Itinerario

ITINERARIO

 

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Séneca, Sobre la ira.

Me sentí abrumado. Inquieto. Sentado en la cama, poco antes de meterme en la ducha, con las luces de la habitación apagadas, pensé en el sinsentido del absurdo sueño de esa noche. Y en su falta de lógica o coherencia. No la iba a hallar, estaba convencido de ello, ni leyendo a Freud, a Apolodoro o a cualquier intérprete de sueños, ensoñaciones o fábulas varias. Me pareció más sensato aceptar las cosas tal como son. O darles la importancia debida. Idéntica a la otorgada, por ejemplo, a la patada propinada a una piedrecilla aparecida en mitad de un camino. No por ello dejaba de verme, sin entender nada, en compañía de la monja Egeria recorriendo el desierto del Sinaí.

Duchado, desayunado, y con la mochila a cuestas, el recuerdo del sueño no me abandonaba. Todo lo contrario. Decidí entonces rememorarlo de principio a fin para no olvidarlo. Lo hice un par de veces. Y tentado estuve de subir a casa y escribirlo. Los sueños, lo sabía por experiencia, se suelen desvanecer muy pronto. Miré el reloj. No me daba tiempo. Pensando en ello, apareció el coche conducido por José Luis. Nos saludamos.

-¿Hacemos el trayecto previsto, no? -me preguntó camino de la autovía.

-Sí. Me parece bien. No he pensado ninguna alternativa.

-Tenemos que llegar a la Fuensanta. Hay dos opciones…

-Conozco el camino. No te preocupes.

-¿Por Benafer o por Caudiel?

-¡Qué preguntas me haces! Por mi pueblo.

-También se puede ir por Benafer.

-Pese a la proximidad, en Benafer sólo he estado dos o tres veces en mi vida. De pequeño había una señora muy amable en una especie de merendero llamado los Nogales. Recuerdo haber ido allí en más de una ocasión con mis padres. A comernos la mona en pascua… Un día, emigrado, me entró tal añoranza y melancolía que, estando ya en primero de carrera, cogí el tren y me vine… Fue la última vez que vi a aquella amable señora.

-La vida.

-Otra vez, no sé a santo de qué, acompañé al cura. Tendría yo cinco o seis años. Terminada la misa en Caudiel, iba a celebrar en Benafer. Yo lo acompañé. Con otros amigos. No hace mucho, hice el mismo trayecto… Pero si vamos por ese pueblo, no te garantizo nada: igual nos perdemos.

-Nos hacemos mayores.

-Sí.

Guardamos silencio. Volvieron a asaltarme los recuerdos del sueño. Egeria y yo caminando por Tierra Santa. Recreándome en ellos, el camino se me hizo corto. De pronto vi el esbelto campanario de la iglesia de Caudiel, la muralla del convento de las monjas, y la casa donde nací. No dije nada. Le indiqué por dónde tenía que meterse. Llegamos a la estación del tren y cogimos el antiguo camino de Aragón. Estrecho y con varios puentes por donde el coche, no obstante, pudo pasar. Pasamos. Conduciendo con cuidado, dado el estado del camino, llegamos a los altos viaductos de la Fuensanta. Por uno transcurre la llamada vía churra. Conecta Zaragoza con Valencia. En el otro estaban la vías del tren minero de Ojos Negros, con final en Sagunto. Ahora, desmantelada la mina, es la famosa vía verde. Me llamó la atención que hubiera por allí tres o cuatro coches aparcados. Aparcamos nosotros también. Y la respuesta vino inmediatamente: allá arriba, en el viaducto de la vía verde, unos jóvenes habían instalado, en la barandilla del puente, una especie de balcón metálico con una plataforma. Estaban poniéndole tirantes y sujeciones a un chico. Éste se subió a la plataforma. Pero antes de que se lanzara al vacío, me volví de espaldas y conecté el móvil. Con el ánimo encogido, estuve leyendo una carta que acababa de llegar. No oí ningún grito. Le di prisas entonces a José Luis para comenzar a caminar. Antes de que otro de aquellos muchachos hiciera la proeza, otra vez, de lanzarse al vacío desde lo alto del viaducto.

