. El partido lo está perdiendo la UE y lo sufrirán
millones de ciudadanos con más recortes, paro y recesión.
El árbitro del
partido, Bruselas, no está pitando las faltas, a pesar de que se cometen
penaltis y entradas muy duras de especuladores. Ha perdido el control del
partido. La posible caída de la UE y del euro está en las quinielas de todos
los analistas, a pesar de que no lo quieren admitir de viva voz, por aquello de
lo que es políticamente correcto.
Es momento de
tomar decisiones críticas. Es tiempo de actuar como europeos en una Europa
desunida por intereses nacionales. Es hora de que gobiernen las instituciones y
no los mercados.
Consideremos las
coordenadas políticas de la situación
En 1968 Jean-Jacques
Servan-Schreiber revoluciona el pensamiento europeo y norteamericano con su
libro “El desafío Americano”, en el cual plantea que entre Estados Unidos y
Europa existía una “guerra económica silenciosa” en la que se ponía en
evidencia la impotencia europea al ser totalmente superada por el poderío
tecnológico y científico, la capacidad de investigación y también en los
modernos métodos de gestión de la primera potencia económica del mundo.
Pero cuando el
pasado domingo 13 de noviembre, el ex presidente español Felipe González,
afirmaba en una tribuna en el diario El País que “Vivimos una situación de
emergencia en la que solo cabe reaccionar avanzando hacia la federalización de
las políticas económicas y fiscales. Los debates, sin embargo, siguen siendo
nacionales cuando el desafío es global”, no se refería únicamente al debate que
se estaba llevando a cabo en España por motivos de la campaña electoral, sino
al resurgir nacionalista de sectores europeos minoritarios que vienen minando
la toma de decisiones de los líderes europeos y bloqueando, llegado el caso,
decisiones de Parlamentos como el eslovaco, que terminaron con la exigencia del
cambio de gobierno.
Es imposible no
tentarse en comparar el debate que abriera en 1968 Servan-Schreiber, con el que
actualmente estamos manteniendo en Europa, que llevan tanto a las afirmaciones
del ex presidente González, como las que daba también el pasado domingo 13 el
prestigioso semanario británico The Economist, afirmando en uno de sus
análisis, hasta cuándo van a seguir aguantando los electorados las políticas de
recortes exigidas por Bruselas.
La situación es
de tal gravedad, que no sorprenden las declaraciones del presidente de la
Comisión Ejecutiva, José Manuel Durao Barroso, que decía hace unos días que “es
insostenible la actual UE”, o que “Berlín desmiente que esté negociando con
Paris una escisión de la eurozona” –cosa que ratifica justamente lo contrario,
ya conocemos el valor de los desmentidos-.
¿No tienen Uds.
la sensación de que la UE esta inmersa en otro de los grandes cismas que
caracterizaron la historia de Europa y Occidente?
A poco de
repasar la historia de Europa, qué duda cabe que si algo la ha caracterizado,
ha sido la inestabilidad tanto política como de sus fronteras; el
enfrentamiento entre países como entre facciones de una misma religión; una
Europa en la que a pesar de que transcurrían los siglos, en la cabeza de muchos
de sus líderes seguía anclada en la Edad Media, porque anhelaban, por ejemplo,
el poder de la República de Venecia o el económico de la Liga Hanseática; entre
otras cosas, Europa nunca tuvo vocación de ser Europa, porque nos guste o no,
ha quedado relegado este sentimiento a los libros de historia, a los tratados
entre naciones, pero en los hechos, nunca se erigió como un todo, como una
nación de naciones. Ingleses contra franceses; éstos contra españoles y la
cuenta sigue.
Un día Merkel
habla en el Bundestag y dice que el destino de Alemania y Europa están unidos
junto al euro, para después hacer un guiño a los franceses y pensar en una
Europa de 1º velocidad, como dando por hecho que la 2º velocidad es cosa de los
países Mediterráneos.
El escenario no
puede ser más desolador
Si a la
burocracia le sumamos el bajísimo crecimiento –solamente un 0,2%- tanto de la
eurozona como de toda la UE, no augura una salida fácil del actual atolladero.
Reformas
institucionales o Creatividad Institucional
Desde el inicio
de la crisis de la deuda en 2010, no se tomaron medidas contundentes para
evitar el contagio.
