Una caminata bajo la lluvia

UNA CAMINATA BAJO LA LLUVIA

 

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Plutarco, Vidas paralelas, Mario.

Medios de comunicación, amigos, deudos y parientes, insistieron, a lo largo de aquellas largas horas, sobre la llegada de un fuerte temporal: las lluvias iban a ser intensas, persistentes, épicas, como nunca se habían visto desde el Diluvio Universal. La gente, cómo no, comenzó a anular salidas, citas y la celebración del Día del Medio Ambiente en el campo o en la montaña, en el cual, al parecer, no tiene cabida la lluvia. Todo se postergó por mor de un futuro incierto en el que brillaría el sol. Tanta exageración terminó por darme risa. Además, ya sé por experiencia que, cuando anuncian grandes tormentas, caen, como mucho, un par de gotas, y aquí paz y allá gloria.

-A mí no me asusta el agua -le dije a José Luis cuando me llamó para comprobar mi disponibilidad-. Prefiero la lluvia a un día de calor. A éste lo soporto muy mal. Me deja sin ganas de hacer nada. La lluvia, por el contrario, me encanta.

-Pues lo que es a mí -dijo él- me gusta mucho caminar bajo la lluvia con un buen paraguas. Me suena a música celestial oír al agua golpeando contra este chisme.

-En ese caso no hay nada más que hablar.

-A las nueve en tu casa. Y si llueve mucho, y no podemos caminar, nos vamos a algún sitio donde podamos hablar tranquilamente.

-Hecho.

Era sábado. Me desperté temprano. Hice mis abluciones matinales, y conecté el ordenador. Luego puse la tele: todo el mundo seguía insistiendo en la fuerte tormenta que iba a caer de un momento a otro. Desayuné y me lancé a la calle cargado ya con la mochila. El cielo estaba muy negro. Pero no llovía. Di una vuelta por el barrio. No había nadie ni por calles ni jardines. Era una delicia: ni perros, ni patinetes, ni nadie mirándome de reojo por si llevaba la mascarilla bien o mal puesta. A la hora fijada acudí al punto de encuentro. Somos más puntuales que la misma muerte.

-Vamos a ir -me dijo José Luis tras los saludos de rigor- a Masadas Blancas. Allí dejaremos el coche, y hacemos el último tramo que nos queda de la Vía Verde de Castellón.

-Me parece perfecto. Imagino que sabrás llegar a ese sitio.

-Hombre, la última vez terminamos allí la ruta. Y estuve estudiando la forma de llegar cuando nos volvíamos a casa.

Nos perdimos. Dimos más vueltas que una peonza. Pero no hay nada comparable a la firmeza de José Luis. Nos metimos por aquí y por allá sin ver nunca el lugar buscado. Invertimos bastante tiempo en su búsqueda y captura; pero finalmente llegamos a donde él quería llegar. Durante todo el trayecto el cielo se mantuvo muy negro, sin atisbo de dejar pasar un rayo de sol. Además hacía fresco. Aparcado el coche, nos abrigamos. Yo, por lo que pudiera pasar, cogí la mochila.

-Vas a ir un poco cargado, ¿no?

-Sí. De joven todo me molestaba. Ahora siempre me parece que se me olvida algo.

-A este paso algún día saldrás con la casa a cuestas.

-Todo se andará.

Comenzamos a caminar. A los pocos pasos nos metimos en la Vía Verde. Y nada más hacerlo, un poste, con su inscripción, frente a nosotros, nos indicó la dirección y la distancia a Delfos: estábamos a 7.964 kilómetros del santuario de Apolo.

-Otro día lo intentamos -le dije a José Luis.

