¡Eureka! El filósofo que flotaba.



El filósofo era un personaje muy considerado en Siracusa. Su fama como ingeniero militar y estudioso de la Filosofía Natural le granjeaba el respeto y el afecto agradecido de sus conciudadanos. Y aunque su modestia natural era incompatible con la arrogancia, todos sabían que era un gran sabio, quizá el más grande de toda la Magna Grecia. Por eso en las termas comunales siempre tenía a su disposición una tina individual.

 


           -Pase por aquí, señor – le decía el obsequioso siervo del establecimiento -, le he llenado la tina de agua calentita hasta el borde. Justo debajo del ventanal, para que tenga buena luz.

           -Gracias, Cayo – le respondió con amabilidad, mientras ponía en su mano unas monedas de propina.

           Después se desnudó y se fue introduciendo en el agua tibia. Pero al sentarse en el fondo vio que el nivel subía hasta desbordarse, produciendo un gran charco a su alrededor.

           -Vaya, que desastre. Se me ha mojado la toalla y se va a mojar la túnica.

           Y mientras intentaba salvar la ropa y ponerla sobre un banco de piedra, reflexionó sobre la causa de que el agua subiera al introducirse en ella.

           Y de pronto, el filósofo gritó con toda la fuerza de sus pulmones.

           -¡¡EUREKA!! ¡Lo he encontrado!

           Y salió corriendo a la calle, en pelota picada, ante el escándalo y el jolgorio de sus paisanos siracusanos.

           De pronto, se paró en el centro exacto del ágora, sin reparar siquiera en su desnudez. Al fin y al cabo Siracusa estaba llena de magníficas estatuas de hombres y mujeres desnudos bastante mejor proporcionados que él.

           -Escuchadme todos, queridos amigos y amigas, porque he de daros una buena nueva:

           E hinchando el pecho y con voz solemne pronunció el secreto de la razón por la que los barcos flotan sobre el agua:

           -“Todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del líquido que desaloja”.

           Después, se dio cuenta de su desnudez, al escuchar las risas de los presentes, y avergonzado, pero satisfecho en el fondo, procedió a taparse las vergüenzas con ambas manos y, encogido y con paso apresurado, se volvió a las termas para recuperar su elegante atuendo.

           Nadie le afearía nunca su desliz, aunque tampoco consideraron digno de recuerdo el enunciado que a partir de entonces y hasta la fecha se conoce como Principio de Arquímedes.

           -Es tan distraído nuestro Arquímedes – decían las matronas, justificando el espectáculo que les había dado. En el fondo no lamentaban haber visto partes del cuerpo del filósofo que consideraron estimulantes y bien proporcionadas en su tamaño y forma. No toda la admiración iba a ser para los atletas que corrían desnudos por los estadios de Olimpia, cada cuatro años, ¿verdad?

           Pasados los siglos, el principio de Arquímedes lo estudian todos los alumnos de colegios e institutos y ha sido de gran utilidad para los constructores de barcos, aunque en su Siracusa natal, durante muchos años, solo se recordó con regocijo su figura despelotada en el centro del ágora.

Por Miguel Ángel Pérez Oca