Aunque si bien
venimos exigiendo responsabilidades desde esta tribuna a los líderes europeos,
la llave de muchas de las dudas, vacilaciones y demoras, subyace en la propia
estructura de las instituciones europeas.
Si observamos
las áreas de política fiscal y bancaria, fundamentales para el funcionamiento
equilibrado de la unión monetaria, carecen de un ámbito europeo con poder
ejecutivo directo.
Un bloque
económico, jurídico y político que tiene una falta de coincidencia en los
puntos fundamentales en los que urgen acuerdos para salir de la crisis,
condiciona –y no como el mejor mecanismo de salida- el surgimiento de “parejas
de hecho” como Merkel-Zarkozy o el más reciente, el Grupo de Frankfurt, que
está integrado en nombre de la Comisión Europea, por José Manuel Barroso y Olli
Rehn; por el BCE, Mario Draghi; por el eurogurupo, Jean-Claude Juncker; por el
FMI, Christine Lagarde; por el Consejo Europeo, Herman Van Rompuy; sin dejar de
considerar a Merkel por Alemania y Sarkozy por Francia.
¿Qué pasó en
Cannes? Poco o casi nada. Si nos detenemos a analizar cuáles han sido los
resultados de esta última Cumbre Europea de finales de octubre, muchas de las
medidas que se adoptaron son parches a medias. La obsesión por dar respuesta a
las bases electorales e intereses nacionales fue como tantas veces ha venido
ocurriendo en la UE, la preocupación que condiciona a sus líderes. Se tienen
que deshacer de los prejuicios de mirar en corto y pensar en los ciudadanos
europeos de los 27.
Hablamos
entonces, que además de cambios institucionales, como los del tratado, se
requiere de un cambio de actitud, necesaria para abarcar el fenómeno distinto
que es la UE de sus estados miembros.
La agilidad y
apertura mental para comprender problemas globales que tienen efectos locales y
darles respuesta, especialmente en los países que atraviesan dificultades. O lo
que es lo mismo, que dotar a estos países de la tranquilidad de contar con
garantías de todo el bloque a nivel del sistema financiero, para evitar que la
banca de cualquier estado miembro, pueda encontrase en serias dificultades.
Un objetivo muy
práctico, sería la creación de un único organismo europeo que proporcione una
evaluación sistemática de la posición de capital de todos los grandes bancos
europeos, como base para un plan de recapitalización creíble.
También sería
conveniente, establecer unas reglas de juego por las que los estados miembros,
no puedan recurrir a sus propias entidades financieras como auxilio a sus
propios problemas de crédito, evitando así consecuencias negativas que pudieran
tener para dicho sistema financiero local.
Además, los
cambios en el tratado van a proporcionar la debida rendición de cuentas,
comenzando con una composición distinta del Parlamento Europeo con el fin de
garantizar que los ciudadanos europeos estén representados por igual,
independientemente de su país.
La finalidad es
que el euro sobreviva a esta crisis. Esta prioridad requiere como andamiaje
imprescindible, un marco legal e institucional más federal, para que el sector
bancario y la política fiscal como oportunamente anunciara Jean-Claude Trichet,
en el mes de Junio pasado, estuviera bajo la autoridad de un Ministro Europeo
de Finanzas. Porque es de vital importancia que tanto para los países de la
eurozona como del resto de la UE, se cuente con decisiones institucionales a
pesar de que estos últimos mantengan su moneda nacional.
Las actuaciones
del BCE
El BCE se
encuentra comprando deuda periférica en el mercado secundario de bonos. Esta
estrategia se fundamenta en la idea de activar la demanda, y encontrarle un piso
a su valoración (que no debería ser perforado por ninguna razón) para que sirva
de cortafuegos, todo ello mientras se desarrollaba la crisis griega y así
evitar el contagio.
Para que se
entienda, pongamos un ejemplo: el BCE compra en el mercado secundario un bono
Italiano emitido oportunamente a 10 años de plazo, que está en la mitad de su
maduración, esto es, le faltan 5 años para pagar el capital, y lo hace a un
precio “x” determinado y acordado libremente, entre ofertante y demandante.