El campo estaba precioso. A ambos lados de la antigua vía crecían flores de todo tipo y color: blancas, amarillas, azules, rojas. El verde de los árboles, pinos y encinas, contrastaba contra el negro cielo, que se iba oscureciendo más y más. Montones de plantas, cola de caballo, de un amarillo intenso, aparecían por aquí y por allá. Pese a no dejar de caminar, comencé a tener frío. Me detuve, saqué de la mochila un ligero chubasquero y me lo puse por encima de la sudadera. Mejor. Empezó a llover. José Luis iba delante de mí. En ningún momento abrió el paraguas. Lo utilizaba como bastón. Esperaba y deseaba que no me dijera nada sobre emprender el regreso. No lo hizo. Me esperó a la entrada de un túnel.

-¿Te has dado cuenta que la pendiente del camino es bastante pronunciada, no? -le pregunté.

-Sí. Al regreso vamos a ir de maravilla.

-Desde luego.

Comenzó a descender una suave niebla. Los grupos de pinos y sabinas parecían ejércitos fantasmas congelados por alguna maldición. Salidos del túnel, José Luis se volvió a adelantar. A veces, por la niebla, me resultaba complicado ver la distancia que nos separaba. Nos tropezamos con un par de ciclistas. Más hacia delante, varios más. Muy pocos. Teníamos toda el camino para nosotros. Íbamos de un lado a otro haciendo fotos. Y así bajo la lluvia, al cabo de varias horas, llegamos al punto que nos habíamos marcado.

-Por aquí, en algún sitio -me dijo José Luis- tiene que estar el cartel que anunciaba el lugar donde está, o estaba, la casa natalicia de don Antonio Ponz Piquer. Ese tramo de la vía se nos escapa.

A nuestra derecha, a unos treinta o cuarenta metros, se levantaba la abandonada estación de Bejís-Torás. Salimos del camino, cruzamos las vías del tren, y recorrimos los alrededores. La estación está cerrada a cal y canto. Llena de pintadas absurdas. A su alrededor hay todo tipo de deshechos y porquerías. A pocos metros, pero más retirada, en una pequeña explanada, una casa, amplia, que, en su día, comenzaron a restaurar, y fue abandonada.

-Me parece -dijo José Luis- que esa es la casa de don Antonio Ponz. Mira que al Ayuntamiento le costaría poco poner un cartel.

-Creo que la desidia cultural de este país no tiene parangón. Llamé preguntando por sus obras, por si las tenían… No sabían ni de quién estaba hablando. Y eso que tiene una calle dedicada. Ahora, ensuciar el entorno, y echar porquerías… ¿Has visto cómo está la estación?

-Tengo que averiguar yo -me dijo por toda respuesta- dónde está el cartel que indicaba la situación de su casa. Cuando llegue a casa lo estudiaré en el mapa.

Frente a la supuesta casa de don Antonio Ponz crecen altas hierbas. Estaban mojadas. El agua penetró por mis veraniegas zapatillas. Ni se me ocurrió, a la hora de prepararme para la salida, ponerme las viejas botas. Al comenzar a caminar enseguida, confiaba en que los pies me entraran en calor. José Luis se detuvo a los pocos pasos, de regreso ya hacia el coche. Seguía cayendo una lluvia fina y persistente.

-Este -dijo lleno de entusiasmo abarcándolo todo con la mirada- es el mejor trayecto de la vía verde que hemos hecho. Es precioso. Además, la lluvia lo hace todavía más precioso.

-Tienes razón -le dije.

-Me alegro muchísimo de que hayamos salido. Una cosa así no se ve todos los días.

-No entiendo el miedo que le tiene la gente a la lluvia.

-De todo hay en la viña del Señor. El toque está en ser tolerante y bueno con ellos.

-Ahí está el quid de la cuestión, desde luego: en la tolerancia. La cosa más difícil de conseguir en este mundo. Una turba jamás puede ser tolerante. Por la sencilla razón de que no piensa.

-Tal vez no les interese: se dejan llevar por los dictados de los otros, y creen tener razón en tanto los siguen a pies juntillas. Nada más fácil.

