Sin amigos ni compañía

Lo más odioso es dejarse engañar por uno mismo. Platón, Crátilo.

 

. Platón, Crátilo.
A lo largo de aquella semana había tenido varios problemas y alguna que otra necia discusión. Nada grave, ni mucho menos. No obstante, me habían afectado, como siempre me afecta todo tipo de coacción o violencia. No me podía quitar de la cabeza lo sucedido; y, por eso mismo, no podía concentrarme en cuanto hacía o trataba de hacer. Tampoco me apetecía hablar con nadie. No tenía ganas de comentar nada. Decidí coger el coche e irme en busca de un largo y pesado camino. El esfuerzo físico, estaba convencido de ello, me tranquilizaría devolviéndome a mi antiguo ser. No le dije nada, pues, a mi vecino de la puerta 33. Me fui antes del amanecer.

Durante toda la semana había tenido en mente a Séneca. Su famosa máxima: aquello contra la que nada puedas tú, que nada pueda contra ti. Lo tenía presente; pero no había forma de cicatrizar las heridas, o hallar algo de tranquilidad. Tampoco la encontré, y no lo hice por hipocresía, cargando con mi parte de culpa. Ya no sabía qué hacer. Por eso mismo decidí salir bien temprano y ponerme a caminar. El cansancio siempre me ha sentado bien.

La asociación de vecinos del barrio, pocos y mal unidos, me había invitado, otra vez, a salir con ellos. Hace algunos años participé en una de sus excursiones; pero no me gustó la asociación. No eran malos chicos, desde luego. Sencillamente, yo no encajaba. No me interesaban sus conversaciones, no entendía sus chistes o bromas, no tenía nada en común con nadie. Terminé por sentirme solo estando con ellos. No tuve ganas de repetir la experiencia. Su recuerdo fue la piedra de toque: siempre he tenido muy en cuenta, ante estas situaciones, aquello que le oí decir a un compañero cuando tuvo un grave problema, el suyo lo fue, y mucho: “quien sabe comportarse hasta en el infierno será feliz”. De ello se deducía que no sabía comportarme, que no era feliz, y distaba mucho de ser una persona ya no sabia sino inteligente. Necesitaba estar solo. Vi a mis vecinos preparándose para una salida al monte. Los saludé tocando el claxon.

Tampoco se puede fiar uno -me dije caminando ya por un abrupto sendero- de los calificativos que se emplean, a veces muy alegremente, para definir a las personas. Todo tiene su piedra de toque. Y, tal vez, lo inteligente o bueno en estos parajes no lo sea en los otros. Este pensamiento me tranquilizó un tanto. Pero no por eso dejaba de darle vueltas a todo. Llevaba varias semanas, además, leyendo el libro de Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana. Este hombre, Apolonio, se dedicó a recorrer el mundo conocido entonces en busca de la sabiduría. Parece ser que, en aquellos siglos, se encontraba esta en la India, con los brahmanes, y en Egipto, en manos de los gimnosofistas. Apolonio se consideraba a sí mismo un sabio. Y más sabios se consideraban, todavía, los brahmanes de la India. Estos llegan a afirmar, con gran petulancia, que son sabios porque se conocen a ellos mismos. Han cumplido, pues, con el precepto de oráculo de Delfos. “Conócete a ti mismo”. Pero ¿de verdad llega a conocerse uno a sí mismo? A veces eso me parece lo más difícil del mundo. Otras, por el contrario, lo más sencillo.

Quizás la piedra de toque esté en averiguar si las personas vamos cambiando a lo largo de nuestra vida, o nos atenemos al viejo refrán de: “genio y figura hasta la sepultura”. Si es así, nos resulta muy fácil llegar a un cabal conocimiento de nuestras propias personas: a lo largo de nuestra vida responderemos y actuaremos como ya lo hicimos en el pasado. No habrá nada nuevo bajo el sol, ni sorprenderemos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, con nuestras actuaciones: aquello que fue, es, y volverá a ser.