Sabemos que el
BCE (cuya función no es exactamente comprar deuda soberana, sino ser
prestamista del sistema bancario) lo hace como política excepcional, destinada
a evitar que una caída en la valoración de la deuda soberana italiana, termine
elevando la tasa que debe asumir el país por endeudarse a futuro.
Siguiendo con el
ejemplo, vemos que simultáneamente a la operación realizada por el BCE, en
Italia, que tiene necesidades de financiamiento a futuro, se está llevando a
cabo la venta de un título a cinco años (mercado primario) y los potenciales
compradores, por desconfianza y por inestabilidad regional, empiezan a pedirle
mucho más rentabilidad que la pactada por el BCE en la operación de mercado
secundario, esto es, le ofrecen bastante menos dinero que “x” (a igualdad de
condiciones crediticias y riesgo de solvencia del emisor) y ello lleva la
rentabilidad nominal del nuevo título a niveles insostenibles, por la economía
que se está desacelerando.
La pregunta que
debemos formularnos entonces es: ¿En estas condiciones, puede el BCE seguir
comprando deuda en el mercado secundario, como estrategia para poner un límite
a las rentabilidades exigidas por el mercado a las nuevas emisiones? O por el contario,
¿debe modificar su posición, asumiendo que, el cortafuegos fracasó?
No olvidemos que
el mercado pesa todas las variables y nadie previó la irresponsabilidad de
Papandreu en plena cumbre del G-20, donde justamente se iban a definir las
políticas de cortafuegos y de garantías cruzadas entre emisores y prestamistas
(eurobonos quizás), además de fijar los lineamientos para la refundación de un
capitalismo sano, en una fase menos mercantilista y más racional.
A nuestro
juicio, el BCE debería a partir de hoy, utilizar los recursos del FEEF para
comprar deuda primaria a valores compatibles con la capacidad de pago de los
Estados, mientras se pacta seriamente una salida integral, que consagraría el
último camino posible, el EUROBONO, por una cuantía equivalente al 60 % del PIB
de cada nación firmante del acuerdo, para lo cual y mientras se discutan los
protocolos de la Unión Fiscal, se habilitaría una cuenta en Bruselas para que
una parte de los impuestos nacionales de cada país, se deposite sin ninguna quita
en la entidad que elija la Comisión Europea, lo cual sería la base de
sustentación del EUROBONO.
Hoy la Unión
Europea, se debate entre refundar sus postulados fundacionales, redefinir el
Estado de Bienestar que pueda ser alcanzable, explotando sus propios recursos
(sin emisión de deuda) o sucumbir ante los mercados que descreen de su futuro.
La inflación tan
temida por el BCE, a veces puede convertirse en una muy buena compañera, a la
cual podemos recurrir, sin que ello nos haga perder fortaleza ni hipotecar
nuestro futuro. Es como en medicina, la utilización de terapias alternativas
que ayudan a la recuperación del enfermo por otras vías.
En estos
momentos en que todos los analistas y gobiernos, prevén que nos encaminamos
hacia una eventual recesión económica, la circunstancia probable del
recrudecimiento de la inflación, lejos de ser un dato alarmante a priori,
pondría de manifiesto que se estaría dinamizando el mercado transaccional de
bienes y servicios, y si bien el coste de adquisición de los productos en esas
circunstancias, sería un poco volátil (con tendencia al alza), los precios se
estabilizarían cuando el mercado detectara, que una vez que se esté dando por
superada la crisis, se avecina un ciclo expansivo.
Si el BCE no
estuviera tan compenetrado en enfrentar la inflación y su Carta Orgánica le
permitiera involucrarse decididamente en fomentar políticas activas de creación
de empleo, en incentivar por cualquier vía posible la actividad productiva y en
involucrarse frontalmente en bajar la deuda pública, recurriría a la represión
financiera, como han hecho otros países. En el momento que contuviera los
efectos perniciosos de la actual crisis, entonces si pondría todos sus
esfuerzos, para que la inflación no constituyese un impuesto adicional a los trabajadores
y clases medias.
Ya sabemos que
el “impuesto inflacionario” siempre impacta en el estrato social que conforman
los últimos peldaños de la pirámide consumista. Esto se explica, porque cada
hora marginal trabajada, lejos de reportarle mayor bienestar al asalariado, le
quita poder de compra, en forma proporcional a la magnitud del fenómeno (la
tasa de inflación)
La Unión Europea
debe redefinir inmediatamente cuál debería ser el Estado de Bienestar posible y
alcanzable que se le puede prometer a sus habitantes, a partir de la
explotación de sus propios recursos, sin emisiones de deuda para conseguirlo,
lo cual ha demostrado ser efímero y ficticio.
