Olvidos

Y es que, por más agradables y profundos que sean los pensamientos, si se exponen con palabras mal colocadas, ofenderán a los oídos, cuyo juicio es muy exigente.

 

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Cicerón, El orador1.

El tiempo no pasa en vano. Tampoco es algo preocupante. Queramos o no va a transcurrir. Y nosotros con él. Lo mejor y más adecuado es aceptar las cosas como vinieren. Doctrina estoica. Por otra parte, cada momento de la vida tiene sus intereses, sus aptitudes para hacerlas y sus ilusiones y recursos. Recuerdo, merced a estos calores de ahora, una de las manías de mi madre. No la llevó a fruto de bendición. Consistía ésta en obligarme, por las tardes, durante el mes de agosto, a hacer la siesta. Hasta ahora he sido siempre poco amante de la cama: apenas duermo. En la infancia, además, hacer la siesta me parecía una enorme pérdida de tiempo. Sin saberlo seguía las normas de Plinio el Viejo, Vivir es velar2. Por lo tanto en cuanto mi madre se descuidaba, me vestía y salía de casa sigilosamente. Pese al calor me iba a cualquier montaña de los alrededores, y pasaba la tarde jugando con piedras, observando charcas, o viendo correr a las lagartijas y demás bichos.

-Este verano -le dije a mi vecino de la puerta 33 cuando me llamó para despedirse- no me veo harto de dormir. Me pongo a trabajar, y a las dos o tres horas estoy rendido, bañado en sudor… Me dejo caer en la cama y me duermo profundamente, como nunca en la vida he dormido.

-El cuerpo -me dijo- como todo bicho viviente tiene sus necesidades. Descansar no está nada mal. Es obligatorio.

-Siempre me ha parecido que el tiempo que uno está en la cama es tiempo perdido.

-No lo es. Debe cuidarse. Yo, por el contrario, nunca he entendido esas salvajadas de algunos santos y eremitas: no dormir, estar encajonados en una ermita, o de pie en una columna. Me parecen tonterías, por no llamarlos suicidios a cámara lenta. Además no llevan a nada. Trátese con cariño y disfrutará más de las cosas y de la vida. No tenemos más.

-No le falta razón. Nunca he disfrutado tanto de una buena lectura como tras una noche de agradable y reparador sueño.

-Son unos momentos deliciosos también. Recuerdo lo a gusto que dormía tras una larga caminata por el monte en busca de piedras. Añoro aquellos viajes. Vivir en la ciudad nos ha privado de estos grandes placeres.

-Es fácil retomarlos: una mochila, unas buenas botas, y un plan de ataque. ¿Sabe? De estudiante tuve que traducir un texto titulado Nostos, El regreso. En él se contaba el viaje de un padre y un hijo, a pie, por falta de dinero, desde Epidauro a Atenas. Intenté convencer a algunos compañeros para hacer el mismo trayecto.

-Y no se hizo.

-No se hizo. Por supuesto. Era obligatorio, viaje de fin de curso, ir a Mallorca. La fiesta, encerrarse en una discoteca, y volver a casa con el cuerpo lleno de alcohol y sin haber visto nada. O ir a Cancún, todavía más exótico; pero con la misma finalidad.

-Parece mentira. Yo pensaba que en el mundo universitario, por eso de los estudios, se tendría un poco más de sentido común.

-Eso pensaba yo también. No lo hay. Y a ello debe añadir, y lo digo con dolor y rabia, el olvido de algunas materias esenciales. La retórica entre ellas. No hace mucho estuve oyendo dos conferencias por YouTube. Impartidas por profesores universitarios. Pues bien, a los cinco minutos abandoné el intento.

-¿Tan malas eran? Por lo menos estaba en casa, y no se vio en la necesidad de molestar a los vecinos para abandonar la sala, cosa siempre un tanto engorrosa.

-¿Ha sufrido usted alguna vez alguna explicación dada por una persona mayor? Estos conferenciantes, dejando aparte los bien, vale, ejem, por supuesto y demás muletillas, me recuerdan a mi querida abuela cuando comenzaba a contar cualquier cosa: “¿Te acuerdas de Paquita, aquella que vivía al lado de casa y tenía un hermano que se fue a Rusia, y su madre ya se había muerto, y el padre quiso que fuera labrador y ella se casó con el tío Almendras, que también tenía una hermana que vivía en la masía…” Al final, siempre terminaba preguntándole lo mismo: “Abuela, ¿de qué me estás hablando?” Ni ella misma lo sabía.

-Sí. Alguna que otra vez he sufrido explicaciones de ese jaez.