Tal conclusión me parecía descorazonadora. Pero a raíz de los últimos acontecimientos, me he dado cuenta de que sigo siendo la misma persona airada e iracunda que fui en mi juventud. Así me definió un conocido. No obstante, sería absurdo no negar una variación en esas actuaciones mías: antes necesitaba, urgentemente, comentarlas con alguien, reafirmarme en mis soluciones, dejarlas bien claras y definidas de viva voz. Hoy en día me he percatado de la necedad de tales situaciones. Ahora, bien al contrario, no comento nada con nadie, no hablo. Tal vez porque ya no veo la solución en las palabras. Ni en nada, si he de ser sincero. Me molesta mi propio nihilismo. Pero no hay forma de desbancarlo.

Hace muchos años comencé a pensar que me había equivocado de carrera. Pues pese a todo, me gustaría mucho ser útil a mis semejantes. Pero desde un laboratorio, encerrado, sin tener contacto con nadie, y sin que nadie conociera mis posibles aportaciones al mundo de la medicina o de la ciencia, o de lo que fuera. No es pedir peras al olmo, creo. Aunque siempre termina uno por encontrarse con gente que se empeña en demostrar cuánto manda… Hace muchos años me puse a trabajar en una empresa de tres al cuarto. No había más. Necesitaba el dinero. Lo pasé muy mal: se acabó mi tiempo de estudios y de plácida lectura. Me quedaba la noche. Y tuve la suerte de hacer un trabajo en el que no veía a nadie ni tenía contactos con nadie. El dueño de la empresa, sin embargo, se empeñó en que realizara otra labor: agente comercial. Le dije un millón de veces que no sirvo para ese trabajo… Sospecho que lo que deseaba era despedirme de la empresa. Cosa que hizo en cuanto vio mis nulos resultados como vendedor.

Fue entonces cuando puse en funcionamiento aquello que estaba buscando ahora: que las cosas negativas se volvieran a mi favor, o ser capaz de descubrir lo que de positivo podían encerrar. Lo descubrí. Si hubiera tenido la fe de Apolonio, o de cualquier mártir de cualquier religión, hubiese dicho que los dioses, o la sabiduría, miraban por mí. Lo hicieron. Apurando hasta la última peseta, haciendo los gastos imprescindibles, el paro y la indemnización por el despido, me dio para hacer los dos cursos de doctorado y terminar mi olvidada tesis. Fueron unos años gozosos, pese a la penuria económica. Pero tuve suerte: todos los días repasaba todos los tablones de anuncios de la facultad, llenos de ofertas y contraofertas. También estaban las mías. Me llamaron un par de veces. Comencé a dar clases particulares. Mi patrimonio se fue alargando como la sombra de Pulgarcito. Luego hice oposiciones y las aprobé. No me había ido nada mal.

Recibí el mensaje de los dioses enseguida: a los pocos días de saber que había aprobado, me encontré con un antiguo compañero de oficina. Me dijo que la empresa había quebrado. Se habían ido todos a la calle sin cobrar ni el último sueldo. Tuve suerte. Mucha suerte. Mi viejo compañero me envidiaba. No sabía qué hacer. Nunca le había gustado estudiar, y no tenía muchas posibilidades de trabajo. Lo sentí por él. Pasé unos días horribles. Era injusto. Al menos, me dije a modo de consolación, todavía somos jóvenes. No estaba casado, por aquellas fechas, ni tenía hijos ni cargas de ningún tipo. Seguramente con el tiempo encontraría algo. Y tal vez también fuera una suerte para él el cierre de tan nefasta empresa.

Y eso es precisamente lo que hace que las personas, al menos algunas, la inmensa mayoría, se vuelvan tan insolidarias. Los situados al borde de la miseria. Lo han pasado mal, así que se aferran a lo que tienen aun cuando esto sea una bazofia, una porquería. Parece que solo en la miseria somos solidarios. Esos grupos, me dije, son los que, a la larga, aprovecha el poder para seguir con sus políticas. No solamente están ellos, desde luego.

