Paideia

PAIDEIA

 

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Juvenal, Sátiras.

Lo leí en diversos periódicos, y se lo oí decir a varios compañeros y a algunas otras personas: el virus atacaba de nuevo. La pandemia, como el volcán de las Palmas, no estaba remitiendo, ni mucho menos. Se añadió a ello otra terrible noticia que comenzó a saltar de móvil en móvil con una agilidad envidiable: el famoso apagón eléctrico. Cuando se produjera, decían, iban a quedar detenidos ascensores, cocinas eléctricas, frigoríficos, ordenadores, calefacciones, y lo que es peor de todo: las televisiones. Algunos crédulos comenzaron a hacer acopio de alimentos, cocinas de gas y televisores a pilas. Yo, para no ser menos, me imprimí varias obras de Platón, en griego, y me compré un bonito juego de velas de cera, más un quinqué de petróleo perfumado. Antorchas no encontré en ningún comercio ni gran superficie.

-¿Y no se las puede fabricar usted mismo? -me preguntó no sin sorna mi vecino de la puerta 33.

-Lo he pensado, no crea -le respondí observando cómo llenaba la copa de un buen vino-. No sé cómo las hacían los antiguos. Imagino que sería una madera untada con resina, o algo así.

-¿No hay ningún manual griego o romano de fabricación de antorchas?

-Que yo sepa, no. Es curioso: siempre se olvida explicar lo esencial. O lo sabido por todos en una época e ignorado por todos en otra. Los saberes no escritos.

-No debe de ser muy difícil. En muchas películas salen actores portando antorchas.

-Sí, pero son antorchas de gas. Se nota en la llama. Es azulada. La llama del fuego de madera es rojiza.

-No había caído en ese detalle.

-Yo creo que nuestros antepasados utilizaban resina para hacer las antorchas. Cuando yo era un niño, y me empeñaba en algo, contra viento y marea, mi padre siempre terminaba diciéndome que tenía más teda en la cabeza que el pinar de la Tenencia. Aquello me llevó a pensar que tea debe derivar de teda, es decir de resina. E imagino, por las palabras paternas, que la resina debe de ser dura.

-Sí. Lo es. Además, a veces, en su interior, se pueden ver fósiles.

-Interesante.

-¿La palabra antorcha, en latín, tiene algo que ver con la resina? ¿Cómo se dice antorcha en latín?

-Fax. No, no deriva de resina. Esta palabra, resina, ha pasado al castellano tal cual. Debemos buscar por otros derroteros, si es posible. Estamos en un apagón intelectual.

-Según dicen no se puede tener todo en esta vida.

-Es cierto. Como también lo es aquello de que no hay mal que por bien no venga.

-Cuénteme, pues, la parte positiva.

-Ahí va: como varias personas, en plan muy serio, se han puesto a perorar sobre el famoso apagón planetario, y he visto a muchas otras ir a los supermercados con furgonetas y camiones a fin de vaciar las estanterías en una clara muestra de solidaridad, yo me he impreso varios libros de Platón para poder seguir trabajando.

-Pero por la noche no lo va a poder hacer, querido amigo.

-He ido a una tienda de objetos religiosos, y he hecho buen acopio de cirios pascuales. Además, por las noches, a la luz de la luna, pasearemos o meditaré.

-La calle sin luz, mejor ni tocarla: vamos a contemplar mucho robo y mucho saqueo. Se van a convertir las calles en un terreno harto peligroso.

-No había caído en ese detalle. Claro, enfrascado con las lecturas de Platón uno termina por vivir en una especie de mundo ideal.

-¿Qué estaba leyendo? ¿Escribió Platón utopías?

-Sí, claro. La República, entre otras obras es una pura utopía. Por otra parte escribió cómo deberían ser las cosas, en plan un poco más realista. Imprimiendo un libro suyo, he leído un párrafo sobre la educación, y me he engolfado en su lectura. Y sí, no deja de ser una utopía. Los padres, por una parte, querían que sus hijos tuvieran unos cuerpos bien preparados para soportar guerras y fatigas. Los profesores insistían en las enseñanzas de la música, muy importante en la teoría de Platón, y en la lectura de los mejores poetas a fin de despertar el deseo de emulación en los niños.

-Ambas cosas son compatibles, ¿no?

-Sí. Por supuesto.

-¿Dónde está entonces el problema? -preguntó en tanto escanciaba otra copa de vino.

-El problema está en mí. El párrafo leído de un libro de Platón me llevó a preguntarme, por enésima vez, y cansándome a mí mismo, si la educación, en verdad, ha servido para algo. O si sirve para algo.

