Entrevista a Eliseo Ferrer, autor del libro Sacrificio y drama del Rey Sagrado

(Genealogía, antropología e historia del mito de Cristo).

 

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Un cristianismo judeo-helenístico sin historia evangélica ni punto cero. «El Mesías-Cristo recreado por la Iglesia es un mito ancestral y arcaico reformulado por las sectas del mesianismo apocalíptico y transformado por el gnosticismo y por la iglesia del siglo segundo».

A finales de noviembre de 2021 comenzó la difusión del libro «Sacri­ficio y drama del rey Sa­grado», que contiene, según los especialistas y según el propio autor, una particular visión del cristianismo, de sus más inmediatos antecedentes y de sus más remotos orígenes. Una visión de Cristo y del nacimiento de la Iglesia construida con una metodología que huye tanto de las visiones teológicas de los investigadores católicos y luteranos, como de los planteamientos analíticos y abstractos que usa comúnmente el mundo académico contemporáneo. De tal manera que la teoría del cristianismo que propone esta obra es la de un variado conjunto de fenómenos y de referencias culturales que, en clara y constante evolución, confluyeron en un contexto cultural determinado: el del judaísmo helenístico (y helenizado) de los siglos anteriores y posteriores al cambio de era, y anterior al judaísmo rabínico del siglo segundo.

Pero nadie mejor que su autor, Eliseo Ferrer, para que nos explique los pormenores de la obra.

—¿Qué es y como definiría el libro «Sacrificio y drama del Rey Sagrado»?

—En primer lugar, he de decir que el sintagma que da título a la obra lo he tomado de Sir James G. Frazer (quien puso nombre al ritual del «Sacrificio del Rey Sagrado»), y he añadido el término «drama» porque el culto y los ritos de todas esas divinidades menores que morían y resucitaban incluían, siempre e invariablemente, una representación dramática cíclica y de carácter temporal: el ritual del mito regenerador del cosmos del que tanto habló Eliade, y que en el cristianismo, a pesar de su historia lineal, se traduce en el drama de la Pasión de Cristo. De manera muy resumida, puedo adelantar que, a lo largo de sus casi ochocientas páginas, abordo la historia y la evolución de dos mitos fundamentales, que confluyeron, desde mi punto de vista, en las cartas de Pablo de Tarso. Por una parte, abordo el mito de la muerte y la resurrección del rey divino, de dios o del hijo de dios o de la diosa, desde los cultos neolíticos hasta los cultos mistéricos y el nacimiento de la Iglesia católica en la segunda mitad del siglo segundo. Y, por otro lado, y de manera paralela, abordo la historia y la evolución del mito del salvador de la tradición indoirania, que se concretó de manera explícita y con rasgos similares a la herencia cultural posterior, en el Salvador mazdeísta de la religión de Zoroastro (Saoshyant). Este mito de la tradición indoirania no muere ni resucita; nos habla tan solo del descenso a la tierra y el ascenso a los cielos del salvador, el hijo de dios. Ambas tradiciones, la zoroastriana y la mistérica, confluyeron de manera sorprendente en las cartas de Pablo de Tarso; y digo «de manera sorprendente» porque hay textos místicos judíos del primitivo cristianismo (Evangelio Gnóstico de Tomas, por ejemplo) que estuvieron guiados por el mito del salvador zoroastriano de la literatura apocalíptica de la época, y en los que Jesús no moría ni resucitaba.

—En la solapa de su libro se anuncia «un cristianismo judío sin historia evangélica ni punto cero». ¿No se trata de algo demasiado rupturista y comprometido?

—Bueno… Esta es una simplificación, en efecto. Un eslogan que se le ocurrió al editor. Y, como toda simplificación, no dice demasiado del contenido del libro. Pero a mí no me pareció mal, ya que creo que es algo así como una especie de tarjeta de visita: una invitación a entrar en un libro que es completamente diferente a todo lo que se ha escrito sobre Cristo y el cristianismo hasta la fecha.

—¿Y por qué «judío»? Siempre se ha dicho que los judíos fueron los que indujeron al asesinato de Jesús.

