Las guerras y yo

Curiosamente, el señor que aparece en la foto no se imagina mi existencia y mucho menos el cambio que ha producido en mí esencia de manera definitiva,

 

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Nací en Cuba, pocos meses después del fin de la Crisis de Octubre, pero el hecho fáctico de que hubiera finalizado nunca fue razón para que mi padres, abuelos y tíos dejaran de mencionarla en cada reunión familiar cuya frecuencia era semanal.

Es decir, las primeras palabras que escuché en mi infancia estaban vinculadas anecdóticamente a esta gravísima situación, aunque en ese momento yo no era capaz de calibrarla.

Por si no fuera suficiente, pocos años después, otra guerra vendría a amargar mi infancia: La Guerra de Vietnam.

Siendo mi país de origen un país politizado en extremo, en aquellos primeros años de Revolución, debo admitir que cada domingo en el horario matutino, todos los niños tenían la posibilidad de asistir al cine del barrio de manera gratuita y con el incentivo de recibir un paquete de golosinas también libre de costo.

Los padres quedaban excluidos, pero la organización era suficiente para garantizar la seguridad de cada menor, hasta el extremo de que si había alguna avenida peligrosa en el trayecto, un agente de tránsito se ocupaba de garantizar el cruce seguro de todos los niños al finalizar la función. Esto era un acto que fortalecía la independencia y siempre era un momento feliz. Menciono este detalle porque, si bien la mañana dominical terminaba pletórica de dicha al poder caminar sin mis padres y junto a mis amigos del barrio, con esa libertad que no se tiene a los 9 o 10 años, en mi interior me quedaba la huella amarga de haber presenciado las más atroces escenas de la guerra en Vietnam, las cuales nos exhibían a todo lo largo y ancho de aquellas gigantescas pantallas con sonido de bombas y gritos de víctimas salidos de las potentes bocinas de la sala del cine. ¡Era traumático!. Recuerdo que me tapaba los oídos y cerraba los ojos hasta que sentía que la explícita exhibición había llegado a su fin.

Jamás comenté mi malestar a mis padres porque lo primero que harían sería prohibirme que volviera a ir.

Este tipo de noticiero aparecía en todas las películas y cines y su producción era semanal.

La familia cubana usaba mucho el cine como medio de entretenimiento en los años 70.

Finamente, un buen día de 1973, el director de mi escuela primaria nos orientó que repartirían uniformes nuevos para recibir a una delegación diplomática de ese país asiático, ya que la guerra, afortunadamente, había terminado y mi escuela llevaba el nombre de "Ho Chi Min".

Sentí más alivio por no tener que ver más escenas como las que nos habían venido mostrando que por el fin de la guerra en sí. Era feliz.

Por supuesto que sentía mucha gratitud por los soviéticos que nos habían ayudado a evitar los refugios y las bombas de napalm que eran recurrentes en mi mente de vez en cuando, aunque seguí desarrollando una personalidad normal y estable.

Ahora, cuando mi vida está bastante adelantada cronológicamente hablando, cuando había alcanzado mis metas profesionales y mis modestas aspiraciones materiales, con el privilegio de tener a mi madre viva y saludable, una familia amorosa, alegre y respetuosa, de pronto aparece otra guerra cruenta. La diferencia es que ahora existe un mayor flujo de imágenes e informaciones, testimonios y sucesos que acaban de ocurrir debido a la inmediatez con que se publican las noticias. Confieso que nunca imaginé que la recta final de mi vida sería con un conflicto militar que puede ser peor de lo que fue Vietnam y de lo que es en este instante.

Por esta razón quise aprovechar y hacerle un homenaje a este señor ucraniano que asegura en un entrevista no tener ideas de huir de la guerra porque debe cuidar a su madre postrada en una cama y sin recursos para escapar. Rompió a llorar y no tuve otra reacción que hacer lo mismo.

Esta es la forma que encontré para rendirle homenaje anónimamente por ser tan excelente hijo.

Ileana Fernández

01/06/2022

UNETE



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