. Tienen las manos achicharradas de ponerlas sobre el fuego por el
caso Blanco, pero no les importa. Ellos erre que erre. Les da lo mismo. Están
tirando con alegría y celeridad la casa por la ventana. Se trata de dejarlo
todo arrasado. Les quedan pocas horas para instalarse en el paro, pero siguen
empeñados en dejar la colmena con las avispas famélicas, las celdas sin
reservas, las estancias sin recursos. Quieren que el nuevo enjambre no
encuentre nada, ni el más mínimo rastro de miel. Debe de quedar todo arrasado.
Además, la nueva reina tiene que afrontar un gobierno hipotecado.
Si en
España la justicia fuese justa, estoy seguro de que estas reacciones de
arrebato no serían tolerables. Es de indeseables, mezquinos, desleales,
cretinos, inmorales, incultos, cobardes, rastreros, innobles, mal perdedores, y
cuantos adjetivos queramos añadir el comprometer gastos con dineros que no se
tienen y, para más inri, en el despilfarro innecesario del gestor cesante,
hipotecar el futuro del nuevo gestor.
Desde el pasado 20N,
incluso antes, las avispas revoletean sin rumbo por los avisperos. Pero antes
de emprender el último vuelo, aguijonean su veneno por aquí y por allá. Son
varios los frentes abiertos y aprovechan hasta el último momento. La avispa
reina, que ya ha anunciado que se queda en una colmena madrileña, no descansa
en ordenar ascensos y cargos, de mayor rango y escalafón, en pro de los afines
sin porvenir fuera del avispero. Además, como lo suyo es libar con frenesí
hasta el último euro, antes de salir decreta nuevas y millonarias subvenciones
para los proyectos, causas y ocurrencias progresistas que su factoría ha
producido en los últimos años, aunque haya sido a costa de crear miseria
nacional.
Como no podía ser menos,
en esa alocada carrera de despedida, las avispas delegadas para la catástrofe
nacional clavan con avidez los aguijones del despilfarro. Todas ellas cumplen
disciplinadas la consigna. La deuda acumulada debe finalizar con más deuda. Y
ahí están las ministras en funciones Leire Pajín, Angeles González Sinde, y
Trinidad Jiménez, repartiendo sin control ni decencia millonarias subvenciones
a fundaciones, asociaciones, y a grupos de progresía afín .
A ellas, como al jefe,
les da lo mismo haber finalizado su nefasto periodo gubernamental, el estar en
funciones, el no tener legitimidad moral para comprometer nuevas subvenciones
ni nuevos compromisos que supongan lastre para los nuevos gestores. Van a lo
suyo, a sus intereses, y lo hacen así porque carecen de ética, de escrúpulos,
de honorabilidad, de principios, de respeto, de sensibilidad.
En realidad es la
conciencia desviada.
Es la incultura.