que protegerá a Francia de Alemania e Italia, iba a caer como su mito.Los soldados se van a topar de frente con la realidad de la invasión alemana que abocará a la población a una brutal desbandada. El medio de locomoción no importa; sólo la huida aunque no haya tiempo para reflexionar sobre su efectividad.Y en esas filas inmensas de cientos de miles de personas –porque no serán sólo los franceses, Bélgica y Luxemburgo se suman a la horda nómada– mueve el escritor sus hilos. Construye, mezcla y agita con inteligencia los universos personales que irán poniendo las piedras de la trama.A ellos se suman los secundarios. Algunos merecerían por sí solos una novela. El caso de Desiré Migaud es fascinante. Lo conoceremos como portavoz del gobierno galo, haciendo de medias verdades auténticos disfraces de la realidad. “Hay que” elevar la moral y salvar del desánimo. Con ese objetivo exprimirá hasta el infinito la capacidad de manipulación que encierra la información política cuando los retos son grandes. Aunque la invasión sea un hecho, aunque el fracaso frente a Alemania sea mayúsculo.El toque cómico de Lemaitre en boca del portavoz llega a tales cotas que no sabes si reír o llorar. Pero es que este personaje sigue asombrando a lo largo de toda la novela como un fraude andante. Su versatilidad para la mentira alcanza todos los terrenos inimaginables. No desvelo más; hay que leer El espejo de nuestras penas.Sufriremos también con Fernand, un policía que oculta dinero y no sabe cómo llegará al final de “su empresa” y ay, con Jules, el generoso dueño del restaurante donde trabaja Louise. Ya estaban unidos antes de la catástrofe pero un secreto recién descubierto regalará al lector pasajes memorables. Por entrañables y terribles.Desconocía la magnitud que tuvo esta “ruta de refugiados”, es demoledor. Confirma cosas que ya sabemos y que sin embargo, vuelven a doler porque al final encajan con aquello de que “la historia se repite” pese a los contextos diferentes. Qué sensación de tristeza e impotencia genera esta lectura aunque haya sido maravillosa.Ellos, sus personajes son ese reflejo de las penas que titulan la obra, la constatación de cuántos héroes –aunque no lo pretendieran– pasan sin pena ni gloria frente a otros escritos con mayúsculas por la capacidad del ser humano para sobrevivir ante la adversidad.Leo que El espejo de nuestras penas es la última obra de la trilogía del autor francés que comenzó con Nos vemos allá arriba y al que siguió Los colores del incendio. No leí el segundo. Sí, el primero, una novela que me dejó sin aliento y más enamorada aún de Pierre Lemaitre desde que leyera Vestido de novia.Si comparo entre la primera y esta última novela de la trilogía sigo quedándome con Nos vemos allá arriba pero este escritor me parece tan alucinante que si no hay que elegir, lo mejor es que se queden con todos y hagan su propia comparación.Publicado el 5 de julio de 2022Entrada relacionada con Begoña Curiel, Pierre Lemaitre