Como muy bien lo
define Andreu Missé en El País, “Los eurobonos han dejado de ser un deseo de
algunos políticos o campo de especulación académica para convertirse en un
proyecto formal de la UE”, en referencia clara a la presentación que hará el
presidente de la Comisión Europea mañana miércoles 23 del “Libro verde sobre la
viabilidad de la introducción de los bonos de estabilidad”.
Debemos aclarar
que el diario El País, ha tenido acceso al borrador en el cual se está
trabajando en Bruselas, del que también se han hecho eco otros medios
nacionales, dada la importancia que revestiría la implementación tan esperada
de los eurobonos, que pondría a la UE a la par de los Estados Unidos en cuanto
a liquidez y profundidad.
El proyecto
contempla tres tipos diferentes de bonos. El primer tipo, de mayor alcance, es
el que reemplaza a los bonos nacionales –una permuta de bonos de estabilidad
por los de cualquier estado miembro de la UE-. Quiere decir que tendrán por vez
primera la garantía conjunta y solidaria de los 27 socios. Pero para dar este
paso hay que reformular el Tratado de Lisboa, en concreto el artículo 125.
El segundo tipo,
es un mecanismo parcial que sustituye los bonos emitidos por cualquier estado
miembro por los bonos de estabilidad. También exige una modificación del
Tratado.
¿Cuál es el
mecanismo de implementación? Es el que se conoce como “modelo azul-rojo” en el
que el estado miembro que se acoge a este beneficio, la parte de su deuda que
no pasa del 60% del PIB, se emitirá bajo la forma de bonos de estabilidad, los
llamados “bonos azules”, con garantía solidaria del resto de estados y
obviamente a un coste financiero de emisión menor.
Pero toda la
deuda que supere ese 60% ya no podrá acogerse al beneficio de los eurobonos,
por lo que deberá ser emitida por el respectivo país en bonos nacionales, que
se llaman “bonos rojos”, cuyo coste financiero de emisión será superior al de
los de estabilidad.
El tercer tipo
es un híbrido de los anteriores, ya que la garantía no es conjunta y solidaria
del resto de estados miembros, sino que únicamente cada país garantiza su
parte.
Hay que aclarar
que cada vez que se habla de modificar el Tratado, los tiempos juegan en
contra, por la propia inercia institucional que exigen las modificaciones al
mismo.
Pero coincidimos
con otras opiniones, en que de existir un acuerdo previo para la emisión de los
bonos de estabilidad, aunque lleve su proceso necesario para la aprobación
definitiva y aún la implementación esté lejos, el solo conocimiento de dicho
consenso sería una medida disuasoria importantísima para los especuladores, ya
que el mercado descontaría inmediatamente cuál va a ser el comportamiento
futuro de la deuda soberana, con incidencia directa en el abaratamiento de los
costes financieros.
Habría dos
beneficiados inmediatos por la aplicación de este mecanismo: en primer lugar,
los países que están siendo actualmente más vulnerables a los ataques contra la
deuda soberana; los segundos, los bancos europeos contarían con mejores
garantías, lo que redunda en beneficio del sistema financiero de la zona euro.
La política
europea a la deriva
El presidente
del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker reaccionaba hace pocos días diciendo que era
una estupidez dividir la UE en dos velocidades, mientras Bernanke advertía
desde el otro lado del Atlántico, que EEUU no saldría inmune de un estallido en
Europa.
El presidente de
la Reserva Federal aseguraba que se estaba trabajando para evitar que la
economía estadounidense pudiera verse afectada de posibles contagios, ya que su
preocupación es que hasta ahora la UE había sido incapaz de parar la crisis de
la deuda, a pesar de las medidas tomadas. Por ello insistía en la necesidad de
ejecutarlas “de manera enérgica” para frenar la crisis.