Caminando por el monte, acordándome de aquellas viejas historias, también me vino a las mientes la buena de Hipatia, la filósofa alejandrina asesinada por intrigas, o por poner en peligro el poder de un obispo. Al parecer éste se sirvió, a fin de llevar a cabo el crimen, de un grupo de desarrapados llamados los parabalanos. En los diversos libros que he leído sobre Hipatia, siempre queda, más o menos clara, la participación de éstos en la muerte de la profesora. Este grupo estaba formado por personas de baja extracción. En un principio se ocupaban de trasladar enfermos, enterrar a los muertos y hacer todo tipo de cometidos que exigieran una cierta fuerza física. Con el tiempo se aprovechó esa fuerza para afianzar el poder de los obispos. Y eso me llevó a concentrarme de nuevo en mí mismo.

Me horroriza la violencia. No me gusta. Sin embargo, también yo he recurrido a ella. No a la violencia física, está claro, pero sí a la violencia. ¿Se puede definir como violencia lo que están haciendo algunas personas con las que me tropiezo? Son desagradables. Muy desagradables. Hay pocas personas por el monte. Nada más comenzar a caminar me quité la mascarilla, pues me molesta mucho, y aquí a nadie podía contaminar. A algún caracol despistado, o alguna hormiga fuera de la fila india. No había nadie más por el sendero que emprendí. No obstante, al cabo de media hora vi a una pareja caminando hacia mí. Llevaban las mascarillas en los bolsillos, como yo. Pero al verme, rápidamente se las pusieron y se alejaron todo cuanto pudieron de la parte del camino por la que iba yo. Por supuesto, no contestaron cuando los saludé con el típico “buenos días”. La situación se repitió al cabo de unas horas con otra pareja. Pero lo bueno de ésta es que ambos iban fumando. Al verme tiraron los cigarrillos y se pusieron las mascarillas. No los saludé para no disgustarme. Me percaté, eso sí, de que las colillas habían quedado encendidas en mitad del camino. Me entretuve en pisotearlas. Además, tiré agua de mi botella.

Y así llegué a una parte del camino por encima de la cual pasaba un puente de hierro. Me metí por un camino a fin de verlo desde arriba. Una valla impedía el paso. Me volví atrás. Hacía calor. Y estaba cansado. En eso llegó un grupo numeroso de personas. Eran sudamericanos. Todos me saludaron. Y me invitaron a cruzar el puente con ellos. Rehusé. Ellos, riendo alegremente, pasaron por donde estaba prohibido. Me fui rápidamente, pues no quise ver nada en caso de accidente. No lo hubo.

Recordé entonces que no sólo los parabalanos participaron en el asesinato de Hipatia. También, al parecer, lo hicieron los filóponos. Este grupo estaba formado por gente de la clase media alta. Muchos de ellos con estudios. Es increíble cómo por la religión, sectas, interpretaciones, grupos y gropúsculos, se llegó a aquella fiera violencia en la Alejandría de Hipatia y en la anterior y posterior. Leyendo estudios sobre esta mujer, hay algo que siempre queda claro en los libros: la caridad cristiana no se ve por ningún lado. Tal vez ni existiera. Tal vez hasta el mensaje de amaos los unos a los otros se tergiversa porque sí, está bien lo de amarnos, pero como dicten las normas o las leyes. No creo, en contra de Pericles y Sócrates, que todas se deban acatar. Aunque eso es lo más cómodo y fácil de hacer.

Me dolían los pies y estaba muy cansado. El calor me estaba derrotando. Hice todos los esfuerzos posibles por soportarlo, por no caer rendido. Me vino justo llegar al coche. Estaba convencido, en aquellos momentos, que una buena ducha me iba a dejar como nuevo. Más o menos.

UNETE



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