—Mire, cualquier estudiante de historia o antropología de la religión sabe que no hay revelación; o, cuando menos, no la hay en el sentido apriorístico que le ofrece la teología. La «revelación», para la ciencia, es algo que se da a posteriori y que brota de la vida de los hombres. En este sentido, debo reconocer que el cristianismo no nació en el Portal de Belén ni tras la imaginaria muerte y resurrección del hijo de dios. Como todo fenómeno espiritual y religioso, el cristianismo fue fruto de un largo proceso de interacción del hombre con el medio; de un largo proceso de concatenación de diferentes contextos culturales, y, en última instancia, de la elaboración, reelaboración, corrección y enmienda de innumerables textos surgidos de una tradición oral anterior.

—Pero en algún momento debió manifestarse… ¿Cuáles fueron esos primeros signos de Cristo y el cristianismo?

—Sí, efectivamente, si nos remitimos a los textos… Los términos «Cristo» y «cristianismo» son los equivalentes judíos de «Mesías» y «mesianismo». Y en el contexto judío prerrabínico de finales del Segundo Templo las primeras referencias a un Mesías-Cristo o a un mesianismo-cristianismo de carácter celeste y espiritual las encontramos en ciertos apócrifos judíos, en la literatura de Qumrán y en primitivos textos de carácter gnóstico. Basta citar apócrifos como el Libro de las Parábolas de Henoc, IV Esdras, el Apocalipsis Siriaco de Baruc o Los Salmos de Salomón y su «Cristo Señor»; el Libro de Melquisedec, entre los textos de Qumrán, o el texto protognóstico Las odas de salomón, en las que aparecen claras referencias a la cruz y la Virgen concibe también por obra del espíritu. Luego, el cristianismo que conocemos se reafirmó en las cartas de Pablo de Tarso, quien, a caballo entre la apocalíptica y el misticismo judío protognóstico, inspiró los textos evangélicos de Marción y de los grandes maestros del gnosticismo. Y solo muy tardíamente, a mediados del siglo segundo, llegaron las cartas paulinas y «los cuatro evangelios» a la capital del Imperio. Pero, volviendo a lo esencial de su pregunta, he de recalcar que toda esta complejidad obliga a cualquier investigador honesto a abandonar ideas preconcebidas y a aplicar métodos histórico-críticos de carácter textual, holista y dialéctico, que implican siempre diferentes niveles de referencias contextuales. Siempre he insistido en mi aversión a los métodos analíticos sin más y desprovistos de referencias históricas y contextuales... Para que me entienda todo el mundo: el contexto en el que se escribieron las cartas de Pablo de Tarso y posteriormente los evangelios fue un contexto judaico de carácter enormemente heterogéneo, complejo y multiforme, en el que convivieron, entre otras muchas tradiciones, las influencias persas de la dominación aqueménida de Judea, la literatura apocalíptica, las influencias de la literatura sapiencial judía, los antiguos hasideos, el fariseísmo, los sectarios de Qumrán y, en última instancia, el medio-platonismo pregnóstico que cultivaron algunos judíos de Alejandría. No hay fórmulas estereotipadas ni clichés para explicar el judaísmo prerrabínico y preeclesiástico en el que floreció el mito espiritual del Mesías-Cristo. Hay que estudiar a fondo los textos y sus contextos, y situar los evangelios en el furgón de cola de la investigación, y no al principio, como se hace habitualmente.

—En efecto, en esa tarjeta de presentación de su libro, que aparece en la solapa, usted rechaza también la historia evangélica. ¿Por qué la teoría del cristianismo que propone carece de historia evangélica?

—Decir que los evangelios no fueron escritos con intención de hacer crónica o historia es hoy un tópico y una evidencia que nadie puede negar. Pero, aun así, los funcionarios del mundo académico, no digo ya los teólogos, los creyentes y los profesores de las universidades católicas y protestantes, se aferran a la literalidad de estos textos con la misma energía con la que el barón de Münchhausen se agarraba y se tiraba de los pelos para no caer en la ciénaga. En esta literatura (magníficamente escrita, por cierto) no hay historia referenciada directa o indirectamente: hay simbolismo, metáfora, analogía, parábola, etc. Hay midrash y pésher: interpretación de textos judíos anteriores… Los textos que hemos recibido de los cuatro evangelios canónicos, resultado de un largo proceso de dos siglos de recomposición y manipulación de textos más antiguos, fueron, primera y fundamentalmente, textos teológico-gnósticos desde la primera a la última línea; que involucraban los significados del redentor mistérico y los del salvador de Zoroastro. Y un claro ejemplo de ello lo constituye el evangelio de Marcos, el primero en el tiempo y del que copiaron todos los demás. Desde el primer parágrafo de este evangelio, lo que se anuncia no es una historia al estilo de Tucídices ocurrida a la orilla del Jordán, sino el mito del descenso a la tierra del espíritu, la encarnación del hijo de dios y, a la postre, su muerte y resurrección. Es decir, la encarnación del espíritu divino en un hombre, Josué-Jesús, cuyo único referente lo encontraba el lector de esa época en la figura veterotestamenteria del Josué-Jesús; quien, camino de la Tierra Prometida, había atravesado el Jordán, había elegido también doce discípulos y había amontonado doce piedras como símbolo de conmemoración.

