Remordimientos

REMORDIMIENTOS

 

.

Plutarco, Consejos para conservar la salud.

Cuando llegué a su casa, cargado con unos cuantos libros, mi vecino de la puerta 33 estaba contento, exultante. Antes de decir nada, y antes de mirar siquiera los libros, recién salidos de la librería, descorchó una botella de vino, sirvió dos generosas copas e inició un brindis. Lo hizo todo sin dejar de sonreír.

-Por el dolor y el arrepentimiento -dijo elevando su copa.

Entrechoqué la mía con la suya mirándolo entre irónico y risueño.

-Debe usted estar pensando que me he vuelto loco.

-Ni se me ha pasado por la cabeza -respondí-. Ahora, me deja usted un tanto sorprendido, desde luego.

-Sentémonos. ¿Se acuerda usted, se lo conté una tarde, de que el otro día, cuando salí a caminar, me caí y una chica trató de auxiliarme?

-Sí, lo recuerdo. Bastante preocupado me dejó usted por la dichosa caída.

-No tuvo más importancia. Aquella chica detuvo su patinete a pocos metros de mi persona. Yo había conseguido sentarme en una pequeña elevación de cemento. Hizo gestos de llamar por teléfono a una ambulancia, supongo; y al negar yo con la cabeza, me ofreció una manzana. La sacó de un amplio bolso cargado en bandolera.

-Sí. Lo recuerdo. Y también que le entró a usted la risa tonta.

-Sí. Así es. En aquel momento no me di cuenta; pero luego, ya en casa, me pareció una total falta de delicadeza y de respeto por mi parte. Y comencé a tener remordimientos de conciencia por aquella absurda risa.

-Digamos -le dije intentando quitarle importancia al asunto- que no estaba usted en su mejor momento. No tiene más importancia. Creo.

-Es posible. Toda la vida, conocidos y parientes, me han tildado de romancero, de darle demasiada importancia a las cosas, de verlas al derecho y al revés… Tal vez tengan razón. Pero siempre he pensado que la elegancia, la educación, y el agradecimiento, se deben llevar hasta la propia tumba, y un poco más allá.

-Comportarse educadamente en algunos lugares es perder el tiempo. Y este país está lleno de dichos lugares. Es como decir “buenos días” en una cuadra llena de vacas.

-No quiero pensar así, pese a todo. Lo cual no quiere decir que no me haya topado con bestias, que me los he topado, y los he tratado como tal. Sin remordimientos. Pero, tras llegar a casa aquel día, dolido por la caída, sentí también dolor por mi risa, por mis imperdonables carcajadas ante el ofrecimiento de aquella buena chica. Fue una total falta de delicadeza por mi parte. Una estupidez. Ni más ni menos. Aunque el ofrecimiento de la manzana tuviera su chiste.

-¿No está sacando las cosas de quicio? Seguramente ella ni se acordará ya ni de usted ni de la caída.

-Seguramente tenga usted razón. Y seguramente tengan razón quienes me han acusado de ser un romancero. Pero, sea como fuere, yo tenía mal sabor de boca. Y necesitaba excusarme con ella.

-No me diga que ha ido a buscar a aquella chica.

-Sí, se lo digo. Es lo que he hecho.

-Bueno, si le hacía ilusión. ¿Y la ha encontrado?

-¿Sabe? No sé porqué, pero en este tipo de cosas siempre tengo mucha suerte: cada vez que voy en busca de una una mujer, la encuentro.

-¡Vaya! Los hay afortunados.

-No se me vaya por los cerros de Úbeda -me dijo sonriendo-. Siempre las he buscado por cosas de papeleos, burocracia y similares. O para darles las gracias por algo. De lo otro, mejor no hablar.

-Y para disculparse -dije volviendo al principio.

-Y para disculparme. La tarde anterior -comenzó a contar- fui a la floristería del barrio. Compré un precioso ramo de rosas rojas y blancas. Me aseguraron que vivirían, frescas como rosas -añadió sonriendo- durante un par de días. Era suficiente. A la mañana siguiente las cogí, me fui a donde me había caído, más o menos a la misma hora, y esperé. Ella, como me había imaginado, no tardó en presentarse. Con su patinete y su amplio bolso en bandolera.

