Tránsito

TRÁNSITO

 

. Así es el modo de obrar de un hombre, siempre que no sea un canalla: acudir siempre a lo que mejor resulta1.

Eurípides, Ifigenia en Áulide.

Las restricciones por el virus, por fin, se estaban relajando cuando no desapareciendo. Pese a ello estuve bastantes días sin ir a visitar a mi vecino de la puerta 33. Fue él quien me llamó. Bajé aquella tarde para hablar con él.

-Me tenía usted preocupado -me dijo nada más abrirme la puerta-. Llevaba mucho tiempo sin verlo. ¿No habrá estado enfermo?

-No. En absoluto. Me encuentro perfectamente bien, aunque un tanto saturado.

-Principios de curso. ¿Demasiada faena?

-Obsesiones particulares mías más bien.

Se levantó para traer la consabida botella de vino y dos grandes copas de fino cristal.

-Ya le dije hace tiempo, creo recordar, que tiene usted mucha tendencia a abusar de su tiempo libre. Pasa demasiado tiempo en su celda. Debería casarse -añadió sonriendo.

Ignoré este último comentario. No hice ni caso.

-Sí. Lo sé, lo sé -dije-. Muy a menudo me acuerdo del precepto délfico, nada en demasía. Pero en esta vida, querido amigo, es más fácil dar consejos que seguirlos. Los mismos griegos se lo saltaron a la torera a lo largo de toda su historia.

-Lo cual tal vez los llevó al desastroso final de la guerra del Peloponeso y a ser engullidos por Roma. ¿Tengo razón?

-No lo sé. Lo más sencillo es pensar que todo cuanto nace, más pronto o más tarde, perece. Ningún imperio dura mucho. Luego podemos buscar todas las justificaciones habidas y por haber. Pero ésta es la inexorable ley.

-Tal vez toda regla tenga su excepción. Hay imperios con más de cien años a sus espaldas.

-Quizás porque hay necedades perennes, como las hojas de algunos árboles.

-Bueno -dijo tras beber y paladear un largo trago de vino- esto no nos va a llevar a ninguna parte. Dígame, ¿qué lo ha retenido durante tanto tiempo encerrado en su despacho? Pregunta interesante donde las haya.

-Tiene razón. Al menos nos permitirá hablar de nosotros mismos, motivo por el cual no desbarraremos mucho. Espero. Caso contrario, como dijo Séneca: errare humanum est.

-O Quevedo: errar es de sabios y ser herrado de bestias…

-Pues el caso es, querido amigo, que durante largo tiempo fui detrás de un libro. Se me resistía.

-¿No estaba en la biblioteca de la facultad?

-Sí. Estaba y está. Pero esa siempre es la última opción. Me gusta leer libros que son míos: necesito subrayarlos, anotar ideas, críticas, ocurrencias… En un libro prestado no lo puedo hacer.

-¿Y encontró el libro?

-Lo encontré. Y de ahí ha venido mi encierro: necesitaba leerlo. No me he dado ni un respiro hasta llegar a la última página.

-Vaya. Imagino que habrá sido una lectura apasionante.

-No tanto. Me ha enfadado el dichoso libro por varias razones. La primera de ellas el título y subtítulo, La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental.

-Título ciertamente ambicioso -dijo sirviendo otra copa de vino.

-Sí. Lo es. Y su autor, Gilbert Highet, fue, sin duda, un gran erudito. Ahora bien, es imposible que una sola persona abarque todo la literatura occidental de todos los países, y rastree las influencias de Grecia y Roma en cada uno de ellos: demasiados autores y demasiados libros.

-Bueno, si se ciñe a los más importantes…

-¿Y quién determina eso? Cada época ha tenido sus autores importante. Dichos autores han caído en el olvido en las siguientes épocas: han cambiado los gustos, etc. De todas formas, convengamos en eso, en dedicarse a los autores importantes. Aun así, Highet dedica muy poco espacio a Garcilaso, a san Juan, a fray Luis de León, a Quevedo y a Góngora. Y eso por citarle solo aquellos en los cuales es muy visible la tradición grecolatina. Se centra, y dedica mucho tiempo, a la poesía anglosajona, y a la francesa cuando interactúa con ésta.

-Todos tenemos nuestras limitaciones -dijo sonriendo.

-Es cierto. No por eso dejo de alabar el libro de Highet: es un monumento, aunque éste hay que mirarlo desde un determinado punto de vista. Y no de otro.

-No es Miguel Ángel.