Pasamos junto a ellos a buena marcha. Saltadores y ayudantes eran muy jóvenes. Los saludamos. Nos respondieron. Y comenzamos ya a caminar. A buen ritmo.

-Yo -le dije a José Luis- jamás he entendido estas cosas. ¿Qué necesidad tiene este hombre este de arriesgar así su vida?

-Bueno. Dicen que es un deporte de alto riesgo.

-Lo del riesgo no te lo discuto. Pero deporte… No sé. Deberíamos definir la palabra con más precisión.

-Sí. Yo también entiendo por deporte una actividad corporal, movimiento, desgaste. ¿Es el ajedrez un deporte, o el billar?

-¿Lo es el caminar como hacemos nosotros? -le pregunté sonriendo.

-Sí. Lo es -respondió rotundo-. Al menos -añadió sonriendo- luego, tras la caminata, comemos como señores feudales.

-En eso no te falta razón.

Hacía una mañana espléndida. Brillaba el sol. Montes, veredas y bancales estaban de un verde exultante. A derecha e izquierda de la vía verde crecían florecillas blancas, amarillas, azules… Era una maravilla de colorido. No faltaba, por otra parte, el maravilloso silencio. Sólo, muy de tarde en tarde, nos adelantó algún ciclista. Nadie, salvo nosotros, iba a pie por allí.

José Luis caminaba delante de mí. El sol comenzó a molestarme a los pocos pasos. Me puse el sombrero. Me trajo a la memoria, pese a las enormes diferencias, el llamativo casco rojo del muchacho que saltó al vacío desde el viaducto. Pensé entonces que, tal vez, el hombre necesite de un cierto riesgo o inseguridad para sentirse vivo. Volví a recordar mi sueño. Le apliqué a la monja viajera aquellos calificativos. No me cuadraban. No. Era imposible emprender un viaje como el suyo por una ineludible necesidad de sentirse viva. Lo debió de hacer por otros motivos. Seguro.

-¿Tú crees -le pregunté a José Luis poniéndome a su altura- que un libro, o una creencia, pueden crear un estado de melancolía y añoranza tal como la perdida juventud?

-No acabo de entender la pregunta. ¿Tan alta vida espero que muero porque no muero? -preguntó dando la respuesta.

-Yo -le expliqué asombrado- dejé un día las clases por ir a Benafer, a ver a aquella buena señora. Fui arrastrado por una enorme melancolía. Por ella he vuelto de vez en cuando a mi pueblo. ¿Es posible hacer una peregrinación en busca de las huellas de una creencia? ¿Puede ser la peregrinación una forma de reafirmarse? ¿O de melancolía?

-No lo sé -me respondió- ¿La melancolía, o el viaje a Benafer, te reafirmó algo a ti?

-Sí. Que aquello, meriendas, viajes, correrías, tal vez había sucedido. Pero estaba muerto. O solamente existía en mi mente, en mi recuerdo. Fueron momentos de desolación y de tranquilidad al mismo tiempo.

-Ya -dijo sin dejar de caminar.

No fue esa la reacción de la monja Egeria cuando, allá por el sigo IV, recorrió algunos pasajes descritos en la Biblia. Para ella -me dije con un cierto temor a equivocarme- todo era presente, actual. Su fe le hacía vivir cuanto veía no como un testimonio del pasado sino como la confirmación de su fe. ¿Y por qué había soñado yo con su viaje, con la lectura que hice del mismo? La vida es un verdadero misterio. Aquella monja se embarcó en una gran peregrinación, tal vez en busca de los ecos de su religión. O de los sustentos palpables de la misma. ¿Necesitaba Egeria eso en realidad? ¿No sufriría algún desengaño que no se atrevió a confesar, y se guardó para ella? Recordé la desilusión sufrida por mí cuando, muchos años después, volví a la plaza donde, de pequeño, jugaba solo o con mis amigos. Era, es, una placita pequeña, diminuta… Muy alejada de la grandeza y del esplendor otorgados por mí a lo largo de los años de ausencia. Y, sin embargo, era innegable mi estancia en la misma. ¿O no? Comenzaba a dudar de todo.

