Melancolía

MELANCOLÍA

 

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Eurípides, Helena.

Ni me llamó la atención ni quise, por supuesto, participar en la discusión. La situación me pareció de una estupidez inconmensurable: varios compañeros, en la sala de profesores, estaban comentando unos mensajes recibidos a través del móvil: el corte de pelo de un ex político, y el posible maltrato a una mujer casada o divorciada. Estaba haciendo la posible maltratada un negocio de ello. A punto, ya, de cotizar en bolsa.

Parecía mentira; pero dado el nivel cultural del país no me extrañó que, hasta cierta gente, se ocupe de semejantes estupideces. Salí de la sala de profesores lo más rápidamente posible. Sonó el móvil antes de llegar a la calle. Mi número lo tiene muy poca gente. Y ésta nunca me envía necedades de este o parecido calibre. Era, como me advirtió el nombre aparecido en la pantalla, mi querido vecino de la puerta 33: tenía en su casa la compra de la semana. La suya y la mía. El reparto acababa de llegar. Me pasaría a recoger mi encargo, y, de paso, tendría alguna charla con tan interesante personaje. Me estaba esperando. Ya tenía la botella de vino descorchada.

-¿Qué tal el día? -me preguntó amablemente.

-Uno más. Sin novedad -dije sin ningún deseo de contarle los comentarios de mis compañeros- ¿Y usted?

-Bien. Toda la mañana encerrado, leyendo y estudiando. Es una pena -dijo llenando las copas de vino- que usted y yo no podamos llevar a cabo algún estudio juntos. Las materias son tan dispares.

-¿Usted cree? Depende de cómo lo enfoque. Tenemos una visión del mundo clásico bastante sesgada. Hay muchos puntos en común.

-¿En serio? Cuénteme.

-Hace muchos años, no recuerdo ya a santo de qué, leí las cartas de Plinio el Joven. Un escritor romano del primer siglo de nuestra era.

-He oído hablar de él.

-Leí todas sus cartas. Me impresionó mucho aquella en la que relata la erupción del Vesubio. Y la huida, junto a su madre, de Miseno, población situada a unos treinta kilómetros de Pompeya.

-Ya lo capto. Le interesan las piedras volcánicas.

-No especialmente. Pero sí, puede ser interesante… Por una serie de circunstancias o motivos, que no vienen a cuento ahora, me ha dado, de nuevo, por leer novela histórica. Y me he centrado, de nuevo, en Pompeya.

-Los últimos días de Pompeya, imagino.

-Aunque le parezca mentira -le dije sonriendo- no he leído dicha novela. En realidad he leído poca novela histórica. Siempre me han parecido historias de ciencia-ficción en las que los marcianos son los romanos o los griegos.

-¿No exagera un poco? -me preguntó sonriendo.

-Sí, seguramente. Lo que quiero decir es que se vuelve al pasado no en busca del mismo, como puede hacer un libro de historia, sino para criticar al presente, cuando se hace. Remozada la crítica, por supuesto, con peplos, citas en latín, simposios, luchas de gladiadores y demás parafernalia. Como dicen ustedes, los aficionados al cine, cartón-piedra.

-Algunas de estas películas son muy divertidas. Yo recuerdo con mucho cariño Quo vadis? No por nada especial -me confesó sonriendo- sino porque aparece en ella Deborah Kerr. Era una mujer bellísima. Vi la película incontables veces por verla a ella.

-Me está resultando usted un gran enamoradizo.

-¿Conoce usted la novela de Bioy Casares, La invención de Morel?

-No.

-Un hombre se escapa de la cárcel. Llega, si no recuerdo mal, a una isla. Y allí observa que todas las tardes, a la misma hora, una pareja se acerca al malecón y se sienta a observar la puesta del sol. El fugitivo se enamora de la mujer. Y descubre que la pareja es una muy especial proyección cinematográfica… Da con el aparato, y sabiendo que va a morir, como murieron los otros actores, pone los dispositivos en marcha, borra la imagen de él, y ocupa su lugar junto a la imagen de la que se ha enamorado. Y eso le cuesta la vida: la filmación se apropia de él… Yo hubiera hecho lo mismo. Hubiese eliminado al memo del protagonista, Robert Taylor, y habría ocupado su puesto al lado de Deborah Kerr. De mil amores. Aunque hubiera sido en aquella Roma de Nerón tan cruel.

-No estaría usted nada mal vestido de romano -le dije sonriendo.

-Ya hemos dado con un punto en común: podíamos rodar una película sobre Pompeya. Usted sería el asesor histórico, o el guionista… Y yo, bueno yo ya soy muy mayor… Y Deborah Kerr falleció hace años.

-Da lo mismo: ni vamos a rodar ninguna película ni vamos a publicar nada. No tenemos dinero para una cosa, ni somos tan buenos para lo otro. Contentémonos con nuestras limitaciones.

-Se resigna usted con mucha facilidad.

-Sí. Tiene razón. Hay cosas para las que no sirvo. Dejémoslo estar. Volvamos a las piedras.

-Volvamos.