-No. No lo es. No por eso deja de tener su importancia. Ahora bien, lo que me enfadó, y eso es ajeno al autor, fue el último capítulo del libro, Querella de antiguos y modernos. Como le he dicho en más de una ocasión, ni me gusta discutir ni polemizar. Las posiciones terminan por enconarse; y, al final, y aún al principio, no se dicen más que tonterías y necedades. Como lo es sostener, como se sostuvo, que nuestra literatura, la del siglo XVII, es mejor que la grecolatina porque nosotros somos cristianos…

-¿Sólo los cristianos escriben buena poesía? ¿Qué tiene que ver la religión con el buen hacer en literatura o en pintura o en música?

-Nada. Un cristiano, es obvio, puede ser un pésimo poeta y una pésima persona. Y luego trata de sacar sus méritos de donde ni están ni los encontrará.

-¿Duró mucho esa polémica?

-Hasta nuestros días. Otro argumento empleado es que la historia es una flecha ascendente. Por lo tanto nosotros somos mejores que nuestros padres, pero peores que nuestros hijos…

-Por lo tanto la barbarie nazi o la de nuestra gloriosa guerra civil es superior a la de la guerra del Peloponeso.

-Por supuesto. Como me dijo un compañero, admirador del fascismo, las guerras actuales son más “humanas” que las anteriores. Antes, una flecha, el tajo de una espada, una lanza, una piedra o un tiro de honda te podía dejar inválido. Y durante el resto de tu miserable vida dependías de otras personas. Ahora las armas son tan perfectas, que te disparan en un dedo y te mueres igual que se te hubieran acertado en el corazón. Ni molestas ni te molestan.

-Efectivamente, no hay más que ver la película Hiroshima mon amour o Johnny cogió su fusil, sobre la primera guerra mundial esta última. Toda guerra, digo yo, no supone más que una vuelta a las cavernas, sean las armas sofisticadas o toscas.

-Estoy de acuerdo con usted. Pero lo molesto de la necia querella, que todavía perdura, es la ignorancia y la pedantería exhibidas por una y otra parte. La enorme cantidad de listillos que brotaron por ahí opinando de todo sin saber de nada. Y, por supuesto, ignorando el latín y el griego.

-Para encontrar a esa clase de personas no hace falta excavar mucho.

-No. Desde luego. Con una pala y un pozalito de plástico, de esos que utilizan los niños en la orilla de la playa, se pueden pescar cientos de ellos.

-Entonces, ¿no ha terminado la famosa querella de los antiguos y los modernos?

-No. No ha terminado. Aunque ahora se ha disfrazado con el ropaje de si es importante o no saber latín y griego.

-¿Y qué opina usted?

-Que no vale la pena discutir con nadie. Mire, esa querella que tanta polvareda levantó en los siglos XVII y XVIII, ya la resolvió Horacio en el primer siglo de nuestra era. Al cual, al parecer, y voy a volver a leer el capítulo de Higuet con más atención, ni lo citan. Pero éste en sus epístolas ya ataca la vetustez, o darle importancia a algo porque es viejo2. Le podría citar varios ejemplos, sacados sobre todo de su famosa Epístola a los Pisones o Arte Poética. Que la desconocieran los polemistas es signo de ignorancia, torpe o criminal. O, y es lo más probable, de enaltecer sus escritos echando mano de justificaciones tan necias como “yo vivo en el siglo XVIII, aquellos pobres griegos en el V antes de Cristo; yo soy cristiano, ellos eran paganos, ergo yo soy superior a Platón, Sócrates, Eurípides, Heródoto y a quien se me ponga por delante”.

-Delirante razonamiento.

-¿Se acuerda de aquel silogismo: “cuando llueve la calle está mojada, es así que la calle está mojada, ergo ha llovido”? Querían ser modernos y fueron más medievales que el Cid Campeador, que en gloria esté.

-No se puede negar -me dijo al tiempo que volvía a llenar las copas- que, como mínimo, ha tenido usted una intensa discusión con el libro.

-Es evidente. Es de admirar, desde luego, la labor de este hombre, su autor, en este libro. Y sus “defectos” son muy comprensibles.

-Brindemos, pues, por él.

-Por Highet por y su monumental esfuerzo.

-Por él y por su libro. Y por quienes lo leen.

1Eurípides, en Tragedias III, Cátedra letras universales. Madrid, 2018. Traducción de Juan Miguel Labiano.

2Si meliora dies, ut vina, poemata reddit, scire velim chartis pretium quotus arroget annus, Si el paso del tiempo, como al vino, mejora los poemas, quisiera saber cuántos años darán valor a estas páginas. Horacio, Epístolas, libro II, I, 34-35

UNETE



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