Caídas

CAÍDAS

 

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Eurípides, Medea.

Una mañana me llamó mi querido vecino de la puerta 33 para invitarme a una pequeña excursión. Según me contó, pasado un tiempo, un viejo amigo se había puesto en contacto con él. Y, pese a las nuevas amenazas del virus, y de quienes lo gestionan, decidieron salir, aprovechando el buen tiempo, dar un paseo por el monte, y comer en algún restaurante bueno y alejado del tráfago humano. Tarea complicada. Decliné la invitación: estaba cansado y ansioso por terminar de leer un par de libros. Me quedé en casa. Nos volvimos a ver, mi vecino y yo, al cabo de unos días, cuando él hubo descansado de su breve excursión, y yo no había avanzado tanto como esperaba en la lectura de los dichosos libros.

Tras abrirme la puerta de su casa, se dirigió a la cocina, renqueando, en busca de la imprescindible botella de vino.

-¿Qué le ha pasado? -pregunté en tanto llenaba las copas-. Camina usted como si lo hubieran vapuleado.

-¡Ah, querido amigo! -exclamó-. Ha pasado que ya no soy joven. No me niego a aceptar mi avanzada edad, por supuesto. Y, además, lo mío, creo, no es cuestión de los longevos años.

-¿Ha sufrido alguna caída por casualidad? -inquirí con cara triste.

-Más de una. Dos, para ser exactos -respondió sonriendo-. Pero lo malo de las caídas no es la caída en sí sino el intento, vano en muchas ocasiones, de ponerse de pie.

-No lo había pensado.

-Normal. Usted todavía es joven, y todavía no tiene estos problemas.

-Tuve una compañera de trabajo -le conté-. La mejor persona que he conocido en mi vida. Tenía graves problemas de salud. Padecía de obesidad. Cualquier altura, si no había ascensor, la salvaba cogida al pasamos de la escalera con las dos manos y ahogándose. Pasar de un escalón a otro le costaba una eternidad. Pues bien, un día, ya jubilada, se cayó por la calle. Ni se pudo levantar ella, ni nadie la pudo enderezar. Hubo que llamar a los bomberos. La pobre mujer pasó tanta vergüenza que nunca jamás volvió a salir de casa. Una pena. Fue aquella mujer la mejor persona que he conocido en mi vida.

-Sí, es desesperante eso de no poder incorporarse. Se pasa muy mal.

-¿Y qué le sucedió? Si se puede saber.

-No me niego -respondió tras beber un sorbo de vino- a aceptar mi edad. Sería absurdo. Ahora bien, mi problema de caídas y demás, no me viene de ahora. Es algo crónico. Estando de pie, a veces, no sé porqué, tengo tendencias a irme hacia atrás, de espaldas. Y, de no estar en casa, o en algún lugar donde poder apoyarme, a irme por los suelos. Dejando eso aparte, cualquier altura, cualquier impedimento, que salvaría un niño de diez años, a mí me causa verdaderos problemas.

-La solución está, entonces, en ir por caminos llanos.

-Desde luego. Pero mi amigo no sabía nada de esto. Ya tuve problemas cuando me hizo cruzar un lago caminando sobre un estrecho tablón, hundido bajo el agua. Pasé por él esperando ir de cabeza a hacer compañía a los peces de un momento a otro. Afortunadamente no fue así.

-Pero ¿por qué sitios se mete usted?

-Me supo mal decirle a mi amigo que yo me volvía atrás. Hubiera sido estropearle la excursión. Con el corazón en un puño, crucé caminando sobre el estrecho y hundido tablón. Poco después llegamos a un pequeño repecho. Él, de mi misma edad, lo salvó sin dificultades. Yo lo hice también, pero cayéndome en lo alto de aquella ridiculez de altura. Fui incapaz de incorporarme. Cogiéndome a arbustos y ramas, y contando con la inestimable ayuda de mi amigo, me enderecé. Empapado en sudor.

-Esas cosas -dije sonriendo, intentando quitar dramatismo a la situación- no casan muy bien con un estudioso de las piedras y los fósiles.

-Tiene razón. Así es. Me gusta caminar por la montaña; pero he de reconocer que mi constitución me lleva más al laboratorio. El problema se ha acentuado ahora, por supuesto. Los años no perdonan.

-Bueno, pues la solución es bien sencilla: salga a caminar por terrenos llanos, sin dificultades de ningún tipo, y pase el resto del tiempo en casa.

