En tu mirada, mi vida.

Por: Edwars Morillo (*)

 

. Independiente. Mi novia se me está poniendo vieja. 2011

En momentos de rodearnos entre Esmeraldas y Lirios, sus colores y olores, emerge el recuerdo de un ser especial, que quedó atrapado por siempre en la mirada de cada parturienta que mira su creación con los ojos que alimentan el sentimiento, la pasión y la protección que una madre puede darle a su cría.

De ahí venimos todos, de ese sublime momento en que fuimos concebidos y al abrir los ojos al mundo, estaba allí esa persona, que decía ¡descuida, aquí esta mami! Los años avanzaron haciendo la relación de uno con otro más intensa, son lazos que se fueron consolidando con el tiempo, es igual a la savia que desprende del árbol y arropa las cosas a su paso, así se construye día a día el amor de una madre con sus hijos.

Hoy hacemos un alto en el camino para rendir honores a una persona que estableció un significado profundo de la palabra belleza, aquella belleza que se divorcia de los patrones sociales, los estereotipos del 90/60/90 o de las mujeres sin arrugas, dándole paso a un belleza que frente al espejo, muestra cicatrices de orgullo, imágenes de cuerpos esbeltos para el recuerdo, porque no se siente resquemor alguno, cuando ven sus cuerpos cambiados por traer al mundo a sus hijos, hemos aprendido de ellas el nuevo significado de la palabra belleza.

Le rendimos honores, a la persona que nos enseñó la práctica más elocuente de lo que investigación se trata, no hay método ni metódica más ejemplarizante que una madre en la búsqueda de la cura para el padecimiento de su hijo, no hay mejor informantes claves que los médicos, enfermeras y personal en un hospital, cuando la salud de un hijo se ve comprometida, no hay historia de vida que se escape a la tentación de cualquier entrevista a profundidad que algún investigador, aspire a triangular, categorizar o contrastar.

No hay forma más concreta de entender la tolerancia, que el gesto de una madre al recibir a su hijo que regresa con fracasos o disfrutando de los placeres de la vida, no puede ilustrarse mejor la igualdad entre las personas, sino entendiendo los castigos colectivos en la casa por no hacer los deberes o haber sido citado en el colegio, hasta en eso se ha entendido que el amor en su máximo rigor, también es amor.

Hoy y siempre reconocemos en una madre, la encarnación de la educación y sus principios, se trata del artista que talla su mejor pieza, que cuela su mejor fundido para crear una pieza que encierra su obra natural.

La sociedad y sus parámetros nos dijeron que debíamos especializarnos en una área específica, de allí la historia se ha encargado de enseñarnos grandes nombres en la ingeniería, en la medicina, en la política y otras facetas, pero ¿pero quién puede explicarnos sobre estas polimatas que en forma innata hacen y crean lo imposible cuando de sus hijos se trata? O nadie ha visto una madre hacer maravillas ante la adversidad, cuando la pobreza y miseria son huéspedes en sus hogares, han hecho de esas humildes comidas los platos más maravillosos que pueda paladar alguno disfrutar, me atrevo a decir en estas líneas, que son las únicas que saben cocinar con un ingrediente llamado amor.

Todas esas y otras enseñanzas de vida, quedaron atrapadas en esa mirada, aquella que cruzaron nuestra vidas para siempre, que quizás nos saludó al llegar a este mundo, pero en algunos casos, nos despidió en el camino porque hemos tomado caminos distintos, o porque simplemente, nos despedimos de este plano.

Para finalizar mis palabras, le pido al creador del universo, señor todopoderoso, que bendiga cada hogar donde convive la palabra madre, ya que ni siquiera el inclemente tiempo, aquel que no le importa lo que somos en palabras de Juan Gabriel, el mero charro que nos enamoró con sus canciones, ni siquiera el tiempo repito, aquel que nos ha hecho olvidar a viejos amigos de la infancia, quizás viejos amores, personas que una vez jugaron en el ajedrez de nuestra existencia, pero que con la madre, no ha osado nunca en tratar de hacernos olvidar a ese ser que nos dio la vida a riesgo incluso de la suya, no ha podido, ni podrá, porque no puede olvidarse lo que siempre está presente, no puede eliminarse lo que se ha convertido en el mejor sentido de las palabras, en una metástasis de amor.

No hay otra manera de describir, a ese ser maravilloso que tiene en vientre el don de la vida, solo una palabra basta para reconocerla.

¡Bendición!

(*) Profesor Universitario.

UNETE



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