—Según la leyenda de la solapa, su teoría del cristianismo carece también de «punto cero». ¿A qué se refiere con ello?

—Ya lo he dicho. Me refiero a que no hubo revelación, ni nacimiento virginal, ni muerte en la cruz, ni resurrección, ni un Jesús identificable históricamente... Hubo infinidad de símbolos enmarcados, en líneas generales, en una antigua tradición platónica recogida por el gnosticismo judeocristiano, que hablaba en su relato de las emanaciones y del descenso de ciertas entidades divinas (Ideas) a la tierra: Sofía, Jesucristo, el Espíritu, etc. Y todo ello fue resultado de un largo proceso cultural y religioso que implicaba también contextos anteriores, como los representados por la religión de Zoroastro y por los cultos mistéricos. La literatura evangélica y su interpretación textual y al pie de la letra fue algo muy tardío que trajo la Iglesia a finales del siglo segundo porque los obispos nunca supieron qué hacer con la compleja mitología del gnosticismo.

—¿Eso quiere decir que Jesús no existió en realidad?

—Mire, hoy en día se habla mucho del «Jesús histórico», efectivamente, pero ello dentro de una visión muy poco histórica y muy teológica o, en su defecto, heredada de la teología. Incluso, hay por ahí gente que, atrapada en su círculo hermenéutico, comete el monstruoso error metodológico de separar y enfrentar la idea de un «Jesús histórico» y un «Cristo de la fe». Esto, claro está, conlleva a todas luces una petición de principio y supone un monumental error metodológico que descalifica a quienes proponen semejante barbaridad. No hay un «Jesús histórico» y un «Cristo de la fe» por separado… Hay un Jesús, un Cristo o un Jesucristo, como lo quiera llamar, quien, en una perspectiva emic, fue el hijo de dios y el enviado para salvar al género humano: el espíritu divino que se acercaba a los hombres (se encarnaba en su interior) para hacerles partícipes de la divinidad. La primera referencia de humanización del mito la tenemos muy tardíamente, en torno al año ciento cuarenta, en Hechos de los Apóstoles, una obra de propaganda de muy dudosa historicidad. Y, luego, en Justino Mártir, justo a la mitad del siglo segundo, quien habló en su Diálogo con Trifón de un «maestro crucificado». Posteriormente, la teología conciliar concibió a Jesucristo como «dios y hombre verdadero», y con ello se dio satisfacción de manera conjunta a las tesis de la escuela de Antioquía (un maestro) y a las de la escuela de Alejandría (un hijo de dios).

—Conclusión… ¿Entonces, Jesús existió o no existió? ¿Cuál es su posición?

