Sueños y pesadillas

SUEÑOS Y PESADILLAS

 

. Después de tener estas visiones, cuando se hizo de día, llamé al médico Teódoto. Cuando llegó le describí mis sueños. Se asombró de cuán prodigiosos habían sido, pero no supo cómo actuar1.

Elio Arístides, Discursos sagrados.

La lectura de aquel libro, prejuzgada como larga, tediosa, y, tal vez, inconclusa, estaba resultando todo lo contrario: desde las primeras páginas no hizo sino proporcionarme alegría, contento y ganas de seguir leyendo. A veces, no obstante, muchas de sus afirmaciones me parecían sentencias o narraciones carentes de sentido. Lo eran, sin duda. Pero no puedo hablar de ello con total certeza: soy lego en la materia. Había leído, no obstante, varios libros, hacía muchos años, sobre los sueños y sus interpretaciones. Y rara vez han dejado de parecerme estos y aquellas, cosas traídas por los pelos. Ahora bien, en el libro de Artemidoro están tan bien narradas las anécdotas, los sueños y sus derivados, con tanta convicción y gracia, que me alegraban, y mucho.

Bajé con la intención de prestárselo a mi vecino de la puerta 33. Deseaba alegarlo con su lectura. Y, de paso, conocer su opinión.

-Nunca me ha parecido significativo esto de los sueños -me dijo escéptico mirando el libro-. Yo, al menos, jamás he tenido un sueño profético. Además, la mayoría de las veces ni los recuerdo. ¿Le han anunciado a usted los sueños algo de interés? ¿Ha tenido sueños proféticos?

-No. He tenido sueños, desde luego. Pero muy parecidos a las pesadillas. Nada agradables.

-Además -dijo sirviendo la inefable copa de vino- una persona cabal puede dominar sus sueños.

-¿Sueña usted según sus deseos? -pregunté intrigado.

-No. No me refería a eso. Los sueños, así me lo han contado siempre, vienen a ser la liberación del subconsciente. Por la noche este se mueve sin reglas ni cortapisas. El subconsciente, como un muchacho alocado, en la oscuridad o a la luz de las farolas, sin normas ni policía, se desata, y nos hace vivir todo cuanto, despiertos, nos negamos a realizar, por tabúes, miedos, leyes o distintas ideas aceptadas.

-No sé. A mí me causa cierto estupor que, en la antigüedad, hubiera lugares, dentro de los templos por regla general, donde se hacía dormir a quien iba a consultar al dios. Dormía, soñaba. Luego contaba sus sueños, y los sacerdotes le daban una guía o algo parecido. Instrucciones para la vida.

-¿Y si no soñaban?

-No tengo ni idea. Tal vez el la divinidad, en ese caso, no tuviera nada que decirles, o no quería hablar con ellos. Una especie de castigo divino. Hubo un personaje en la antigüedad, Elio Arístides, gran soñador, quien se pasó la vida soñando, recibiendo mensajes del dios Asclepio, y haciendo todas las burradas dictadas, según él, por ese dios. De haber sido cristiano, y teniendo en cuenta su enorme convicción, hoy estaría en los altares.

-No hace mucho -dijo mi vecino ojeando el libro- tuve un sueño muy desagradable. Me prohibí volver a tenerlo. Y desde aquel día no he vuelto a soñar. Ni eso ni nada. Tal vez se puedan dominar los sueños, como otras muchas cosas. No lo sé. Debería volver a leer a Sigmund Freud.

-Lo leí de joven. Pero he de confesarle que no entendí nada de nada. Quizás por eso se me despertó cierta animadversión en su contra. En la clase de filosofía, cuando me llegó el turno, lo puse como no digan dueñas: la utilización que hace de Edipo -dije- es falsa: ¿Cuándo se enamoró éste de su madre? Hablar así supone ignorar el papel del matrimonio en Grecia. Otro tanto pasa con Electra. ¿Enamorada de su padre? Nada se dice en el texto al respecto. Los problemas son otros. Y, desde luego, están muy alejados de la pulsión sexual. Creo.