-Sí, eso mismo le dije a mi amigo tras la segunda caída.

-¡Ah! ¿Pero hubo otra? -pregunté asombrado.

-Sí, hubo otra. Un poco más aparatosa. Poco después de la primera caída, nos volvimos a tropezar con otra pequeña ascensión. La habían cubierto con cemento. Mi amigo la subió sin dificultades. Pero cuando me puse ante ella, comencé a irme hacia atrás. Me detuve en seco. Me ajusté la mochila, y avancé hacia el cemento. Me dio tanto miedo que no tomé impulso. Intenté salvar la ridícula altura paso a paso, sin correr. Y apenas hube levantado el pie para avanzar por ella, cuando de nuevo, un irresistible impulso tiró de mí hacia atrás. Me caí de espaldas en medio del pedregoso camino.

-Vaya. Lo siento -dije tontamente.

-Por fortuna, una pareja acababa de bajar por allí. Oyeron mi ruidosa caída, se volvieron y me auxiliaron rápidamente. No podía levantarme. Además, no tenía ningunas ganas de hacerlo. Experimenté un enorme placer al estar allí tumbado mirando al cielo… ¿y sino hubiera nadie, y si estuviera solo?.. Me pregunté cuánto tiempo pasaría hasta que llegara la muerte. ¿Sería esa una muerte horrible? La pareja me cogió, cada uno de un brazo, y tiró de mí con una fuerza inusitada. De nuevo en pie. Me temblaban las piernas como dos hilos de seda en un día de tormenta. Ayudado por ellos, minutos después, salvé aquel ridículo montículo. Ya no hubo más dificultades ni más caídas. Eso sí: llevo unas cuantas heridas y magulladuras.

-Bueno. Lo ha podido contar -dije un tanto tontamente-. Y bien está lo que bien acaba. Ahora todo reside en caminar por calles y caminos sin dificultades.

-No es tan sencillo -dijo sonriendo suavemente y llenando las copas de nuevo-. Tras regresar de la excursión, al día siguiente, o al otro, salí a comprar un par de libros. En una de las aceras se vino hacia mí una bicicleta a todo correr. Al apartarme para esquivarla, tropecé con un bolardo, y di con mis huesos en el suelo. ¿Y se creerá que el imbécil del ciclista no se detuvo para ayudarme o excusarse?

-Esto de las bicis y los patinetes circulando por las aceras se está convirtiendo en una pesadilla. Y ni unos, o la inmensa mayoría, tienen educación ni respeto, ni los otros, las autoridades, hacen nada por solucionarlo. Se les va la fuerza, por su sencillez, reclamando en uso de la mascarilla a diestro y siniestro, día y noche. Lo otro no cuenta.

-Tiene razón. Me hice daño con los ladrillos de la acera. Mucho más que con las piedras de la montaña. Y aunque nadie me auxilió, esta última caída tuvo de bueno que caí de bruces. Me resultó relativamente fácil incorporarme. La situación me llevó a recordar a esos pobres escarabajos caídos de espaldas e incapaces de darse la vuelta. Debe de ser la suya una muerte horrible…

-O no tanto -interrumpí-. Una cosa que me llamó la atención, hace tiempo, fue la solución, la forma de suicidarse de algunos viejos romanos: ante alguna situación más o menos angustiosa, opresiva, se dejaban morir de hambre. También se utilizó este método para los condenados a la pena capital: los encerraban en un cuarto y los dejaban morir por falta de agua y de alimento. Ahí te pudras.

-¿Y cuánto tiempo tardaban en extinguirse?

-No lo sé.

-Si vuelvo a caer de espaldas, intentaré darme la vuelta, cosa negada a los escarabajos, e incorporarme valiéndome de manos y rodillas. Aunque, de verdad, se está tan bien tumbado, sin esperanzas ni ilusiones y contemplando las nubes…

-Yo creo -dije sonriendo- que estará usted mejor aquí en casa y tomando copas de vino con este su humilde servidor.

-No le falta razón. Brindemos por ello. Y por las benditas caídas, puertas de la humildad. Y de la inevitable muerte.

-Sea. No en vano nos acercan a la madre tierra.

1Eurípides, Medea. En Tragedias I, Cátedra letras universales. Madrid, 1985. Traducción de Juan Antonio López Férez.

UNETE



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