El Verbo y la palabra.

 Al principio de todo, según la Sagrada Escritura, fue el Verbo y, gracias a Él, todo fue definido y creado. Los ateos dirán que todo fue producto de una gran explosión y los creyentes diremos que la creación fue obra de Dios. Pero, para el asunto que nos trae hasta aquí, tanto da lo que se crea y lo que se deje de creer. Pienses que todo fue obra de una gran explosión, Dios o que todos venimos de Ganímedes y allá hemos de volver como tantas veces nos dijo Carlos Jesús. El caso es que me voy a detener en el verbo, la palabra y, por lo tanto, la razón.

 

. Los ateos dirán que todo fue producto de una gran explosión y los creyentes diremos que la creación fue obra de Dios. Pero, para el asunto que nos trae hasta aquí, tanto da lo que se crea y lo que se deje de creer. Pienses que todo fue obra de una gran explosión, Dios o que todos venimos de Ganímedes y allá hemos de volver como tantas veces nos dijo Carlos Jesús. El caso es que me voy a detener en el verbo, la palabra y, por lo tanto, la razón.
 

Nuestros ancestros hicieron con la razón y la palabra virguerías. Baste mirar la antigua Grecia para darse cuenta que todo fue pensado por esos observadores de la naturaleza y de la realidad que les rodeaba. Pues eso es lo que es básicamente un filósofo: un observador. Bajo el prisma de sus reflexiones se rige todo el pensamiento contemporáneo. Con algunas gotitas de ambrosías, edulcorante o acres licores se embadurna todo el pensamiento clásico.

 

Pero la palabra, entendiéndola como su uso superlativo e inconmensurable, se hizo mayúscula en labios de Cicerón. El romano domesticó la palabra y la cabalgó llevando su manejo a cotas inasibles para el común de los mortales. Tan es así que fue el mayor talento retórico de su tiempo y de las épocas postreras. Hizo alarde de su uso en el Senado romano, pues es ahí donde se necesita del uso de la palabra, pero no para retorcerla sino para llamar a cada cosa por su nombre. Buscando el adjetivo exacto y la definición concreta.

 

La razón no puede ser usada como un puñal o una saeta, arrojándola vehementemente contra la cabeza del rival que nos hace frente, sino que hay que sopesarla, dotarla de argumentos y mesarla con diferentes definiciones que hacen de su uso un correcto vehículo que nos lleve a la moderación de pensamiento. Una virtud, la de la moderación, cuya desaparición hacen que nuestro razonamiento se vuelva vulgar, dañino y ofensivo. Alejado de su principal razón de ser que es comunicarse y buscar consenso para llegar a acuerdos.

 

Unos acuerdos que harán que la vida de cada uno de nosotros pudiera llegar a ser mucho mejor de lo que es hasta el momento. Un consenso que nos permitirá vivir en una mayor armonía entre nuestros semejantes y un razonamiento que nos hará reflexionar para llegar a ser mejor entendedores de nuestros vecinos. Pero todo ello ha de ser desde el convencimiento de que estas son las principales utilidades del Verbo, la palabra y la razón.

 

La palabra vertida es como el fuego que para apagarlo se necesita agua. Siendo el fuego, vehemencia, y el agua, prudencia. De modo que para desmontar la argumentación de tu rival requieres una cantidad de agua semejante a la cantidad de fuego vertida con sus palabras sobre tu premisa. Así, cuánto más fuego se vierta sobre el razonamiento de uno más agua requerirá para su apagado.

 

En un estado natural de las cosas el fuego y el agua están equilibrados en el parlamento de un país civilizado, razonable, democrático y moderado. El problema es que en su día se dejó entrar a vociferantes criaturas a gritar desde un estrado y la respuesta rival tuvo que ser cada vez menos prudente y más vehemente, haciendo que el agua fuese un bien escaso e inútil para sofocar esos fuegos. Tanto es así que su irrupción provocó la apertura de bocas espumeantes de magma recónditamente escondido para responder al fuego rival.

 

De modo que el uso de la palabra se ha ido descomponiendo en discursos consecuentemente más pueriles y menos sesudos.Estamos, en nuestro Congreso, alcanzando las hediondas simas intelectuales de: caca, culo, pedo y pis. El uso mesurado y prudente de la palabra ha muerto. Siendo enterrado con alaracas y sin tristeza por los estultos que blasfeman ocurrencias estúpidas en el sancta santórum de la democracia patria.

 

El consenso, como si de una balanza se tratase, disminuye cuando el disenso crece. El uso de la palabra se hace inútil cuando el grito es permanente. La verdad se borra cuando se crispa el ceño y se frunce. El Verbo se entristece cuando las llamas ascienden. La razón se difumina cuando la palabra se desboca. El pueblo sufre cuando sus políticos usan sus cabezas para, en lugar de razonar, embestir. 

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales