Fracasos vendidos como éxitos

Sin recurrir al panorama apocalíptico, que pintó hace unos días Pablo Casado, debería explicar el presidente los datos de la deuda pública española, el déficit y la inflación.

 

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Cualquiera que conozca la negativa gestión del Gobierno en cualquiera de los ámbitos donde ha metido la mano, no puede por menos que llevarse las manos a la cabeza; ahí tienen la pandemia en la que el actual Ejecutivo ha quedado descolgado respecto a la mayoría de los países de la UE. Y si lo prefieren investiguen sobre cómo se ha llevado a cabo la vacunación: el propio Gobierno se ha hecho el loco y ha dejado que fueran las comunidades quienes gestionaran el proceso. Sólo acude cuando hay que ponerse insignias en la fraudulenta cogobernanza. ¿Y las ayudas a La Palma? Tras meses del desastre no hay ayudas, pero sí promesas que a nada conducen. Estamos tan acostumbrados a las mentiras del presidente que hemos acabado por desinteresarnos de cuanto dice; no es infrecuente escuchar en cualquier cafetería: «¡Apaga la TV que este fantasma no dice más que mentiras!»

Y si nos llevamos las manos a la cabeza por sus mentiras, ya me dirán cuando le escuchamos hablar de «sentido común». ¡Hay que ser falso y tener la cara más dura que el cemento armado! Que alguien explique qué tipo de sentido común tenía este señor en el momento del «No es no, señor Rajoy, ¿qué parte es la que no entiende?». Es evidente que su desfachatez le convierte en olvidadizo y no le avergüenzan ni siquiera las hemerotecas o las imágenes de archivo. Con la que está cayendo, no es ético que este personaje -- capaz de pactar con tirios y troyanos tras negar reiteradamente que iba a hacerlo-- siga dando imagen de su inutilidad, engañando a Europa con embustes presupuestarios o dividiendo a los españoles por intereses personalistas.

Si pensamos en la anunciada renovación de la Corona, nada de nada. También en esto hay más falsedad que en una moneda de tres euros. Fue él quien alentó hace un año, en su primer balance de legislatura, que llevaría a cabo cambios en esa institución. Decía Sánchez que Felipe VI anhelaba una monarquía constitucional acorde a esta España del siglo XXI. El caso es que Sánchez no dio a conocer la hoja de ruta, sencillamente porque no la tenía. Y llegada es la fecha en que sigue sin haber proyecto ni hoja de ruta. Sospecho que aquel insensato anuncio no era más que el resultado de la presión que ejercía el «marqués de Coleta» sobre Sánchez.

Más mentiras podemos comprobar en la mal llamada mesa de diálogo con Cataluña. Ya me dirán qué carajo de patrañas encierra esa mesa, salvo la permanencia del narciso en Moncloa. ¿Por qué negocia el Estado con esa comunidad autónoma y ningunea a las demás en un claro acto de desprecio? Mucho pedir Cataluña, pero las castañas del fuego se las sacan las demás autonomías del Estado. Empiezo a pensar que a Pedro Sánchez le han venido bien la emergencia sanitaria y la crisis económica que ha generado la pandemia. ¡Menudo recochineo se trae el presidente con Pere Aragonés! ¿Sánchez dice a sus cercanos que la sexta ola le ha venido de perlas al Gobierno para no convocar la mesa catalana de chantajes fraudulentos? Sin duda, esa mesa corona la estupidez de un país crucificado desde hace una semana por el Banco Central Europeo, el FMI y la OCDE.

«Arrogancia», «incompetencia», «insensatez» y «recochineo» son algunas de las acusaciones que recibe Sánchez a diario. Hasta Casado se lo recuerda. Lo peor de todo es que hay certidumbre en ello. Y si a eso añadimos el «falso triunfalismo» del que alardea Pedro Sánchez, el abandono durante la pandemia, la «compra» a los medios afines y a los sindicatos sectarios, la dejadez con La Palma, la desidia hacia los más débiles, el destrozo del mal llamado «escudo social», la mentira por la mentira, estamos ante una evidencia de que no hemos salido más fuertes de la crisis sanitaria.

Sin recurrir al panorama apocalíptico, que pintó hace unos días Pablo Casado, debería explicar el presidente los datos de la deuda pública española, el déficit y la inflación. Mientras siga habiendo gente que se crea las mentiras de Sánchez, España seguirá a la cola de la recuperación. Esos fondos que han llegado recientemente son una prueba para valorar si se utilizan para reformas orientadas a la recuperación o para alimentar sindicatos, chiringuitos y acciones innecesarias; es decir, para valorar si se pretende hacer una especie de Plan E con las comunidades afines. Rodríguez Zapatero lo hizo, a la vez que ocultó un déficit de 11.000M superior al anunciado. Y camino de eso vamos.

Como verán, hemos pecado de exceso de prudencia al no valorar en profundidad la contrarreforma laboral. Tiempo tendremos. La misma contrarreforma que ha vendido Antoñita «La fantástica» como un éxito, cuando tan sólo se han retocado cuestiones que penalizarán el empleo, castigan al empresariado, enmascaran el despido y procuran el aumento de afiliación al burdel sindical sectario y clasista. La misma contrarreforma laboral que ha dividido a la CEOE porque casi anula la competitividad empresarial y no mejora la llegada de nuevas empresas, ni facilita herramientas para incorporar a los jóvenes al empleo. Esa misma contrarreforma que la FAES no critica porque, en esencia, mantiene el grueso de la reconocida y alabada reforma laboral de 2012, tanto por el Banco de España como por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la propia UE.

El éxito que cree haber tenido Yolanda Díaz lo ha desmontado la fundación presidida por Aznar; de ahí que se reitere a Pablo Casado que sea moderado en sus críticas. La torpeza de Yolanda Díaz, su mala fe, la permisividad del presidente respecto a las negociaciones de «la Yoli» a sus espaldas, su traicionero conchaveo con los sindicatos sectarios, la vigilancia de Nadia Calviño impuesta por Sánchez y el jugueteo de Garamendi con la ministra-caviar, no eran más que bridas para atar a la comunista. Seguirá habiendo flexibilidad interna dentro de las empresas; queda consolidado el coste y abaratamiento del despido; así como «la supresión de los salarios de tramitación».

Tiempo tendremos de explicar cómo y por qué Antonio Garamendi no ha sido el perdedor, a pesar de la reacción de algunas organizaciones de la CEOE. Lo cierto es que todos los contenidos regresivos de esta contrarreforma sí puede asumirlos el empresariado, al menos inicialmente, pero la eliminación de los mismos deberá hacerse tan pronto como haya cambio de Gobierno.

UNETE



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