Juncker, ha
descartado la posibilidad de dejar fuera de la eurozona a ningún país miembro,
indicando que tal extremo no está contemplado en los tratados. Esto es romper
con la tentación de crear un núcleo duro de la zona euro, dejando de lado a
países con problemas. Pero fue más lejos aún en sus declaraciones, afirmando
que en 10 años todos los países de la eurozona seguirán y de que también habría
más países. ¿No suena esto a un deseo desesperado de eliminar de raíz las dudas
sobre el gran proyecto europeo?
Las pruebas son
demasiado evidentes, para que a pesar de los desmentidos de líderes europeos
como Juncker o la misma Merkel, pueda negarse que después de la última fase de
la crisis griega con las declaraciones de Papandreu que pretendía condicionar
la aceptación del plan de rescate a un referéndum, pasando inmediatamente
después a la crisis italiana que provocara la caída del séptimo gobierno
europeo desde el inicio de la crisis de la deuda, no se volviese a tratar la
factibilidad técnica y política de una Europa de dos velocidades. Siempre fue
un recurso utilizado por los políticos europeos cada vez que la eurozona se
enfrentaba a un nuevo problema.
Cuando en vez de
enfrentarse a éste con decisión, se plantean dudas sobre quiénes deben estar o
no en la 1º velocidad, nunca puede haber una respuesta eficaz, ya que se demora
la acción que debe tomarse o peor aún, no se aplican las políticas necesarias
en tiempo y forma.
Incompetencia y
negligencia que ha sido ampliamente denunciada, como es el caso de un informe
preparado por el FMI para la cumbre del G-20 celebrada el pasado 27 de octubre
en Cannes. En este se afirma, que la recuperación económica en las economías
desarrolladas "se mantiene en una velocidad baja" –esto no puede
sorprender a nadie-, aunque lo que sí sorprende es que señala a la clase
dirigente como la responsable, debido a "La parálisis y la incoherencia de
las políticas que han contribuido a exacerbar la incertidumbre, a una pérdida
de confianza y a reforzar la tensión en los mercados financieros". No es
una crítica velada: es una acusación en toda regla.
Ejemplo de la
parálisis e incoherencia que denuncia el FMI, es el reciente fracaso de
Bruselas al no poder prohibir a las agencias de rating calificar a países
rescatados, ya que la Comisión Europea se ha encontrado como en tantas
ocasiones, con la falta de un acuerdo entre los comisarios, para que prosperase
la propuesta del titular de Servicios Financieros, Michel Barnier, que es
partidario de que las calificadoras no puedan emitir informes sobre los países
que están recibiendo ayuda externa.
La peregrinación
hacia el cambio del Tratado de Lisboa
Los presidentes
del Consejo Europeo, de la Comisión y el Eurogrupo, respectivamente Van Rompuy,
Durao Barroso y Juncker, han defendido en estos días que Europa debe avanzar
hacia una mayor integración económica y fiscal de la zona euro y lo hará con
cambios "limitados" en el Tratado de Lisboa.
¿Qué significa
esto? Que aún hay mucho más que profundizar en los temas de integración, para
lo cual deben introducirse las reformas en el Tratado, adecuadas y ajustadas a
las nuevas circunstancias. Eso sí, advertían los máximos responsables de la UE,
que estas acciones no deben vincularse como si fueran una respuesta a la
crisis, porque una modificación de este calibre lleva mucho tiempo.
Al mismo tiempo
se van a endurecer las sanciones para los países incumplidores,
independientemente de las penalizaciones que se aplican actualmente, pudiendo
llegarse a la intervención en los presupuestos nacionales, la eliminación
temporal de los derechos de voto o la retirada de fondos estructurales para los
Estados que quedasen catalogados en esa categoría.
Soluciones
políticas más que técnicas
La propia Merkel
ha afirmado recientemente que “la solución es política” y que los países deben
ceder soberanía fiscal a las instituciones comunes, como paso definitivo hacia
“la nueva Europa”. La Unión solo funcionará, a su parecer, si los miembros
"ceden más competencias a las instituciones comunes".
La posición
sustentada por Merkel es firme: el camino hacia esta nueva Europa no pasa por
que el BCE responda al encarecimiento de la deuda con un gran programa de
compra de bonos soberanos, sino por la "reforma limitada" de los
tratados europeos.
