Anagnórisis

ANAGNÓRISIS

 

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Luciano el samósata, Cuentistas o el descreído1.

-Vaya por delante -le dije levantando la copa de vino y brindado con mi vecino- y sin deseos de grandes explicaciones, que he cambiado mucho. A veces me sorprendo a mí mismo con esos cambios tan inesperados.

-Nada permanece inmutable. Como ya le dije en una ocasión hasta las rocas, sometidas al calor o a determinadas presiones, cambian. Los humanos no evolucionamos tanto. Pues algunas piedras incluso llegan a convertirse en diamantes.

-Sí. No se lo discuto -respondí sonriendo-. Pero no deja de sorprenderme mi propio cambio. Pensaba, no sé porqué, que al hacerme mayor se me iba a acentuar la tristeza y la melancolía, el sentimentalismo.

-¿Y no ha sucedido así?

-Todo lo contrario. Cuanto me parecía esencial, crucial, ha dejado de serlo. Ahora todo se me aparece como una inmensa tontería. Banal. O una broma de mal gusto.

-En este país -replicó sonriendo- tenemos mucha tendencia a eso de calvo o siete pelucas.

-Tiene razón. En el término medio está la virtud. Lo sé. Pero no, yo no soy nada virtuoso. Este aparente despego mío no va por ahí. Tal vez, creo, trate con él de lograr una preparación para el bien morir. Quizás sea una forma de evitar el posible dolor de la partida sin retorno.

-Sí. Pero disfrute mientras pueda. Carpe diem. A mí me gustaría visitar un par de parques nacionales antes de morir. Después de muerto no tiene gracia. Dentro de poco, si todo va bien, me iré con unos conocidos a Yellowstone. Quisiera visitar algunos parajes y montañas. Y palpar algunas rocas ¿No le apetece venir?

-No. Muchas gracias. No me apetece nada. Últimamente me ha entrado un estado total de vagancia. Me viene justo para ir a la librería. Aunque...

-Debería comprarse un perro -me dijo sonriendo-. Así se obligaría a sacarlo y a salir de casa. O -esto lo dijo ya riéndose de buena gana- o casarse y tener algún hijo. Con todo ello, seguro, recuperaría algo de esa vitalidad un tanto marchita y débil.

-¿Usted cree?

-Sí. Estoy convencido de ello.

-Lo tendré en cuenta. He recibido varias proposiciones de matrimonio. Las estudiaré.

-Ya -respondió riendo.

-Necesito, ahora en serio, volver a recuperar el entusiasmo en y por mis estudios. Lo estoy trabajando. Lo estoy perdiendo a chorros, y me alarma. Las esperanzas, creo, jamás se deben poner fuera de uno, de su alcance y sus posibilidades. Las tengo.

-Hombre, el amor y la muerte está al alcance de todos.

-¿El amor, y no quiero herir a nadie, o el matrimonio y la conveniencia? El miedo a la soledad. Puede derivar, como usted bien sabe, en un desastre más o menos enorme.

-En eso no le falta razón.

-Me preocupa esa pérdida mía de entusiasmo Antes, de joven, con vagas esperanzas en mis estudios, mis traducciones y mis trabajos, me movía con entusiasmo, como si fuera a conseguir algo importante o llegar a alguna parte donde iba a ser muy feliz. Era un apasionado. Ahora esa pasión está desapareciendo. Tal vez de forma no definitiva. Esperemos.

-Siempre me resulta usted demasiado severo juzgándose.

-El error ha estado, me parece, en fijar una meta, o en creer en su existencia. Y no la hay. Todo es una ilusión o un enorme espejismo.

-Como sabe de ilusión también se vive.

-Esto me recuerda la traída anagnórisis de algunas obras de la antigüedad. El autor debería calmar al espectador medio, o al lector. Por lo tanto, en algún lugar de la tierra, se encontraban los hermanos separados hacía muchos años. O el padre y el hijo, se abrazaban tras infinitos avatares, y aquí no ha pasado nada.

-Tomarse algunas obras en serio nos puede abocar a la locura: recuerde a don Quijote. Son pasatiempos. Algunos muy mal intencionados, pero pasatiempos. Otras son sanas advertencias.

-Evidentemente. Al menos a mí nunca me ha resultado placentero, ni mucho menos, el encuentro con algunos viejos parientes dejados de lado en edad muy temprana. Volvernos a ver de nuevo, al cabo de los años, fue una tontería. De hecho, a los cinco minutos de haberlos saludado, ya estaba yo deseando marcharme y no volver.

-Algo así me pasaría, creo yo, si me tropezara con cierta persona de quien no quiero ya ni acordarme. Pero ello no quita para seguir caminando, y buscar, con la experiencia adquirida, por otras voces y otros ámbitos.

-Sí. No le falta razón. Nadie va a venir a buscarnos a casa. Si no nos salvamos nosotros, no lo hará nadie. Lo tengo claro. Y comenzaba ya a hacer nuevos planes. Sin entusiasmo, pero nuevos planes. Verá, tengo un amigo muy interesado por el teatro griego clásico, por la tragedia sobre todo.

-Siempre he oído decir de la comedia que es un género muy difícil, tanto de escribir como de comprender.

-Así es. En las obras de Aristófanes hay muchas referencias al mundo exterior del momento, tanto al político como al literario. Si se ignora ese contexto, la obra pierde toda su gracia. No sucede lo mismo con la tragedia. Conociendo un poco la mitología, se entiende la obra.

-¿Va a traducir usted alguna tragedia para su amigo?

-No. Mi amigo está muy interesado en saber exactamente cómo eran las representaciones en los teatros griegos. Las tragedias eran cantadas, al menos en muchas de sus partes. Y siempre se ha sostenido que la música compuesta para esas obras se ha perdido. Un día, leyendo un libro, me enteré de la existencia unas anotaciones musicales, de la época, en el santuario de Delfos.

-¿Cómo se han conservado?

-Grabadas en la pared de un templo, mejor dicho de una edificación donde los atenienses, en Delfos, guardaban las ofrendas a Apolo. Mi amigo me ha invitado a irme con él para verlas, anotarlas y estudiarlas.

-Pues ya está. Se va a Delfos, sale y se airea un poco. Y se vuelve a entusiasmar con sus parientes.

-O me aso. Hay tres problemas: el virus, no sé si nos dejarán salir y entrar; los incendios en Grecia; y la inutilidad de nuestros esfuerzos, pues todo esto, para sorpresa mía, está muy estudiado por un profesor español, lo cual nos honra. Y mucho.

-¿Y no le pueden dar ustedes un nuevo enfoque? ¿No pueden aportar su granito de arena? Yo no voy a Yellowstone a descubrir nada. Voy a mirar, a contemplar, a disfrutar. No tiene porqué estar siempre trabajando, investigando y pensando en cosas cruciales.

-Ahí es precisamente donde ha estado mi error. Pensaba hallar oro tras una larga búsqueda, una bonita anagnórisis, cuando no he hallado sino ceniza y carbón.

-Ya sabe: errar es de sabios. Debe comenzar de nuevo, y con un nuevo enfoque.

-Mi amigo no se ha desanimado, desde luego. Alguien le contó que, tal vez, la música de las tragedias griegas estuviera muy próxima a los cantos de los popes en las misas ortodoxas, o al canto gregoriano. Me ha propuesto ir a santo Domingo de Silos, y al monte Athos, en Grecia. Todo de una tacada.

-No está nada mal el plan. Pero ¿tiene alguna relación dicha música con las tragedias?

-Las tragedias tienen un origen religioso. Eso ya está muy estudiado. La música, sin duda, también debe estar relacionada con la religión. No pude ir cada una por un lado. Debe de ser una música solemne, muy próxima, imagino, al canto de los popes… Pero no lo sé. El clero, sin embargo, se empeña en separar unas cosas de otras. No obstante, en las iglesias se hicieron, también, muchas representaciones religiosas y jocosas. Cantadas.

-Bueno, los chicos del clero son de mira muy estrecha. Quizás para ellos el teatro tan solo sea aquello de las chicas alegres que trajo Colsada para quitarles el mal humor.

-¡Vaya! Me acaba de llevar usted a mi infancia, cuando oía esa canción por la radio… ¿Ve? Eso estaba diciendo yo de la comedia: quien no conozca esa canción, ese anuncio, no se reirá, no le verá la gracia a sus palabras.

-Pues deberemos buscarla en otro sitio. Todo menos rendirse. ¿Y sabe? Tal vez, por los incendios y el virus, no puedan ir al monte Athos; pero en otros países, seguro, Francia, Inglaterra, Alemania, hay iglesias ortodoxas y pueden hablar con algún pope.

-Tiene razón. Se lo diré a mi amigo. Y quizás tengamos suerte y demos con algún pope un poco inteligente y culto. Y tal vez esté dispuesto a ayudarnos y todo.

-Es cuestión de indagar. No toda anagnórisis acaba en desengaños y ceniza. A lo mejor esas obras llevaban una carga positiva.

-Sí. Seguramente.

-Pues nada. Brindemos por nuestros respectivos viajes.

-Sea -dije pensando que en el fondo no había cambiado tanto como yo pensaba. Además los viajes estaban en el aire, como todo en esta vida.

1Luciano, Relatos fantásticos, Madrid, 2017, Alianza editorial. Traducción de Cuentistas de Jaime Curbera.

UNETE



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