-Desde luego. No hay matices. No se percatan de que en todo ámbito y lugar hay personas buenas y ruines. Independientemente de lo que diga el credo al que pertenecen.

-Claro. Pero si lo reduces todo a consignas, se acabaron las matizaciones.

-Consignas interesadas, por supuesto. Yo, estos días, he estado leyendo una pequeña historia sobre la Inquisición. Leyendo algunas de las salvajadas que hicieron las inquisidores, siempre me asaltaba la misma pregunta: ¿dónde está la caridad cristiana? La convicción en un fe o en lo que sea se demuestra muriendo por ella no matando a nadie. ¿Dónde está aquello de amaos los unos a los otros?

-Está claro -me dijo deteniéndose- que solo la tolerancia nos salvará. Ahora necesito sentarme, sé tolerante y espera: se me han metido varias piedrecillas en las zapatillas, cosa que no entiendo.

-Pues mira, voy a aprovechar yo para cambiarme los empapados calcetines. Cosas de viejos. Hasta calcetines de repuesto llevo.

-Cuidémonos -dijo en tanto comenzábamos a caminar de nuevo- que todavía nos queda un buen tramo de la Vía Verde. Y la tenemos que hacer toda.

Seguía lloviendo. Una lluvia suave y persistente. Las telas de araña, extendidas entre las flores, en ambas orillas de la vía, estaban llenas de pequeñas gotitas de agua. Brillaban como diminutos diamantes. Fotografiamos varias de ellas antes de meternos en el coche.

-¡Qué bien sientan estos asientos tras una larga caminata! -exclamó José Luis poniendo el coche en marcha-. Ha sido el viaje más bonito de todos cuantos hemos hecho. El paisaje, la lluvia, la soledad… ¡Una maravilla! Me ha gustado mucho. El mejor de todos.

Comimos en Barracas. Y tras la comida se empeñó en volver, con el coche ahora, a la estación de Bejís-Torás. Nos perdimos de nuevo para no perder la costumbre. Pero al final dimos con la estación. Allí José Luis comenzó a hacer cábalas sobre el par de kilómetros de la Vía Verde que nos faltaba por hacer, y que no sabía dónde se habían interrumpido. Nos metimos por varios caminos tratando de averiguarlo. Y fue así como dimos con un tramo de la Vía, que no habíamos recorrido.

-Tiene que haber -dijo meditativo- una gran curva. Y allí tenemos que dar con el cartel que anunciaba la casa de don Antonio Ponz.

Me asombra, ya que carezco de ella, la capacidad de orientarse de mi amigo. Pues tal como dijo, dimos con una amplia curva, con una larga barandilla de madera, al final de la cual, estaba el famoso cartel que nos llevó al conocimiento de aquel ilustrado del siglo XVIII. José Luis estaba exultante de alegría. Me tendió una cálida mano.

-Completada la vía verde de Valencia y Castellón -exclamó mientras me la apretaba con fuerza-. Nos quedan los tramos de Teruel, la ciudad que existe.

-Porque piensa.

-La mejor excursión de cuantas hemos hecho. Estoy contentísimo.

-Me alegro.

-Hemos hecho muchos viajes juntos, ¿no?

-Nos conocemos desde los quince años, y estamos ya jubilados. Imagínate.

-Cómo pasa el tiempo.

-La semana que viene comenzamos el primer trayecto turolense.

-Así se hará. Y ojalá llueva. Con educación. Como hoy.

-Como diría Quevedo: última filosofía del saber: adaptarse a lo que viniere. Si hace calor, madrugamos más.

-Me gusta la idea.

Y sin más emprendimos camino hacia casa. Los dos recordaríamos aquella excursión, como lo que fue: una viaje verdaderamente gozoso.

1Plutarco, Vidas paralelas V, Mario, Madrid, 2007. Gredos. Traducción de Óscar Martínez García.

UNETE



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