No se cuenta con
todos los instrumentos
Merkel sostiene
que los instrumentos con los que cuentan las autoridades europeas en el
presente, no basta para obligar al cumplimiento de los criterios de
estabilidad, de modo que es necesario ampliar su capacidad de sanción y
regulación.
Tampoco admite
Alemania que los países de la Unión Monetaria emitan deuda conjunta (los
eurobonos) ni quiere que apliquen quitas bruscas a su deuda.
La propuesta de
Merkel incluye la puesta en marcha del mecanismo europeo de estabilidad, al que
la última cumbre de Bruselas dotó de un sistema de apalancamiento, que amplía
su capacidad de maniobra más allá del billón de euros.
También pidió a
la agencia de supervisión bancaria europea EBA que determine
"rápidamente" cuánto capital necesita cada banco privado
La primera
ministra danesa, Helle Thorning-Schmidt, se reunió hace pocos días con Merkel,
siendo muy firme en su posición de que Europa debe concentrarse primero en
solucionar la crisis de la deuda. No deja lugar a más opciones.
Por su parte, el
ministro de Hacienda alemán, Wolfgang Schäuble, advertía del más que inminente
contagio de la crisis de la deuda a la economía real. Así advertía, que como
prioridad había que evitar que se produjera un colapso en los bancos europeos
derivados por la falta de confianza provocada por la crisis. Alertaba además de
las consecuencias de los tipos de interés en todo el mundo, que provocan
"un exceso de liquidez" en los mercados. Si a esto se le suma las
deficiencias en las regulaciones del sector financiero, considera que el
excesivo endeudamiento y el exceso de liquidez son la causa de la crisis
La preocupación
de los académicos estadounidenses y europeos sobre la crisis europea
James Galbraith,
economista de gran independencia y profesor en la Escuela de Asuntos Públicos
Lyndon B. Johnson invitó a algunos colegas de EE UU y Europa al Centro de
Estudios Europeos de dicha universidad para debatir sobre la crisis en la
eurozona.
Se debatió sobre
la situación de Grecia, Italia y España, en que no tiene que ver con la deuda,
los precios de los bonos o la regulación financiera, sino en una crisis de
gobernanza, relacionada con opciones institucionales y morales.
El mensaje más
contundente ha sido que “Sus Gobiernos están reducidos a la inacción por culpa
de su obsesión con el déficit y su negativa a oponerse a los poderes del
capital organizado” y que “La democracia europea se está viendo deslegitimada
por Gobiernos únicamente capaces de realizar maniobras tácticas”.
Nuestra
reflexión al respecto, es por qué los líderes europeos no escuchan los consejos
de economistas y políticos de prestigio, cuya comprensión de la crisis no puede
estar tachada de parcialidad. Las limitaciones institucionales que la UE tiene
que afrontar actualmente, es lo que la hace estar a la deriva de los mercados.
La UE debe ser
gobernada por sus instituciones y no por el mercado
Si el PEC admite
traspasar el límite del 3% pero aceptando el pago de multas, con su ineludible
coste político, por las razones que fueren (crisis global sub-prime del año
2008), cuando las circunstancias hubieran justificado sanciones, se produjo un
cierto relajamiento en la aplicación de penalidades para los países
infractores, ya que mayormente todos tenían desequilibrios presupuestarios por
encima de lo permitido en el PEC.
Ahora el mercado
es el encargado de aplicar las penalidades que sus miembros no supieron o no
quisieron aplicar, elevando la prima de riesgo crediticio y por ende aumentando
el coste de financiamiento en sus emisiones de letras.
Europa debe
recuperar su poder; no puede siquiera admitirse que haya delegado en el mercado
esa función que le es propia. Europa debe reaccionar y recuperar el mando. Las
instituciones prevalecen por encima de los mercados. Pensar en sentido inverso,
es lo que nos ha llevado a la situación que Occidente está padeciendo
actualmente, con serio riesgo, de contagio al resto.
Prueba de ello
es lo que el viceprimer ministro chino Wang Qishan da por hecho que la economía
mundial se contraerá el próximo año, al afirmar que "En medio de la
incertidumbre, podemos estar seguros de una cosa, y es que la recesión
económica global causada por la crisis financiera internacional será crónica”.