-Vaya. Debió quedarse flipando, como dicen los alumnos.

-Me puse delante de ella. La obligué a frenar. Se le demacró la cara. Iba a comenzar a insultarme de un momento a otro. Pero me disculpé enseguida. Me presenté. Le conté, a fin de refrescarle la memoria, lo sucedido hacía unos días. Lo recordó. Se distendió su rostro. Le ofrecí el ramo de rosas, y le pedí perdón por mis absurdas carcajadas. Le expliqué que, cuando me ofreció la manzana a fin de ayudarme, para equilibrar el azúcar de mi cuerpo, me acordé de Adán, y de Eva. Ese recuerdo provocó mi risa. No ella ni su generoso ofrecimiento. Faltaría más.

-¡Dios! -exclamé-. La escena tiene que haber sido ser digna de verse.

-Volví a excusarme -continuó sin hacer caso de mi comentario-. Le di las gracias de nuevo, y me fui. Ella se estaba ruborizando. Y yo comenzaba a sentir un amago de vergüenza, de estar haciendo el ridículo. Me alejé. Vi que metía las rosas en su bolso, lo llevaba en bandolera, ponía el patinete en marcha, y se alejaba. Elevó la mano izquierda en señal de despedida. Y ahí se terminó todo. Yo me quedé tranquilo, pese a tener la noción, no sé si absurda, de haber hecho un poco el ridículo, el memo si quiere.

-No sé qué decirle… Pero si le apetecía hacerlo… Al fin y al cabo, ni ha perjudicado a nadie, ni ha hecho daño a nadie.

-Sí, me apetecía hacerlo. No obstante, siempre me sucede lo mismo: se me ocurre hacer determinadas cosas que, en un momento, me parecen buenas ideas. Llevadas éstas a la práctica, se me aparecen luego como necedades, cosas de viejo o de un memo… no sé.

-Le aconsejaría no darle más vueltas al asunto. Como dice el refrán, a lo hecho pecho. Además, seguramente la chica lo habrá considerado como todo un detalle. Y le habrá perdonado, seguro, si su risa llegó a ofenderla en algún momento. Al fin y al cabo cargó con las flores, ¿no?

-Sí. Y en eso confío, en el olvido. Dejémoslo ya. Tenía necesidad de contárselo, y ya lo he hecho. Crimen y castigo. ¿Y usted qué tal? ¿Sigue con sus traducciones que no van a ver la luz del sol nunca jamás?

-Ahí estamos. Por eso mismo no me voy a ver en la obligación de disculparme ante nadie. Pero también he tenido tiempo para acordarme de usted.

-¿Qué ha sucedido?

-Tengo un buen compañero en el trabajo. Un excelente profesor. Es un defensor a ultranza de las relaciones interdepartamentales. Pese al virus y demás, el otro día se le ocurrió montar una serie de conferencias interdisciplinares. No participó mucha gente, por eso de las limitaciones y las mascarillas, pero sí la suficiente. Este hombre tiene gancho.

-¿Y fue interesante la reunión? ¿Valió la pena?

-No. Me pareció todo bastante absurdo. También debo decirle que arrastro ya una larga etapa de nihilismo e indiferencia. Casi todo me parece absurdo y sin sentido. La reunión interdisciplinar, dándome la razón, vino a terminar discutiendo sobre el patriotismo, o lo que puede ser el patriotismo, o se entiende por tal. El tema no me interesa lo más mínimo. Me fui en cuanto pude.

-¿Hubo alguna aportación interesante?

-No se dijo nada nuevo: el patriotismo es un sentimiento, absurdo como todos ellos, nada razonable; y, lo más importante: no exige nada. Bueno, algún bramido de vez en cuando.