-Bueno. Quizás las palabras de Freud fueran una metáfora…

-Tal vez. Sí tuve un sueño, repetitivo, durante una temporada. Me me causó verdaderas angustias. Fue al poco tiempo de comenzar a trabajar, a dar clases. Soñé, estando en clase, en medio de una explicación, que entraba la policía, y delante de todos los alumnos, me esposaba y me llevaba detenido. Me desperté con el corazón latiéndome a cien por hora: según los policías no tenía la carrera terminada. Estaba, por el contrario, en primero de bachillerato, era un falsario… Sentí tal pavor, pasé tanto miedo… Tardé un tiempo en percatarme de la realidad: aquello era un sueño, una pesadilla. Se repitió varias noches

-¡Ah, querido amigo! La explicación es muy sencilla: no se sentía usted capacitado para dar las clases.

-Sí, es cierto. Era un ignorante. Pero no porque yo no supiera la materia o las asignaturas. Desconocía a los alumnos. Para aquellas clases me hubiera sobrado con los conocimientos del primero de bachillerato, desde luego. A los pocos días me percaté de ello. Máxime teniendo en cuenta el interés de la inmensa mayoría de los alumnos. Al percatarme de eso, y quizás por eso mismo, dejé de soñar o de vivir esa pesadilla.

-Hay otro problema. O, al menos, otra forma de abordar el asunto: si hacemos un recorrido por la historia, veremos cómo en cada época se le ha dado importancia a unas cosas que, con el paso del tiempo, han ido quedando relegadas. La religión, dejando los sueños de lado, es el típico ejemplo. Hoy, creo, nadie vive angustiado por la presencia del demonio, ni le preocupan mucho las palabras del Papa o las del arzobispo de la diócesis. Salvo a algunas sectas, dignas del manicomio o de los campos de reeducación. Pero de la buena.

-No lo quiero ni pensar.

-He estado viendo estos días una serie sobre unos asesinatos cometidos en Suecia hace unos veinte años. Testigos, asesina y amigos, todos miembros de una iglesia o congregación. Los oyes hablar, y parece una pésima obra de teatro del absurdo… Me ha llamado la atención que, en mi época, siempre nos ponían a estos países como el no va más de la educación, el saber, las buenas maneras… Y en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas.

-De largas tierras, largas mentiras, como diría mi padre.

-Sí, desde luego. Esto nos lleva una vez más a lo de siempre: mientras la cultura no penetre en nosotros, y nos cambie, seremos tan superficiales como la superficie del mar. Aquí, allá, y en todo lugar donde brille el sol.

-Y aun así. Mire. A mí me llamó mucho la atención, dejando el mundo de los sueños aparte, el hecho de que todo un ejército se negara a atacar al enemigo porque los sacrificios no fueron favorables. Y sucedió lo mismo a lo largo de tres días.

-Pues ahí lo tiene usted: ¿se imagina a un ejército actual no atacando al enemigo porque el cura castrense ha dicho esto, aquello o lo demás allá? Ni en sueños. Tampoco creen en éstos, desde luego.

-Y sin embargo, Jenofonte, un general muy capacitado, retuvo al ejército, en una situación apurada, porque las entrañas de los animales sacrificados así lo determinaron2. Claro, también años después, un tal Claudio Pulcher, romano, arrojó al mar a los pollos sagrados por no querer comer negando, así, la salida del ejército. Siempre han existido herejes3. “Si no quieren comer, que beban” -dijo poniendo en marcha a las legiones. En contra del parecer de los pollos y de los dioses.

-Claro. Pero además, ¿Como imaginarse a una sociedad pensando todos sus componentes igual? Imposible. ¿Cree usted, acaso, que en la Edad Media todos eran cristianos a carta cabal?

-No. No lo creo. La historia de la edad media, como toda la historia, la escribe quien la escribe, quien gana, y este siempre tira para casa. La transforma, retuerce y doblega.

