Ruidos

RUIDOS

 

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Juvenal, Sátiras1

Mi vecino no volvió a mencionar nunca más su viaje a los Estados Unidos. Como dijo, no resultó una experiencia muy agradable debido a la compañía. Acepté su silencio de buena gana. Al fin y al cabo teníamos muchos temas e intereses en común. No había necesidad de sufrir ni de lamentarse por ninguno de ellos. No obstante, el curso ya había comenzado. Yo no disponía de tanto tiempo libre como antes. Nuestras reuniones, por lo tanto, se espaciaron un poco. Me excusé ante él por esto mismo. No porque debiera hacerlo sino a fin de evitar males entendidos.

-Bueno -dijo él- siempre nos quedarán los fines de semana.

-Y las fiestas de guardar -añadí yo con cierta ironía.

-Por supuesto. ¿Y qué tal el inicio del curso? -me preguntó.

-Como los inicios de todos los cursos; pero éste con mascarilla y sin tocarse nadie ni compartir libros, bolígrafos o material similar. A veces me da la impresión de estar en una cueva de bandoleros, listos ya, con su antifaz calado, para salir a desheredar a los hijos de los ricos.

-¿Cuándo se va a terminar esto de las mascarillas? ¿En la antigüedad duraban tanto las pestes?

-No lo sé. Pero antes la gente no era tan melindrosa, o no tenía tanto miedo a la muerte. Ahora algunos, con sus histerias, llegan a dar verdadera pena. Persona hay con dos y tres mascarillas, y que no come por no tocar la comida… Si yo tuviera una fábrica de ropa, hubiera lanzado una camiseta que, seguro estoy, hubiese hecho furor: color, a elegir. En el centro, Jesús con mascarilla; de rodillas María Magdalena, también con mascarilla, y extendiendo la mano hacia él. Y la frase, en latín, Noli me tangere. Igualmente se puede poner en las mascarillas.

-¡Oiga, eso podría ser un buen negocio! -exclamó alborozado-Seguro. Mire, el otro día fui al ambulatorio a pedir cita para el médico. Revisión rutinaria. La cita la tengo para dentro de un mes y medio. Sin palabras. Los funcionarios del ambulatorio, tres, como los mosqueteros, están detrás de un mampara de plástico, y, por supuesto, con mascarilla hasta las cejas. No te cogen la tarjeta sanitaria. Piden colocarla en la mampara para que ellos, desde el otro lado, la puedan leer sin tocar nada. Una maravilla, oiga. El problema vino cuando un hombre, de mi edad, y sordo, bastante sordo, quiso cambiar el número de teléfono de su cartilla. Había perdido el móvil, o se lo habían robado, y se compró otro con un número distinto. El pobre hombre, entre la mascarilla y la mampara, no oía nada de cuanto le decía la señora funcionaria. Me pidió si, por favor, podía hacerle de traductor o intérprete.

-Pues ser sordo en esta ciudad es una enorme ventaja, al menos en ciertas épocas del año.

-¿Qué quiere decir?

-Cuénteme usted primero cómo terminó su traducción.

-El otro día -comenzó a contar sonriendo- hablando con un amigo, sobre cine, le dije que los actores españoles, casi todos ellos, no saben declamar. No sé si durante el rodaje de las películas se aprenden el papel y lo recitan, o sencillamente mueven los labios cantando números. Y luego, en el estudio, con el guión delante, graban las voces. No lo sé. Pero he visto a algunos de ellos actuar en el teatro, y, desde luego, no se les entiende nada. Están tan acostumbrados al micrófono que ya han perdido la noción del habla, de la dicción.

-No es un defecto sólo de ellos. Algunos alumnos, cuando hacen preguntas, suenan como si estuvieran comiendo sopas.

-A eso iba. A la señora del ambulatorio, tras la mascarilla doble, el plástico y su forma de hablar, ni con el mejor de los esfuerzos se le entendía nada.

-¿Pero lo consiguió al final, no?

-Sí. Tomándome también a mí por duro de oído, se puso a gritar como una loca. “No es cuestión de gritar, señora” le dije- “hable tranquilamente y vocalizando. Pronuncie las palabras con cuidado y con ganas de hacerse entender, con un poquito de esmero”. Me lanzó una mirada asesina. Y con esos sus buenos deseos me pidió el nuevo número de teléfono. Se lo pedí al señor sordo. Y menos mal: siempre llevo un bolígrafo y una pequeña libreta. Anoté el número y lo expuse en la mampara. Y de esta forma le cambiaron el teléfono a este hombre. Se fue agradecido y ensimismado en su mundo de silencio. Ahora cuente usted.

-Lléneme de nuevo la copa, como si estuviéramos en un simposio. Bien -dije tras beber un buen trago-. En la literatura clásica, me he acordado estos días, en su ausencia, hay dos obras notables, que yo recuerde, en contra de las ciudades, la pesadilla actual. Dejando de lado la famosa descripción de Séneca de las molestias de un baño situado bajo su vivienda2. Una de esas críticas es Las aves, de Aristófanes. Y la otra, más relacionada con lo que usted acaba de narrar, es la Sátira número 3 de Juvenal.