Caminando sin cesar, a buen ritmo, habíamos llegado, además, a una parte de la vía verde jamás recorrida ni vista por mí. Sí, a la izquierda, un tanto alejada, estaba la autovía. Por ella había circulado en infinidad de ocasiones.

-Por ahí -me dijo José Luis- señalando con su bastón- tienen que estar las Cuestas del Ragudo.

-No lo sé. En eso de la orientación soy un inútil total.

No recuerdo si poco antes, o poco después, nos tropezamos con una indicación, una inscripción sobre madera. Anunciaba la existencia, en una pequeña loma, de un búnker de la guerra civil. Subí a verlo. Me entró una pena infinita. Era un nido de ametralladoras. En una de sus caras, aunque semiborradas, todavía eran visibles el yugo y las flechas.

-¿Es la guerra -me pregunté neciamente- un intento también de sentirse vivo al límite con la muerte? ¡Dios, cuántas estupideces!

José Luis se había alejado un buen trecho. No tuve intención de alcanzarlo. No estaba teniendo mi mejor día. Decidí, por si ello era posible, dejar de pensar. Me detuve. Saqué la cámara de la mochila. Y me dediqué, a partir de ese momento, a fijarme en las plantas, los árboles y las flores. Y empecé a hacer fotografías. Sin parar. Más sosegado, al cabo de unos largos minutos, vi que José Luis, detenido, me hacía señas agitando los brazos. A su derecha, un poco más lejos, se levantaban los tejados de algunas casas. Había allí una zona de descanso. Ocupada por ciclistas, fumando y con las mascarillas bajadas. Nos aproximamos. Yo tenía ganas de seguir caminando. Lo hicimos. Y dimos, como ya nos había sucedido en alguna otra ocasión, con la indicación del GR-7. Señalaba ahora la dirección del santuario de Delfos, y la distancia, 7.964 kilómetros.

-Si nos damos un poco de prisa -dijo José Luis riendo- igual llegamos allí a la hora de comer.

-En esta vida todo es proponérselo -le contesté.

-Te propongo lo siguiente: nos acercamos a la fuente del Ragudo y comenzamos el regreso desde allí.

Me pareció bien. No obstante, se estaba haciendo tarde y habíamos recorrido una buena distancia. Nos volvimos atrás sin haber alcanzado la fuente del Ragudo. La pendiente de la vía verde, en aquellos parajes, es bastante pronunciada. Así que lo sufrido a la ida se convirtió en gozo a la vuelta. ¿Sentiría lo mismo Egeria? ¿No le hubiera gustado quedarse en Tierra Santa? ¿Había regresado con la fe reforzada? Y entonces se me ocurrió pedirle un favor a José Luis. Iba a hacerlo cuando me quitó la palabra de la boca.

-Después de comer, vamos a volver por aquí con el coche. Y si vemos una conexión con la carretera, la próxima semana venimos, dejamos el coche aquí, y continuamos el trayecto donde lo hemos dejado hoy.

Me pareció bien. Superaba aquello, con creces, a mi silenciado planteamiento. Al fin y al cabo no dejaba de ser una ridiculez cuanto iba a proponerle yo. Además, era mejor, en esos momentos, estar solo, no molestar a nadie. Podría dedicar, así, todo el tiempo del mundo a mis recreaciones y ensoñaciones. Otro día, pues, volvería al pueblo, pediría las llaves del cementerio e iría allí a ver las tumbas, cruces y lápidas de deudos, parientes y antepasados. Me aseguraría de la breve existencia de mis parientes, de su paso por esta tierra. Tal como hiciera, sin duda, Egeria en el desierto, ante las tumbas de aquellos avariciosos, hartos del maná, memoriae concupiscentiae.

Volvimos al coche a buen ritmo. Teníamos hambre. No había ni rastro de los saltarines. Ni de sus coches. Me sentí un tanto aliviado. Y tenía el estómago vacío.

UNETE



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