. Incluso estoy convencido que, en algunos casos,
los efectos de los mensajes que se deslizan en las parodias teatrales de la
campaña, provocan en el electorado reacciones de signo contrario a las que se
persiguen. Y si no que se lo pregunten al fracasado candidato Alfredo P.
Rubalcaba. Mecachis, ¡qué fracaso! Además de ser inútiles como recurso captador
de personas desencantadas, no convencidas, o indiferentes, las campañas y todo
el entramado de parafernalia que conllevan salen un huevo de caras. Tanto es
así que, para montar el espectáculo, todos los partidos que participan en la
comedia mitinera y afrontan la turné, se ven obligados a endeudar sus economías
con préstamos bancarios que, en algunos casos, engrosan la lista de impagados.
Creo que todos los gestores políticos y
jaleadores del entorno están plenamente convencidos de que las campañas
electorales no reportan votos. Quizás antes, al principio de la etapa
democrática, era un medio eficaz y directo para captar a personas despistadas.
Los coralistas mitineros eran y son los encargados de ofrecer el paraíso, con
soluciones a todos los males, y nos prometen un futuro de maravillas gracias a
la gestión de su gobierno. Pero esta verborrea ya no cuela, aunque algunos se
empeñan en continuar explotando la engañifa.
Todos los espacios que se reservan para
actos públicos de campaña electoral cuentan con la misma clientela. Las plazas
de toros, las canchas deportivas, los palacios de exposiciones, los teatros, o
los locales y plazas públicas se suelen llenar de forma programada, a cargo de
militantes, simpatizantes o por personas comprometidas y transportadas en
autobuses. Muchos buses con bocatas. A pesar del esfuerzo, es muy difícil que,
entre todos los asistentes al espectáculo de palo y zanahoria, consigan un voto
nuevo. Toda la clac suele estar aglutinada por convencidos de voto seguro y
decidido.
Se suele pasar chupi con los cómicos y
teloneros. Sobre todo cuando se agita el avispero y salen a escena personajes
del pasado, como los compañeros Felipe González y Alfonso Guerra. ¡Joer que
gozada! ¡Qué poder de convicción! Entonces es cuando empieza la función. Es el
momento de la concordia, de la oratoria convincente, serena, sin acritud, sin
odio, sin insultos.
Hace tres artículos advertí a Rubalcaba del seguro
fracaso que cosecharía en urnas. Lo razoné valorando el pesado lastre que carga
en su mochila. Se cumplió el vaticinio, aunque quizás la cosa se le disparó un
pelín a peor. Ello demuestra que la campaña y las obsoletas muletas que le han
apoyado tan sólo han servido para hundirle un poco más en la miseria política.
Y digo yo, si todos saben que esto de las
campañas no vale para nada, ¿por qué las siguen haciendo?