Habría una
solución para sacar a Europa de este atolladero: comprar un 30 % de toda la
deuda emitida (hay dinero suficiente en el Banco Central Europeo para hacerlo),
sin que ello pudiera poner en riesgo la estabilidad de precios y luego sí tomar
medidas concretas que hoy están asumiendo los mercados, debiéndose ser
extremadamente severos con los socios en el caso de que persistan las conductas
inapropiadas e irresponsables en materia económica, especialmente en la gestión
de los déficit presupuestarios.
El G-20 debe
intervenir en todas las acciones que se tomen para frenar la crisis mundial
El escenario
global actual requiere la intervención del G-20 también en todos los problemas
mundiales. No puede quedar a un lado, a pesar de que sean los más grandes de
los países emergentes, caso China y Brasil, los que se sienten a negociar
apoyos a la UE, como por ejemplo el que se ofreció de manera bilateral y no la
entidad G-20, para hacer frente a la crisis de deuda soberana.
El G-20 emitió
una declaración comprometiéndose a adoptar "todas las iniciativas
necesarias de manera coordinada para ... velar por la estabilidad financiera y
de liquidez en los mercados financieros". Esta afirmación es de vital
importancia, pero no estamos seguros de que después de la Cumbre Europea de
finales de octubre, todas las iniciativas en este sentido hayan dado sus
frutos. Más bien, lo contrario.
La posición del
G-20 es asumida porque quién piense que la crisis del euro es de la zona euro y
el resto de países de la UE que no pertenecen al euro, están observando en
corto y desenfocadamente. Todos los analistas mundiales y poco a poco los
mismos líderes europeos, ya están absolutamente persuadidos de que dicha crisis
tiene implicancias globales, lo que exige una participación global en cualquier
caso.
Para comprender
estas repercusiones, debe considerarse que las ramificaciones
intercontinentales (o sea europeas) de los riesgos de la deuda soberana
(incluyendo efectos indirectos a través de bancos), han sido ampliamente
estudiados por la Autoridad Bancaria Europea y los mecanismos nacionales (Banco
de España y sus homólogos de la UE). Pero no así sus repercusiones a nivel
mundial y los efectos de retroalimentación, que son menos conocidos, o podría
decirse, desconocidos del todo en cuanto a su alcance.
Estamos en
condiciones de informar a nuestros lectores, que por ejemplo en varios países
de la región iberoamericana, se están estudiando las posibles consecuencias de
un agravamiento aún peor de la crisis de la deuda europea y cuáles serían las
consecuencias que ello traería aparejado, para países que vienen creciendo en
los últimos dos y tres años a buen ritmo de sus respectivos PIB.
El Comité de
Estabilidad Financiera que desde 2009 ha actuado como el “brazo armado” del
G-20, tiene la experiencia y la información necesaria para llevara a cabo este
tipo de análisis. Esto no invalida la colaboración con los organismos
anteriormente mencionados que están en jurisdicción de la UE.
En economía
también puede aplicarse eso de que “una imagen vale por mil palabras”, ya que
no es una ninguna coincidencia que después de la Cumbre del 26 de octubre, el
BCE pasara a tener un papel decisivo para que la crisis de deuda, ya de por sí
en niveles críticos, no arrastrara del todo a los países con mayores
dificultades.
¿Fracaso del
Cannes? ¿Fracaso de los líderes europeos? ¿Fracaso de los líderes de las
economías emergentes? Lo que sí es claro, que mientras que las coincidencias
políticas de las Cumbres, no se lleve al “terreno de juego”, los mercados
seguirán atacando a la línea de flotación.
El G-20 está en
una posición privilegiada para contribuir a la supervivencia macroeconómica y
presupuestaria de la zona euro, reforzando desde una posición externa e independiente
las medidas para aliviar la presión que ya está soportando Europa
Pero esta
situación choca contra una realidad con la que se encuentra el G-20 al tratar
los temas de colaboración con el eurogrupo, ya que si bien los países más
importantes se sientan a una mesa de manera conjunta, las responsabilidad
política en áreas cruciales, como la fiscal, comercio y mercado de trabajo,
siguen bajo la tutela de los diferentes estados miembros.
Más dudas o
fracasos en estas áreas de parte de países con alto riesgo de sus finanzas
públicas, tienen una implicancia sistémica global. Pero el G-20 ya se ha
implicado y su responsabilidad la está ejerciendo.