Imposibilitado

IMPOSIBILITADO

 

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Eurípides, Ifigenia en Áulide.

Cada día, cada mañana, había más gente por las calles. Y más mesas y más sillas. Las terrazas de los bares, es decir las aceras de la ciudad, ya estaban a rebosar de personas tomándose alguna cerveza, café, o almorzando alegremente. Todavía se podía leer, escrito en llamativos carteles, con gruesas letras de ordenador, pegados en los cristales de estos establecimientos, que era obligatorio el uso de la mascarilla para entrar en el local. Y que estaba prohibido fumar en la mal llamada terraza, sillas y mesas en la acera. Tan alocada prohibición se solucionaba levantándose, quien deseara fumar, y haciéndolo de pie. Nunca los espacios se definieron de forma tan pragmática y sencilla: si el cliente está sentado, está en la terraza. Si se pone de pie, al lado incluso de la misma silla ocupada por él hacía un segundo, está en la calle. Ni Einstein. Todo, si se sabe aprovechar, tiene su lado positivo.

Pese al buen tiempo, este año sin duda sí vamos a tener primavera, no me apetecía mucho salir de casa. No estoy de acuerdo con la respuesta dada por Sócrates cuando, un ingenuo, le preguntó por qué no salía nunca de la ciudad de Atenas. En la ciudad, vino a decir el bueno de Sócrates, están los hombres; se aprende de ellos, no de los árboles, los valles, los ríos y las fuentes. Sócrates se equivocó: todas y cada una de las cosas de este mundo son susceptibles de enseñarnos algo. Mi vecino de la puerta 33, con su amor por las piedras, es un ejemplo de ello. Tal vez aprender de la naturaleza, o no, dependa de nuestra capacidad de observación o de deleite. Y de nuestras apetencias. Yo no tenía ganas de moverme de casa.

El día, no obstante, era espléndido. Lucia un sol magnífico. La temperatura, templada. Desde la ventana de mi habitación vi a muchas personas con las chaquetas en la mano. Camisas de manga corta. Me pareció distinguir entre ellas a mi vecino. Era él. No había duda. Me alegró verlo por la calle. Y ya, sin más, me dediqué a mis particulares estudios hasta la hora de comer. El tiempo se me pasó volando. Al cabo de cuatro horas, me metí en la cocina.

Apenas había tomado el primer sorbo del buen y humeante café cuando sonó el móvil. Era él, mi vecino de la puerta 33. Con una voz un tanto apagada me preguntó si podía bajar a su casa. Sí. Enseguida, le dije haciendo aquello que más odio: tomarme el café de un trago, sin saborearlo.

La puerta, para sorpresa mía, estaba entreabierta. La empujé. El hombre estaba sentado en su amplio y cómodo sofá. No se levantó cuando me vio. Me llamó la atención.

-¿Le ha pasado algo? ¿Se encuentra bien? -pregunté.

-No, no me encuentro bien. Pero no es nada grave. No se alarme. Y perdone si no me levanto.

-He cerrado la puerta -dije un tanto tontamente.

-Sí, claro. Esta mañana -comenzó a contarme- he salido con la intención de ir a comprar libros.

-Sí, lo he visto caminando por la calle.

-Una mañana preciosa, por cierto. He llegado a una buena librería. He comprado varios libros; y, en un bar, me he tomado una copa de vino. Iba caminando distraídamente por la acera, y no me he percatado de la altura de ésta con respecto a la calzada. He caído de golpe sobre el pie izquierdo. La espalda me ha pegado un crujido… Ahora no me puedo mover. He llegado a casa a duras penas. Parecía un paréntesis con patas…

-¿Ha llamado a su hijo? ¿Quiere que avise a alguien? ¿A un médico? ¿Lo llevo al hospital?

-No, no. Ni pensarlo. Ni he llamado a nadie, ni quiero que avise a nadie. Sencillamente, dado que no me puedo agachar, saque, por favor, del congelador de mi nevera un par de bolsas de congelados, y ya me haré la cena… Esto se me pasará en un par de días. O antes.

-No soy quien para meterme donde me llaman -comencé a decir viendo su alicaído gesto-. Pero creo… No, no me haga caso -dije cambiando el tono y la intención-. Tampoco voy a sacar nada de la nevera. Yo haré la cena. Para los dos.

-No era mi intención molestarlo. Ya le he dicho: es cuestión de un par de días. Esto me sucede todos los años. Me suelo meter en la cama y no levantarme… Pero hoy tenía hambre…

-¿Ha comido algo?

-Un vaso de leche…

No dije nada más. Cogí sus llaves y me fui a casa con la idea de hacerle algo de comer. Y, sí, no deseaba, en absoluto, meterme en la vida de nadie. No entendía, sin embargo, esa negativa suya de no llamar a su hijo. Sabía, de sobras que las tragedias se generan en el seno de las familias. Tal vez podrían darse en tiempos remotos, cuando un padre, o padrastro, era capaz de acabar con la progenie de su mujer, o violar a hijastras u ofrecerlas en sacrificio a los dioses inmortales… Pero, ¿en estos tiempos? -me pregunté neciamente- ¿Qué cosa tan grave había sucedido entre padre e hijo? No dejaría de ser alguna tontería. El mundo se degrada. Y la tradición literaria también. Aun así no podía negar, era evidente, que el salvajismo en el seno de las familias no ha desaparecido. Ni mucho menos. Estaba un tanto confuso.

