Libros y viajes

LIBROS Y VIAJES

 

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Séneca, Sobre la ira1.

No estuvo mi vecino de la puerta 33 mucho tiempo fuera de casa. El viaje a los Estados Unidos, para visitar el parque de Yellowstone, fue más rápido de lo esperado y anunciado. Me sorprendió su brevedad.

-Usted sabe -me dijo sirviéndome una copa de un buen vino- que el tiempo es subjetivo. A mí el viaje se me ha hecho largo, interminable, casi eterno.

-Es decir: no se lo ha pasado bien. No era lo esperado.

-No, no lo ha sido. Es curioso -añadió sonriendo- hay algunas cosas, como sabe, propias o características de una determinada edad. Y pasada ésta, y con creces, se terminaba o cesaba lo otro, lo característico de esa edad. Al menos, eso pensaba yo.

-Como la edad del pavo -le apunté sonriendo.

-Sí. exacto. Por eso mismo, el comportamiento de mis compañeros durante este absurdo viaje, dada la edad, es más serio y complejo. Me ha dejado anonadado. No me lo esperaba.

-Todas las cosas tienen la importancia que queremos darle. No lo olvide.

-Así es. Tiene razón. Decidí, por lo tanto, no prestar atención a sus necedades, no abrumarme, aprovechar cuanto pudiera, y hacer cruz y raya con ellos.

-Yo también tuve varias experiencias de esas en mis años de bachiller. Es difícil conectar con alguien, difícil viajar con quien no comparte tus intereses, y se empeña en imponer los suyos. Eso sin hablar del dinero y los gastos cuando se hace un fondo común. Un error. El viaje termina por convertirse en una pesadilla. Siempre he pensado, por eso mismo, que la mejor forma de viajar es ir solo.

-Pero usted no ha salido de casa. Y está solo.

-Vivir solo no tiene porque implicar la obligación de viajar. No me apetece hacerlo. En mi caso sí que hay cosas, o intereses, que han ido desapareciendo con la edad. Una de ellas, precisamente, es la necesidad de viajar, de ver cosas y visitar países y monumentos.

-Ya no sé si decirle, ante mi última experiencia, si es una pena, una desgracia, o si hace bien quedándose en casa.

-No deje -le aconsejé- que unas malas compañías le mediaticen un viaje, ni nada.

-No, no lo he hecho -dijo rápidamente-. Ya le digo, pese a ellos, cumplí con mis objetivos. Con casi todos. Pero su compañía, sus egoísmos, me resultaron bastante molestos. Los acepté con la finalidad de no arruinar del todo el viaje. Simplemente le digo que no ha sido muy agradable.

-Bueno, algo es algo.

-¿Y qué ha hecho usted durante estos días?

-Lo de siempre: leer, estudiar y seguir con mis traducciones. He trabajado mucho. Ahora bien, ha hecho tanto calor, que entre el calor y las dificultades de algunas partes del texto, he terminado hecho polvo, para el arrastre. Como si hubiera subido al Olimpo a pie y descalzo.

-No me extraña. Pasa demasiado tiempo encerrado. Si lo metieran en la cárcel, o ingresara usted en un convento, no notaría la diferencia de su vida de monje o de recluso con ésta de ahora.

-No crea, no crea. Ahora no me obsesiona ninguna idea o proyecto: sé que puedo llevarlos a cabo. Si estuviera prisionero, o en un convento, seguro, comenzaría a añorar el no poder ir al cine, a comprar libros, a pasear por las calles…

-Sí, en eso tiene razón -dijo riendo-: a menudo somos un perfecto espíritu de contradicción. Rara vez nos hallamos a gusto donde estamos y con lo que tenemos.

-Yo sí me hallo a gusto. Y lo siento si suena a pretencioso o a falso, pero soy feliz. O, si quiere, tengo muchos momentos buenos estando aquí en mi casa.

-No lo dudo.

-Me he acordado estos días de una obra de teatro vista en la juventud. No estoy seguro. No sé si era Calígula, de Camus, o alguna de Sartre… no lo recuerdo. Pero en un momento determinado, un personaje, de esta obra o de otra, dice que la soledad no existe… Aquella frase se me quedó grabada a fuego. Y en aquel entonces me molestó.

-Sí, de jóvenes todos nos consideramos solitarios e incomprendidos.

-Esa sensación, como ha dicho usted antes de otras vivencias distintas, también me desapareció con la edad. Comencé a comprobar la certeza de la frase. Y la he vivido este verano como no se puede hacer una idea. No, la soledad no existe.

-En mi caso, y en compañía de mis queridos amigos, sí que la he experimentado. Por paradójico que le pueda parecer.

-No. No me resulta nada paradójico. Nada mejor para vivir la soledad que juntarse con cuatro o cinco personas de distinto pelaje.

-Y, a veces, del mismo. Efectivamente. Y a veces del mismo -repitió- ¿Y qué ha sucedido que le ha hecho sentirse tan acompañado o no estar solo en su solitaria casa? -preguntó sonriendo por el efecto de su juego de palabras.