—Jesús existió y existe en la teología como hijo de dios, quien, desde una perspectiva emic, desciende cual espíritu divino en el Jordán para salvar a los hombres. Yeoshúa (Jesús-Josué) existió como construcción mítica de la mística judía helenizada, que, tras la destrucción del Templo de Jerusalén, utilizó materiales literarios de aluvión para redactar y reelaborar los textos de los evangelios. De lo que sí puede estar segura es que el «Jesús histórico», tal y como se concibe en la actualidad, no existió jamás… De la misma forma que no existió «la comunidad jesuánica»: la urgemeinde, tal y como la conciben las iglesias luteranas. Aunque sería largo y dificultoso entrar en detalles en este terreno, créame si le digo que no hay una sola prueba que avale semejante proposición de un «Jesús histórico», de una «comunidad jesuánica» o de un cristianismo primitivo en estado de pureza. El «Jesús histórico» es una construcción ideológica del siglo diecinueve que crearon intelectuales alemanes y pastores protestantes «rebotados» que abjuraron de la teología, pero que no pudieron desembarazarse de la amable y sugestiva figura de Jesús. Y un buen ejemplo de ello lo constituyen las erróneas interpretaciones del marxismo clásico sobre Jesús y el cristianismo. Aun así, hoy en día, el sintagma «Jesús histórico» y su erróneo significado se ha universalizado; se ha convertido en un tópico y en un lugar común de la «jesusología». Pero se trata de una fórmula vacía y completamente ajena al verdadero significado transcendente del mito. Un invento, en definitiva, que alimenta hoy toda una subcultura libresca de carácter comercial y su detritus intelectual en las redes e internet.

—¿Podría resumir, entonces, quién o qué fue Jesús, Cristo o Jesucristo?

—Jesús fue y es, ante todo, un mito, un hijo póstumo del platonismo; una personalización de la idea de salvación frente a la muerte irremediable: el vástago del Bien platónico, el hijo del Altísimo, el mediador entre la tierra y el cielo… Entiéndame, Jesús es un producto intelectual de la tradición platónica reformulada por el judío Filón de Alejandría, por las cartas de Pablo de Tarso, por el gnosticismo alejandrino, por el Evangelio de Juan y por judaísmo helenizado de Jerusalén y de la diáspora siria. De ahí que Nietzsche pudiera definir al cristianismo como «un platonismo para el pueblo».

—¿Podemos considerar, en consecuencia, al cristianismo como una variante del platonismo de la época? ¿Cómo definiría, en pocas palabras, a la religión creadora de la civilización occidental y de la que, de una u otra manera, participamos todos?

—En cierta medida, como digo, el cristianismo primitivo fue un producto del platonismo, porque eso fueron el protognosticismo y el gnosticismo cristiano, de los que, se quiera o no se quiera, brotó la Iglesia (católica) en la segunda mitad del siglo segundo. Y en muy pocas palabras, como usted me sugiere, yo me atrevería a definir la esencia del cristianismo como la interpretación que la mística judía platonizante (protognosticismo) hizo del Mesías (Cristo) a través del Salvador de la religión de Zoroastro y del Redentor de los cultos mistéricos. Esto parece excesivo y muy atrevido, lo sé… Pero no hay que olvidar que Jesús-Josué-Yehoshúa fue también, según los textos gnósticos primitivos, el prototipo del salvador zoroastriano que contenía la literatura apocalíptica de la época. Es decir, era el salvador que juzgaba a los vivos y a los muertos el día del juicio final, o que, en su forma más evolucionada (gnosis), descendía al mundo como iluminador para mostrar la naturaleza divina de los hombres; que a eso es a lo que se refiere la idea de la encarnación del hijo de dios: el Cristo interior del gnosticismo. Y además de todo ello, Jesús representa también, según las cartas de Pablo de Tarso, las funciones y valores del redentor mistérico (muerte-resurrección), en sintonía con los significados anteriores del juez apocalíptico y del primitivo salvador gnóstico. En Pablo de Tarso, la figura resultante de estas diferentes tradiciones (el cristo cósmico) moría y resucitaba en los ámbitos intemporales de la metafísica, de la misma forma que morían y resucitaban las deidades de las religiones mistéricas.

—En fin… Usted no es creyente.

—No soy creyente, en efecto. Soy ateo, a mi manera. Y no sé si con esta sugerencia pretende preguntarme qué hago yo aquí, o cómo me he medido en todo esto.

—En cierta medida, si; así es.

—Pues, mire usted, creo que éste es un campo de investigación inagotable y apasionante, que en pleno siglo veintiuno se encuentra completamente inexplorado, dominado todavía por la teología y por las más variopintas ideologías de los siglos diecinueve y veinte. Yo, simplemente, intento ser sincero conmigo mismo y con mis lectores, a cuyo objeto aplico mis métodos (antropológicos, histórico-críticos y textuales) con la misma actitud etic con la que los geólogos estudian los estratos de la corteza terrestre o los entomólogos estudian a los insectos.

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Texto de libre disposición. Sofía G. Orlowski / Deeplomatic R. – Press Service

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