-El ejemplo más claro lo tiene usted con el cine americano. ¿Cuántas mentiras no ha contado Hollywood sobre la II guerra mundial? Cuánta insistencia en los campos de concentración nazis, y cuánto silencio sobre los linchamientos de negros antes, durante y después de la II guerra mundial.

-Tiene razón. De ahí mi insistencia en conocer hechos de primera mano. Ya no me refiero a los textos, a los originales y a las traducciones. Hablo del paisaje, de la geografía, del terreno… Hubo una época en la cual me harté de oír hablar de la gesta de Aníbal, de su deseo de llevar la guerra a Italia, etc, etc. Y quise hacer lo mismo. Quise seguir sus pasos: salir de Cartagena, a pie, cruzar los Pirineos y los Alpes y llegar a Brindisi. Conocimiento de primera mano.

-¡Dios mío! -exclamó riendo de buena gana- ¿De verdad se planteó usted ese viaje?

-Sí. En serio. Pero no encontré a nadie con quien compartir la aventura. Y hacerlo yo solo me dio un poco de miedo.

-No me extraña.

-No se fie mucho de las apariencias. Otro año se me ocurrió hacer otro viaje, en busca de unos herejes de la edad media, y me fui desde Teruel a Perpiñán, ida y vuelta.

-¡No me diga!

-Era joven. Siempre me ha gustado mucho caminar. Y considero imprescindible conocer el medio para conocer a las personas.

-Un poco relativo eso. Creo.

-Sí. No le falta razón. Todo es relativo. Máxime cuando el paisaje ha cambiado tanto. Pero aún así, hay cosas que me hubiera gustado hacer, una de ellas seguir la ruta de Aníbal. Y la otra, todavía más loca, seguir los pasos de Jenofonte, y los diez mil griegos. Desde su partida de Grecia hasta llegar a Babilonia, y regreso a la madre patria. O los de Alejandro Magno, le doy a escoger.

-Me gustaría acompañarlo. Pero ¿a pie? No, no me creo capaz de soportarlo. Mejor no cuente conmigo.

Fui yo entonces quien se rió de buena gana.

-¿Y si soñara -le dije riendo- que la divinidad, en sueños, le ordena caminar caminar hacia oriente, diciéndole de paso que allí encontrará la paz y la felicidad?

-Creería que me ha puesto usted alguna droga en el vino. Bien está que el dios me ordene sacrificarle a mi hijo, lo haría de mil amores, pero un año o dos caminando… Por favor. ¿Quien creería en la misericordia de ese dios? Nos pasaría como a esos de la secta sueca: mucho novia de Jesús, y mucho rollo de pastores y ovejas, pero poca empatía, menos caridad y nulo amor al prójimo.

-Ha dado usted en el clavo: esa es la palabra que más me gusta del griego. La filantropía.

-Por cierto, ¿no irá usted a hacer ese viaje?

-Se lo he propuesto para que no se sintiera infravalorado. Pero no, nadie quiere venirse conmigo. Ahora bien, me he comprado un atlas histórico enorme, se sale de la mesa. Y con una lupa voy siguiendo todos los pasos de unos y de otros, Jenofonte, Alejrando, Odiseo... Es un sucedáneo. No puedo recorrer las tierras deseadas. Pero cuando no hay lomo de todo como.

-Por lo menos podrá seguir soñando con hacer esas rutas. Y ya sabe: la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

-Por lo menos pasamos momentos divertidos y bebemos buen vino. Salud -dije levantando la copa.

-Salud -repuso él sonriendo y acariciando el libro de Artemidoro.

1Elio Arístides, Discursos sagrados. Akal clásica, Madrid, 1989. Edición de María C. Giner Soria.

2Jenofonte, Anábasis, libro VI, 4, 12-27 y 5, 2

3Suetonio, Vidas de los doce Césares, III, 2, 2

UNETE



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