-Hombre, evidentemente, ya no somos unos salvajes…

-¿Usted cree? -lo interrumpí-. Yo creo que seguimos siendo unos salvajes. Pero nuestro salvajismo está por encima del salvajismo del homo neardenthalensis, si quiere. Como todo en esta vida, también el salvajismo se modifica y evoluciona. Nuestros antepasados, seguro, eran capaces de matarse por las tripas de un animal muerto y en avanzado estado de descomposición. Como se produzca el apagón, y nos quedemos sin alimentos, verá usted dónde está la paideia del joven Platón. Además, usted mismo habla de saqueos o robos.

-Sí, en condiciones extremas tal vez sigamos siendo unos bestias. Solidaridad no hay mucha, la verdad. Y educación, menos. Una y otra cosa son intercambiables. Creo.

-Yo también soy de ese parecer. Por eso mismo creo que la inmensa mayoría de las veces el hombre actúa por interés, nunca, o muy raras veces, por filantropía.

-De vez en cuando me da miedo hablar con usted: temo caer en el nihilismo.

-No sé si caeremos en el nihilismo. En la soledad desde luego que sí. Yo no lo lamento. Ni de lejos. Aunque, cierto es, también me gustaría tener allegados con los cuales pudiera hablar de otros temas… Me expreso mal: estos días he estado ocupado con el imperio romano de Oriente, es decir con Bizancio.

-Recuerdo que durante el bachillerato nos insistió mucho un profesor sobre las controversias religiosas habidas allí.

-A eso me iba a referir. Seguramente también le contarían a usted el papel que jugó el emperador Constantino el Grande en la historia de la Iglesia: fue él quien proclamó al cristianismo como doctrina oficial del imperio.

-Sí, por supuesto. Lo presentaban como a un héroe cercano a la santidad.

-Sí, la historia del puente Milvio y la aparición divina con el lábaro: in hoc signo vinces. Ahora bien, mucho años antes, siglos antes, Pablo de Tarso había creado toda una serie de células cristianas dentro del Imperio Romano que, parece ser, llegaron a ser muy influyentes y a gozar de cierto poder. Y yo comencé a pensar si Constantino, que había eliminado a todos sus oponentes, incluido su hijo, a fin de hacerse con el poder, no sería el primero en proclamar aquello de “un sólo emperador y una sola religión”. Y en consecuencia, aprovechó aquellas poderosas células para afianzarse en el trono.

-¡Vaya! -exclamó-. La primera vez que lo oigo. No le puedo decir nada.

-Se terminaban así las persecuciones cristianas, y se eliminaba, falsamente, un problema religioso.

-Claro. Supongo que la inmensa mayoría de la gente seguiría siendo pagana. Un término que nunca he entendido.

-Proviene de paganus, el campo. El pagano es, pues, un rústico, un bruto sin idea de nada. Ahora bien, los bizantinos tan preocupados, y a aquí a Constantino el Grande le salió el tiro por la culata, por la naturaleza de Cristo, por si era hombre, si era divino, extraterrestre, si fue engendrado o creado, si tenía la misma naturaleza del padre o no, etc., nada de eso les impidió montar revueltas y matar a quien no pensaba como ellos. Y las matanzas no fueron de poca monta. Increíble. Las persecuciones religiosas no terminaron. Todo lo contrario.

-Ya veo por donde va. El apagón espiritual.

-Y de todo tipo. Suponiendo que al alguna vez hubiera habido luz. Porque las salvajadas que hicieron los emperadores bizantinos estaban alejadísimimas, a años luz, de cualquiera de las naturalezas de Cristo, divina, humana o ambas a la vez. Y sí, tiene razón: estudiar la historia de la humanidad puede llevar al nihilismo. O a la soledad. Al apagón total.

-Bueno. Yo, por si acaso, y solidarizándome con usted, he hecho acopio de botellas de vino. Tenemos libros, y pan, aceite y sal. No nos va a ir nada mal.

-Mire, me ha dado una idea: compraré un saco de harina, y nos podemos hacer el pan en casa nosotros mismos. Lo coceremos al potente sol, privilegio de este país.

-Como dijo aquel: apagones a nosotros. Bonito soy para temer ningún apagón.

-El único temible es el de la paideia. Y el de la sensibilidad.

-Y el del paladar para degustar un buen vino.

-Como siempre, tiene más razón que un santo.

-Pues bebamos.

-Bebamos.

UNETE



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