-Ahí es donde está la clave. Cuando veo los balcones llenos de banderas y demás zarandajas siempre pienso lo mismo: ¿por qué no ponen telas blancas con fotos de Ramón y Cajal, Isaac Peral, Quevedo, Góngora, santa Teresa de Jesús, la princesa de Éboli y demás?

-Seguramente porque ni los conocen. Y para ser patriota, según se dijo en la reunión, no se precisa ningún tipo de conocimiento. Ni tan siquiera saber los nombres de los ríos y las montañas del suelo patrio. ¿Para qué?

-Hace tiempo yo tuve una discusión con un cristiano a costa de la Biblia: me dijo lo mismo: para ser un buen cristiano no hace falta haberla leído. Ni poco ni mucho.

-Seguramente tenía razón el cristiano de marras: en realidad no hace falta leer nada, ni estudiar nada, ni saber nada para ser algo.

-Tal vez. Pero son unos ignorantes. Cuando yo era joven era bastante habitual, yendo por la calle, ser asaltado, con cierta regularidad, por miembros de cualquier religión: los testigos de Jehová, los Niños de Dios, y no recuerdo si había alguno más… Una vez, le pregunté a uno de ellos, de los testigos, porqué se niegan a someterse a las transfusiones de sangre cuando les hace falta. Quería saber, además, dónde consta dicha prohibición en la Biblia… No supo responderme. Al cabo de unos días, otro, en distinta calle, me remitió a los Hechos de los Apóstoles. Allí se dice, según la traducción, no sé latín, “no beberás la sangre de ningún animal”. En fin, de eso a una transfusión…

-Interpretaciones y fronteras. Sin unas y otras el mundo hubiera sido muy aburrido. Una balsa de aceite. Estos días -le dije- a fin de acrecentar un poco más mi nihilismo, he estado leyendo varias historias sobre la filósofa Hipatia. Vivió esta mujer allá por los siglos IV y V de nuestra era. La mataron. Salvajemente. No se puede imaginar la cantidad de asesinatos, muertes, bestialidades y salvajadas de todo tipo que se hicieron en Alejandría por mor de la religión por aquellas fechas. Arrianos, monofisistas, nestorianos, paganos, judíos, cristianos, todos en contra de todos recurriendo a la más extrema de las violencias y crueldades. Hipatia fue una de las tantas víctimas. Cayó asesinada salvajemente por unos energúmenos en defensa de no sé que credo o religión. Bueno, en realidad ésta fue una excusa para lo mismo de siempre: hacerse con el poder. No hay más.

-No hay animal más salvaje, cruel, bestial, despiadado y estúpido que el hombre.

-Eso lo dije yo el otro día. Y así es. Máxime teniendo en cuenta que aquí, con los vivos, cito a mi buena amiga Antígona, vamos a estar unos pocos años. Y allá, en el Hades, toda la eternidad.

-Eso está muy bien. Pero su consigna, no les da para más, es después de mí, el diluvio.

-Así nos va. Tal vez -le dije sonriendo- deberíamos ser todos capaces de hacer un poco el ridículo ofreciendo por ahí ramos de flores. Aunque no serviría para nada. Como no sirvió para los alejandrinos aquello de amaos los unos a los otros.

-Yo me he quedado tranquilo con mis flores. Ni pido ni pedía más.

-Lo que usted pida no tiene importancia, salvo para usted. Luego vendrán las interpretaciones, y cada cual luchará a muerte por llevar el ascua a su sardina.

-Pues sigamos nosotros con nuestro remanso de paz y de buen vino.

-Sigamos.

-Me voy a atrever a pedirle otro favor: aun cuando ya podemos salir a la calle, cosa que no me apetece, y relacionarnos con los humanos, cosa que todavía me apetece menos, le rogaría, si es factible, que continuáramos nuestras tenidas y charlas. Un buen vecino no se encuentra todos los días.

-Hecho. Brindemos por ello.

-Por nosotros y nuestros destinos.

-Y por la buena de Antígona.

-Y por la buena de Antígona.

1Plutarco, Obras morales y de costumbres (Moralia) II. Gredos. Madrid, 2008. Traducción de Concepción Morales Otal y José García López.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales