Pulpito del Diablo

Pulpito del diablo

 

. Esa noche en particular, el sendero sinuoso que nos conducía a ese pueblo anhelado desde el inicio de la travesía, se nos presentó de manera lúgubre; con su oscuridad absoluta y esa niebla espesa que había de parecer el vaho emitido por el mismísimo Cthulhu. No podía evitar sentir un poco de escozor al pensar que tal vez, nuestro destino sería el encontrar un sin salida en ese pequeño limbo.

Como aquel que se empeña en encontrar el sendero hacia su amada a pesar del desdén de está, así me encontraba yo intentando encontrar el camino correcto; guiando al que llevaba la rienda del vehículo y esperando que la buena mar nos llevara al buen puerto. Después de horas de trasegar esa niebla que no daba tregua, mis ojos al fin se aplacaron ante el dolor y la fatiga crónica, viéndome obligado a ceder toda responsabilidad al piloto, dándome así por vencido ante el abatimiento de la córnea y el iris.Me despertaron los primeros rastros del alba con gran sorpresa, hallándome en lo que parecía ser una cercanía a nuestro destino cuando de repente sentí dentro de mí, también el despertar de una cascada que buscaba desembocar fuera de mi existencia, es así como hicimos un alto en el camino y procedí a tomar parte del exorcismo litúrgico que se tornaba en mi ser, haciendo despliegues parsimoniosos de mis endemoniadas arcadas. Pero tal como Job encontró sosiego al final de su quebranto, así encontré yo placidez al volver al sendero, dejando atrás ese pequeño tormento y encontrándome con el aire puro y la templanza que brinda la luz del amanecer sobre la oscura noche.