-Oyéndolo a usted una y otra vez no hago sino lamentar no haber estudiado clásicas.

-Nunca se es demasiado viejo para aprender dijo Séneca. Y el poeta Vittorio Alfieri, señor mío, se puso a estudiar griego a los cincuenta años3.

-Le llevo mucha delantera.

-Pues razón de más para recordar a Séneca. Pero, como nos sucede a menudo, nos estamos desviando del tema. Volvamos a él. Ya sé -le dije sonriendo-: su viaje no ha sido lo esperado. Aun así , no le quepa duda de ello, ha sido, con creces, más tranquilo, sensato, humano y generoso que vivir en esta maldita ciudad durante estos días.

-¡Dios mío! ¿Qué ha sucedido en mi ausencia?

-Nada importante: a las autoridades competentes se les ha ocurrido, en el mes de septiembre, montar las fallas. Y hombre, lo bueno del virus era, entre otras cosas, que nos había librado de ellas. Pero, ya sabe, el demonio nunca duerme. Y hemos tenido fallas, faltaría más.

-Habrá sido una cuestión crematística, imagino.

-Seguro. Y ante ella ya no importa la salud, ni los contagios, ni las multitudes, ni las cenas en la calle de todos los colegios de sabios y ninfas de todo barrio de la populosa ciudad Ni, por supuesto, los petardos a cualquier hora del día y de la noche. En la sátira número 3 de Juvenal, el amigo de éste, un tal Umbricio, le dice que se va de Roma porque no soporta los ruidos de la gran ciudad. En el año 100 de nuestra era, y sin fallas ni falleros.

-Lamentarían tal carencia los pobres romanos, pese a manejar el latín. No me cabe duda.

-No le quepa duda. Cuando leí la sátira, por vez primera, me entraron ganas de colarme en la narración, ir al pasado y fundar un colegio de médicos. Éstos se iban a ocupar de la salud mental de sus enfermos. Y muchos de sus pacientes estaban locos de atar debido a los enormes ruidos soportados día y noche en Roma hace 2.000 años, mes arriba, mes abajo.

-Tiene razón: se deberían regulas fiestas y ruidos. Pero, claro, vamos contra la patria y las bobas historias sentimentales.

-Y, no lo olvide, contra el mismo Juvenal: fue éste quien acuñó aquello de pan y circo4. Eso es imprescindible. Los buenos políticos, como son los nuestros, lo saben muy bien.

-Lo ha pasado usted fatal estos días, no hay duda.

-Haciendo mala sangre a toda hora. Las autoridades se han preocupado mucho, dicen, de nuestra salud con esta historia del dichoso virus y la venta de mascarillas. Mascarillas a toda hora y en todo lugar. A alguno le ha lucido el pelo merced a estos disfraces. Aquí los listillos y la falta de vergüenza nunca falta. También ha servido para que políticos, de toda clase y pelaje, se tiren los trastos a la cabeza, y a otros órganos pensantes, casi siempre ocultos.

-Están muy bien dotados para eso. Superan cualquier examen, con nota además.

-De la salud mental nadie se ha ocupado, ni se ocupa. ¿Usted sabe lo que es estar todo el día soportando explosiones de petardos? Algunos parecen bombas. Y uno, y otro, y otro. Y a cada cual más potente… De verdad, envidio a ese señor sordo del ambulatorio. Aunque no pueda disfrutar de la música de Beethoven. Al año que viene, se lo juro, en cuanto suene el primer petardo me voy al país de los saurómatas5.

-Se lo agradecerán. Ya lo dicen estos genios tan solidarios: a quien no le guste la fiesta, que se vaya.

-Evidentemente. La ciudad es de ellos. Y suyo es el poder y la gloria.

-Oiga, igual esto es una táctica para crear puestos de trabajo: si hay mucho descolocado, los psiquiatras tendrán faena, ¿no le parece? Y se abrirán manicomios. Más empleos, directos e indirectos.

-Entrarán ellos y sus políticos. Yo me voy al país de los saurómatas.

-Pues brindemos por los saurómatas.

-Y por los sordos. Bienaventurados ellos incapaces de oír ni petardos ni bandas de música desfilando. De ellos es la paz y la tranquilidad de espíritu. Y el reino de los cielos.

-Sean bienaventurados por siempre jamás.

-Amén.

1Juvenal, Sátiras. Sátira I. Alianza editorial, Madrid, 2010. Traducción de Francisco Socas.

2Séneca, Epístolas a Lucilio, VI, 56

3Gilbert Highet, La tradición clásica, II, p.109. Fondo de cultura económica, México, 1996.

4Juvenal, Sátira X, v. 80

5Tribu asentada en el mar de Azov, remotísimo para los romanos. Citado por Juvenal en las Sátiras I, 1y XV, 125

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