-Tengo un compañero de trabajo con el cual me llevo muy bien- comencé a contarle-. Hace años, estando yo en la sala de profesores, se me acercó, no nos conocíamos de nada, y empezó a plantearme problemas filológicos, históricos, de literaturas comparadas… Fue un torrente. Me dejó estupefacto.

-No es entonces el típico charlatán -dijo llenando de nuevo las copas.

-No, no lo es. Me abordó otro día. Con más calma y tranquilidad, vino a decirme algo que a él le pareció original y muy fácil de probar: que muchos libros se han escrito en contra de otros, o han sido generados por otros.

-Es innegable -le dije yo en aquellos momentos-. Nada nuevo.

-¿Entonces -me preguntó- tú serías capaz de determinar cuál es el origen de un libro, quién es su padre y su madre?

-La metáfora no es válida -le repliqué-. Se es hijo de un único padre, mientras la ciencia y la vida de nuestras madres no demuestre lo contrario, pero un libro puede tener, tiene, infinidad de progenitores, si dejamos al autora aparte.

-Yo creo que no -me replicó-. Un libro tiene un padre. No hablo del autor. Y sí, muchas tías solteras que lo peinan, lo arreglan, le hacen pantalones, corbatas, pajaritas, camisas y jerséis; le compran colonia… lo que quieras. Pero el padre es uno. El problema está en la dificultad para averiguarlo. Aquí no hay ADN que valga.

-¿Y a dónde nos lleva eso? -me preguntó mi vecino.

-No lo sé. Él, entonces, me pidió un favor: tenía que leer yo tres o cuatro libros, todos de viajes, y luego centrarme en un libro, un manuscrito. No quiso decirme quién era su autor. Sospeché que era él.

-¿Y qué resultó de eso?

-No sé cómo definirlo. Leyendo en el orden impuesto por mi compañero, estaba claro que el manuscrito era una respuesta, una larga y pausada respuesta, a los otros libros, a uno en concreto. En éste hay toques de erudición, a veces excesivos. En el manuscrito todo era sencillez. Lo contrario. Siguió pasándome más libros y más manuscritos. Y al final concluimos con una obviedad: apenas conocemos nada. Somos unos ignorantes. Cuando hablamos de esto y de lo otro, de la influencia de un escritor sobre otro, no decimos más que vaciedades, tonterías sin sentido. Señalamos la punta del iceberg, como mucho.

-Me parece una exageración. O, y perdone, deseos de ser original a costa de la más elemental lógica.

-Sí. Eso último abunda mucho. No obstante, me quedé a cuadros porque uno de los libros que me hizo leer fue El coloso de Marusi, de Henry Miller.

-Sí, lo conozco. Un libro precioso por cierto.

-Yo lo leí de joven. Y sí, me encantó. Al volver a enfrentarme con él, varias décadas después, algunas partes del libro se me hicieron pesadas, farragosas… Miller habla de un mundo que, creo, no existe. Y dudo que haya existido. No obstante, del libro, del grueso libro, recordaba solamente una única frase. Me alegró mucho volver a leerla: “Abandonado a sus propios recursos, el hombre siempre comienza de nuevo al modo griego: algunas cabras u ovejas, una cabaña rudimentaria, un terreno de cultivo, un grupo de olivos, un torrente, una flauta”2.

-¿Y qué demostró con eso? -me preguntó intrigado.

-Nada. No demostré nada. Sencillamente es muy difícil saber lo que olvidamos, y que puede aflorar en un momento determinado o no, y de una forma distinta a como lo leímos o vimos… Mi amigo tiene razón en parte. No obstante, para mí El coloso no era el padre del manuscrito de autoría desconocida, sino los otros libros, menos importantes y más recargados… Le dije riendo que también en la literatura existen las traiciones y los adulterios. Nos reímos de buena gana.

-Sin llegar a ningún resultado.

-Sin llegar a ningún resultado. Pero lo pasamos muy bien discutiendo y tomando cervezas.

-Entonces el verano no ha sido tan negativo.

-No. Esto pasó hace años. Me he acordado mucho de él ahora, en medio de estos horribles calores. Y efectivamente, la soledad no existe: algunos pasajes de algunos libros, actuales y clásicos, me han hecho pensar que el padre no era quien figurabas en la portada sino otro, u otros, muy distintos.

-¡Qué complicaciones!

-Tiene razón. Dejémoslo estar. No nos metamos en camisa de once varas ni nos atosiguemos por estos sin sentidos.

Y así, alzando nuestras copas, cambiamos de tema.

1Séneca, en Diálogos, Biblioteca clásica Gredos, Madrid, 2000. Traducción de Juan Mariné Isidro. III, 6

2Hnery Miller, El coloso de Marusi, Edhasa, Barcelona, 2014. Traducción de Carlos Manzano, p.178

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