Al llegar a nuestro primer destino, quisimos cruzar aquellos pasajes adoquinados queriendo encontrar valía en sus fachadas y estatuas. Lamentablemente el largo y cruel viaje había flagelado nuestro humor, dejándonos únicamente una nula resiliencia y una mirada estoica a todo cuanto miráramos.Descendimos al fin, de nuestro transporte queriendo perder esa postura pseudo-fetal adquirida por varias horas de viaje y dimos rinda suelta a una corpórea posición más natural. Yo sintiéndome más “vacío” que los demás a causa de las bulímicas arcadas, insistí en buscar aliciente para mi roído vientre. Después de sentirnos satisfechos con la comida local fuimos en busca de nuestro guía, quien nos adentraría profundo y muy alto en la cordillera, con la promesa de encontrar maravillas insospechadas y secretos propios de los antiguos.Se acerco con la pasividad propia de un reverendo sabio, con una figura delgada pero visiblemente ágil y un rostro afeminadamente varonil. Se llama Tomas, ha sido guía por dos lustros y parecía tener la vitalidad de seguir muchos años más. Nos explicó los pormenores del recorrido y nos incitaba a ser cautos y no dar cabida al libre albedrio de explorar fuera de los límites.Así pues, partimos hacia la media montaña de nuevo en nuestro vehículo. Ya no sentíamos la pesadez propia de no dormir, así como no teníamos tedio por esas alforjas que nos fueron asientos unas pocas horas antes. En el ascenso encontré una belleza que no me era familiar, bien sea por desuso de facultades o bien sea porque nunca la había admirado; pero definitivamente fue calando en mí una impresión in crescendo que me apresaba calurosamente y por ende solo se iba a detener cuando retornaramos a casa.Al llegar a aquel segundo destino, nuestro campamento. Pude descubrir su inmensidad, así como su simpleza llamativa. Siendo un complejo dividido en tres cabañas: dos residenciales y una que oficiaba como cocina y comedor común; nunca logro que se desdibujara el lienzo manifiesto a su alrededor.En crepúsculo encontré un tapiz ígneo sobre el valle que nos cercaba y a medida que nos abrasaba la noche pude atizar a Orión en caza, así como a Antares impartiendo aguijón y todo esto mientras nos sorprendía brillante y vibrante la titánica Artemisa haciendo gala de su plenitud. Pensando que no habría más sorpresas en este multicolor paisaje, fui sorprendido por un despertar matinal bañado en escarcha algodonada, que se movía como un velo gélido y que dejaba a su paso una estepa húmeda, recia y ajedrezada.Después de haber preparado todo lo dispuesto para la travesía venidera, salimos a desandar el camino en busca de aquella inefable cima que con ansia anhelábamos pisar, pero que tan briosa como su formación misma nos obligaba a rendirnos a cada paso. (Ahora que medito sobre aquel ejemplar de Chandler que decidí llevar por compañía para aquellas horas de ocio; debí haber llevado conmigo la magistral de Alighieri, porque de cierto fue un viaje divino-cómico. Aunque solo lo sabría al final del día). Ya de andariegos y con ánimo resuelto marchamos al inicio como un pelotón en campaña y aunque los kilómetros y las horas iban marcando distancias unos de otros, termine siendo cómplice de pasos junto a M. con quien además de divagar acerca de lo humano; también aguardamos con vehemente silencio al sumergirnos en nuevos oasis que se nos presentaban cada tanto.Ilusiones de ensueño nos eran manifiestas a medida que avanzábamos y avizorábamos en cada nuevo paraje un universo nuevo, palpable y tangible. Harto dudoso me encontré al pensar que tal vez mi conciencia me engañaba y yo solo alucinaba historias mientras empuñaba esferas de cristal en las manos y así encontraba maravillas distópicas distantes unas de otras, pero no; no fue tal.Realmente era yo un fiel testigo de lo que veían mis ojos y para asegurarme fue menester servirme y beber de aquellos arroyos incorruptibles y primigenios. Bendita agua majestuosa, cristalina, casta y pura; aquella misma que habría de saciar la sed de ancestrales que tenían dominio sobre estas escarpadas latitudes desde tiempos inmemoriales y que ahora solo aguardan a vividores de experiencias que tientan la buena fortuna.Dejando atrás los impulsos febriles causados por el éxtasis que este lugar ejercía sobre mí, fuimos ascendiendo poco a poco, no tanto por lo árido que iba tornándose el suelo, sino por la ausencia de oxígeno; muy propio de la altitud que íbamos alcanzando. Y así con dudas, fatigas, desconciertos y dichas teníamos ante nosotros la base del risco, el pulpito del diablo, el monte insidioso, la exigencia máxima, la batalla final…Adoptando un ritmo cadencioso similar a los corderos de rebaño, iniciamos nuestro encuentro con el pico absoluto. Palmo a palmo, pie a pie, metro a metro, nos surcamos entre el muro rocoso; sin abandonar el espectáculo pseudo-volcánico que se acicalaba a nuestras espaldas a medida que nos elevábamos y regresábamos la mirada. Cuando dimos termino a aquella avanzada vertical y empezamos el tramo final con prontitud, nos golpeó un viento impetuoso que nos obligo a hacer alarde de toda maroma que evitara que nos llevara con él.Al retornar la pasividad que reina al final de toda tempestad, vislumbramos la cresta de un sinfín de cuerpos montañosos que hacen de vigías inertes sobre valles y planicies igual de imperturbables y que con la notoria escases de aire (claro está, para los que son ajenos a estas vastas tierras) nos es obvio que estamos muy cerca de nuestro cometido.Ya sin aliento y sin aire en los pulmones, mi cuerpo me reclamaba por el mórbido trato que le había dado y me exigía una satisfacción; pero al no admitir tregua, esté blandió todo el ácido láctico a su disposición y me obligo a padecer los finales metros, no sin antes ser testigo yo de una hazaña propia no de un guarda-bosques curtido o siquiera de un humano promedio, sino más bien de un leopardo de las nieves. Aquel protector-felino escalo el risco casi vertical a una velocidad tal, que no me permitió contemplar si esos movimientos eran antropomórficos o irreales; pero en todo caso llego a nuestra posición y con un singular ademan nos saludó y siguió su camino con ese atroz paso.Sabiendo que mi limite lo dejé ya unos cientos de metros atrás, avance con estos plomos como pies y una sonrisa giocondesa sin detenerme, sin mirar atrás. Todo fue sudor y fatiga, ahora soberbia y combustible. Con solo niebla densa sobre mí, me hablaba la cordillera, la bruma me cegaba solo para guiarme con los sentidos moldeados, el polen diamantado cubría mi tez. De repente mi agitada respiración irrumpió en la solemnidad del silencio absoluto y al final me halle frente al trono de hielo; noble e imponente que se yergue en lo más alto, solo para servir como testimonio de la grandeza de su magnánimo Creador.Así que, allí estoy en la cima de lo que fue para mi un monte olimpo, únicamente acompañado por el silencio ensordecedor de la vastedad y la fatiga propia de la victoria y la melancolía. Abrí mis brazos a la nada y al todo, intenté hacer indeleble a lo efímero, quise apoderarme del jubilo fugaz y hacerme con el destello de lo inerte. Realmente quise plasmar huella en mi mismo de toda esta travesía, imprimir tablones de piedra en mi memoria y purgar mi alma con este recuerdo Dantesco.Pero no tarde en descubrir que la pasividad y la serenidad de aquel limbo de las alturas, solo es tangible en aquellas conciencias que se han dado al abandono y al desdén de lo terrenal. Con ello en mi saber no tuve otra opción que consolarme y entregarme al instante mismo, ya que entendí que lo inmaterial y el olvido se mofan a diario del alma mortal, y que el espíritu del hombre no es algo más que destellos de alevosía en el firmamento.Al final habiendo cumplido el cometido, no por fuerza propia sino por el favor de la providencia, iniciamos el descenso con ahínco por regresar a casa, pero recíprocamente sentimos despojo al tener que abandonar un Edén terrenal de aire puro y vid abundante. Solo confió en que el rio del tiempo, el cual nunca detiene su cauce; no despoje mis recuerdos en su caudal infinito…

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales