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En total, el puente permaneció sin actividad durante más de 1300
días, hasta que las cosas se suavizaron, la planta se armó y hasta cambió de
dueños y el tránsito volvió al pavimento. El corte se realizaba en la margen
argentina y llegó a decirse que sólo casos de urgencia o incluso por modestos
pagos a los vigilantes de la zona excluida, se permitía el paso a terreno
extranjero. La historia es conocida y justamente “es historia”.
Pero sin embargo, para la sorpresa uruguaya, ahora el Puente es
tomado como rehén de casos sindicales y gremiales uruguayos. El sindicato que
agrupa a los funcionarios del estado, COFE, decidió esta semana manifestar en
el mismo lugar y mediante la misma forma que los argentinos en 2006.
Gendarmería y efectivos policiales lo custodiaron e impidieron.
Nadie pone en duda que la necesidad de mostrar los reclamos es
también un derecho pero ¿dónde y quién pone los límites de lo grotesco?
Toda la ciudadanía oriental tuvo una actitud tranquila pero
constante cuando aquello sucedió en 2006, entendió que de nada servía el
conflicto y con el correr de los años incluso le costó a Tabaré Vázquez el
alejamiento de la política pública… ¿qué tiene el puente que tenemos que ir
ahora nosotros a quedar estampados ante los ojos incrédulos de los argentinos y
la consternación de los compatriotas?
¿qué solución es ésa para alguna cosa? Seguramente ninguna.
Aspiramos a que el diálogo será la primera puerta que se abra,
que la tolerancia sea como una cinta transportadora y que, entre tanta
problemática uruguaya, no nos miren desde afuera como niños caprichosos y
aprendices de malas costumbres.
Los uruguayos tenemos, a justa medida, la buena reputación de
ubicados, políticamente correctos, democráticos y defensores de nuestros
derechos. Hagamos hechos de estos conceptos.