-Parece mentira que personas con unos estudios clásicos no tengan en cuenta a Cicerón más que para hablar de sus Catilinarias y de su egocentrismo. Ni de lejos siguen sus recomendaciones para ser buenos oradores. En cuanto se ponen a hablar, a mí me ponen los nervios de punta.

-¿Tan malos son?

-Peor que mi abuela. Ahora bien, a diferencia de aquella, llevan gafas. Se pasan todo el tiempo poniéndoselas y quitándoselas. Me entró la risa tonta porque me recordaron aquella vieja canción de “alirongo, alirongo, alirongo, el sombrero me lo quito y me lo pongo”. Al final no supe si en Troya había atunes, o estos, en lata, los llevaron los alumnos para conmemorar el descubrimiento de una placa que pertenecía, según todas las trazas, no como decía Martínez, a Yocasta sino a Pilar la de segundo que la perdió durante una excursión para estudiar las excavaciones de H. Schilemann.

-Por desgracia yo también he asistido a conferencias de ese tipo. Se debería ser más cuidadoso a la hora de hablar en público. Encima se ponen muy pesados ahora con lo de bienvenidos y bienvenidas a todas y a todos. Y los alumnos y las alumnas y demás zarandajas.

-Siempre se ha sostenido que la lengua trabaja con el mínimo esfuerzo posible: el cambio de un morfema sirve para cambiar una palabra: boda, poda, moda, soda… Pero esto sucedió hasta que llegaron ellos, ellas y elles. Ahora la lengua trabaja como un esclavo en las minas de Laurión en épocas de Homero.

-A veces analizando piedras me da la impresión de que el mundo está en franca regresión. Es como si estuviera fatigado y deseara volver a los inicios. Es decir: explosión, desaparición de todo tipo de vida, y vuelta a empezar. Tras unos millones de años sin humanos ni humanoides. También la tierra necesita descansar.

-¡Vaya! -exclamé admirado- me ha dicho usted lo mismo que me comentó no hace mucho un compañero. Para éste también el mundo está en regresión. Él se basa en lo siguiente: es un hombre de cierto prestigio. De vez en cuando publica algún sesudo artículo en revistas de renombre. Pues bien, me comentaba que los compañeros, cuando le dicen algo por esas publicaciones, el mensaje suele ser un emoticón riendo, unas palmas aplaudiendo o un corazón que late y palpita cual patata frita. El regreso a las pinturas rupestres. El idioma todavía no se ha inventado. Y hablamos de gente con estudios de filología, que, al menos, con los emoticones, no tiene faltas de ortografía. Todo tiene sus ventajas.

-Cuando vuelva de viaje y pasen estos calores tenemos que salir a caminar por el monte. Yo lo hacía de joven. Más de una vez, buscando piedras, me he encontrado con algún que otro pastor. Como sabe llevan una vida solitaria. Tenían ganas de hablar. Y la de historias que me han contado.

-Haremos bueno aquello de solvitur ambulando, todo se cura caminando. En este relato del que le he hablado, Nostos, padre e hijo emprenden la caminata de Epidauro a Atenas. Se van encontrando con diversas personas. Un par de pastores. Uno les da cobijo, otro comida. No creo que el relato sea real, pero ¿era eso el sentido de la hospitalidad, lo que ellos consideraban sagrado? ¿Es eso una posible salvación?

-No lo sé ahora. Pero en aquella época, cuando yo era joven, más de una vez me invitaron a comer. Sin conocerme de nada. Tiene usted razón: nos estamos olvidando de muchas cosas importantes. Y no somos mejores que nuestros antepasados. Ahí tiene cuanto está sucediendo con Afganistán y en Ucrania y con la hipocresía del resto del mundo.

-Tiene razón. En esta vida sigue siendo válido aquello de que al que Dios se la da, san Pedro se la bendiga… Hay un momento, en ese relato juvenil, ejercicios de clase, en el que padre e hijo pasan por Micenas. Suben a ver las murallas. Al niño le entra miedo. La tierra -dice- huele a sangre.

-La nuestra también. Buscando fósiles y demás, me he encontrado con trincheras, casamatas y nidos de ametralladoras de nuestra guerra civil. Es penoso. La naturaleza, avergonzada, va cubriendo esos monumentos a la necedad humana con tierra, piedras y hierbas. Dentro de unos cuantos miles de años no quedará nada.

-Pero no nos faltarán guerras y emoticones.

-Ni buenos amigos, ni un buen vino que hoy, por cierto, ni hemos probado. Así que vamos a ello.

-Vamos a ello y todo sea por Cicerón y el dominio de la palabra. Y por mi abuela y sus alumnos.

-Sea.

1Cicerón, El orador, Madrid, Alianza editorial, 2001. Traducción de Eustaquio Sánchez Salor

2Plinio el Viejo, Historia natural, Prefacio, 18.

UNETE



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