-Fui a la librería en busca de Los últimos días de Pompeya. Por supuesto, no tenían el dichoso libro. Pedí más libros. Por supuesto, no estaban. La dependienta nada más verme entrar en el establecimiento se ríe. Es una chica joven, simpática, y muy agradable. A mí me resulta muy atractiva. De tanto vernos hay una cierta corriente de simpatía entre los dos. Nada más. Me dijo, a fin de que no me fuera muy triste, como casi siempre, que había salido un nuevo libro sobre Pompeya… No lo encontraba. Miró y buscó en el ordenador. Nada. Pero cuando ya estaba yo en la calle, llevando un libro de compromiso, salió corriendo tras de mí con el volumen en la mano.

-Eso no lo hacen todas.

-Ya le he dicho que hay una cierta corriente de simpatía. Temí, no obstante, que el libro fuera otro petardo, otra historia insoportable de narcisismos y palabrerías huecas… No, no fue así. Me está resultando una maravilla de libro. Es una biografía sobre los dos Plinios, el Viejo y el Joven. Y se habla, cómo no, del Vesubio, de la erupción, de los conocimientos de la época sobre los terremotos y sus causas. Y ahí sí que tenemos un punto en común: explíqueme qué es un terremoto, porqué se producen, qué causa los volcanes, y cuándo comenzaron a estudiarse estos.

-No soy vulcanólogo. Pero me puedo informar.

-Le puedo avanzar que la palabra volcán no existe en latín. Los pompeyanos no sabía lo que era un volcán, ni las trágicas consecuencias que se iban a derivar de él. Sí que tenían constancia, por el contrario, de los terremotos. Y creo que, de alguna forma, llegaron a unas explicaciones más o menos racionales.

-Es decir, alejadas de la mitología.

-Sí. Aunque ya sabe el coste que eso tiene: persecuciones, muertes y asesinatos. Anaxágoras tuvo que huir de Atenas acusado de impiedad. Se le ocurrió decir que el sol es una masa de hierro incandescente… Chocaba, según algunos estrechos de mente, con la religión clásica y con la tradición. Ahora bien, no sé que condenaran a nadie por el estudio de los terremotos.

-Si se ignoraba lo que eran, y la mitología no decía nada de ellos… A Galileo lo condenaron por hablar del sol. En la Biblia no se nombra ningún volcán. Nada sobre que alguien hubiera creado uno para derrotar a los enemigos de la fe. Por lo tanto, camino libre de impedimentos. Al sol lo detuvo Josué para vencer a los malos antes de que llegara la noche… No podía moverse la tierra, por lo tanto. Se movía el sol. Y Galileo, al decir lo contrario, pagó el pato.

-Dejando todas esas historias aparte, me gustaría saber cómo se forma un volcán, un terremoto… Ya sé que los antiguos desconocían la existencia de las placas tectónicas, cosa que yo no acabo de comprender muy bien. Así que ya puede comenzar a explicarme todo esto. Y quiero saber qué es una piedra pómez, y tocarla.

-Tenemos que visitar varios museos de la ciencia. En Barcelona, Madrid, Valencia… y tal vez -añadió sonriendo- acercarnos a Pompeya. Ya se han levantado las restricciones. Lo único que deberemos hacer es llevar la insoportable mascarilla.

-Me parece un buen plan de estudios. Además, según la autora del libro, la de la biografía de los dos Plinios, una mujer joven por cierto, Daisy Dunn, Séneca ya habla de los terremotos. Sí, leí el librito, Cuestiones naturales. Pero no lo hice en el mejor momento: no me enteré de nada. Terminé por cerrarlo sin haberlo terminado. Voy a volver a él.

-Sería interesante -dijo una vez más intentando provocarme- hacer un estudio sobre la evolución del pensamiento. Cómo se pasa del pensamiento mitológico al científico.

-Hay estudios al respecto. Y muy buenos, según tengo entendido…

-Para usted todo está hecho ya.

-No, no es cierto. No todo está hecho. Sencillamente le digo que no me veo lo suficientemente capacitado para meterme en esos berenjenales…

-Como le sucede con las traducciones.

-Efectivamente. Es posible que mis traducciones sean buenas. Es posible. Pero sé, positivamente, que hay algunas mucho mejores. Para qué insistir. Soy bastante escéptico.

-Pues por la misma razón que se publican otros libros que maldita la gracia que tienen.

-Usted sabe que esto es un negocio. O un laberinto. Vayamos a la mitología. Y, por lo tanto, se debe alimentar al minotauro. Si antes se hacía con bellas doncellas, ahora se hace con vana palabrería y mucho celofán o publicidad, como quiera. No quiero participar en esas historias. No me apetece.

-Siempre nos quedará Deborah Kerr. Pese a su escepticismo.

-A mí me sobra con que una simpática y bella librera se ocupe de mí de vez en cuando, me guarde libros, y se acuerde de mi humilde persona cuando llegan libros de mi interés.

-Desde luego es todo un detalle lo de esa chica.

-Así es. Brindemos, pues, por la simpática librera y por la joven autora de las vidas de los Plinios.

-Por ellas -dijo levantando la copa-. Y por Deborah Kerr- añadió sonriendo-.

Bebimos y nos despedimos.

UNETE



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