-No quería molestarlo -me dijo cuando le bajé la comida recién hecha-. Y sí, tiene todo el derecho del mundo a preguntar por mi hijo y mis relaciones con él…

-No. No tengo ningún derecho. Pero es una cosa que no entiendo, dada mi situación de soltero y eremita. Nada más.

-La familia puede ser lo más nefasto que se ha inventado nunca.

-Dicen -le repliqué sonriendo- que cada uno cuenta de la feria según le ha ido en ella. Para Aristóteles -añadí a fin de que se sintiera tranquilo y desviar la conversación de temas personales- era el núcleo de la sociedad. Sólo los animales viven fuera de ella. Ya sabe: el hombre es un ser sociable.

-Sí -afirmó sonriendo-. Pero una cosa es ser sociable, como lo es usted, y otra muy distinta estar casado y con progenie.

-No puedo decirle nada al respecto. Creo que la familia es como la democracia: con todas las imperfecciones del mundo, de acuerdo; pero no se ha inventado otra cosa mejor.

-Tal vez -siguió sonriendo- una soltería como la suya…

-Si cundiera el modelo, la ley castigaría a los solteros, como ya se hizo en aquellos tiempos. El estado necesita contribuyentes. Y soldados.

-La soltería no tiene porqué ser sinónimo de descenso de la demografía. Sólo se requiere -añadió sonriendo- un pequeño cambio de mentalidad.

-Sí, desde luego -le dije riendo de buena gana.

-¿Y cómo es que usted sigue solo? -me preguntó intentando dar un tono de naturalidad a tan incómoda pregunta- Claro, cocinando como lo hace, me extraña doblemente -añadió a modo de halago.

-Porque -contesté sonriendo- soy la persona más aburrida de este mundo, y, tal vez, de los otros: no voy a fiestas, no he ido a discotecas, apenas he participado en alguna que otra cena, me relaciono con muy pocas personas... Me paso la vida en mi habitación con mis libros y mis proyectos... Así no se puede conocer a ninguna chica, ni hacerme conocer por alguna de ellas.

-Ya -contestó con un tono de voz en el que dejó patente mi falta de sinceridad. Insistió, sin embargo.

-Alguna mujer habrá.

-Una compañera del trabajo -improvisé-. Estoy disfrutando mucho con ella. Es profesora de Historia. Está estudiando la relación de las novelas históricas con la Historia. Y ha requerido mi ayuda para el mundo clásico.

-Interesante.

-Mucho. -Era mi oportunidad para dejar de hablar de mi humilde persona-. Esta mujer está estudiando la relación historia, ficción; y los cambios habidos en los planteamientos de dichas novelas, las históricas: al principio la excusa dada para su nacimiento es que eran estas obras traducciones de viejos papiros hallados en las tumbas, entre las momias; más tarde, viejos pergaminos escondidos en alguna biblioteca de algún remoto monasterio; luego cartapacios comprados en un mercado, etc. Todos esos hallazgos tenían un punto en común: siempre se trataba de testimonios escritos, en caldeo, en griego, el egipcio, árabe, lenguas que al autor había traducido o mandado traducir… ¿Qué cree que encontrarán en las tumbas actuales dentro de cinco o seis mil años suponiendo que las excaven?

-Nada. No hallarán nada.

-Mi amiga dice que hallarán algún que otro móvil, y al descifrarlos se tropezarán con miles de emoticones y con algún que otro “jajajaja”. Y se harán tesis doctorales al respecto.

-¡Dios mío! ¿No le parece que sería mejor dar con alguna nave espacial perdida en un planeta lejano? En la herrumbrosa cabina, la aguerrida astronauta se encuentra varias grabaciones de hace miles de años. Ya tiene el principio y la excusa. Y dado que, además, ahora se hacen libros para oír, tiene el ciclo completo.

-Una buena idea. Se lo comentaré a mi amiga. Y veo, por fin, que pese a su gesto y a su inmovilidad, conserva su agilidad mental.

-Ya se lo he dicho: esto se me pasa en dos o tres días. No hay más. Sí, ya veo por su gesto que no esto lo que le preocupa. Es cuanto puede venir a continuación. Pero tenga en cuenta que sólo se muere una vez. Y yo quisiera hacerlo sin molestar a nadie.

-A mí no me molesta. Estoy encantado de ayudarle. Nada más. No voy a insistir. Cada uno tiene sus problemas, sus apetencias y sus limitaciones. Y las lleva, o las llevamos, como buenamente podemos.

-Sí. Así es. Aceptar las limitaciones y seguir hacia delante.

-Pero no olvide que hay médicos y hospitales. Y están para ayudar a quien lo necesita.

-Lo tendré presente.

-No se levante -concluí haciéndolo yo- luego le bajo la cena. Cenaremos juntos, si no dispone lo contrario.

-Será un place contar con su compañía… Le estoy dando más faena que un puerco suelto.

-Suelto desde luego no está -solté arrepintiéndome enseguida de mis abruptas palabras.

-Gracias.

-A mandar, que para eso estamos.

UNETE



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