Sostenibles como en Kenia



Sostenibles como en Kenia

 

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En Kenia se está produciendo un caso ejemplar de lo que se ha venido en llamar circularidad, algo que los científicos de la naturaleza conocemos como ciclos de materia y energía y, también, flujos ecosistémicos. Vamos, algo así como que para que un sistema sea sostenible se debe crear un ciclo lo más cerrado posible de materia.

Bajo esta perspectiva, cualquier recurso natural que extraigamos para producir un bien, ya sea el pan nuestro de cada día o el más efímero artilugio de plástico que podamos comprar en cualquier bazar, debe volver a introducirse en el sistema. Esta es la base que subyace en el reciclado de los envases, o en el compostaje agrícola. Esta es la idea, también, que comparte  el sistema de depósito, devolución y retorno (SDDR) para la recuperación de envases y evitar el despilfarro de los materiales que contienen y que acaben en el mar.

Volviendo a Kenia, allí se produce este proceso ecológico de forma ejemplar. Ningún material es desaprovechado, una inmensa cantidad de residuos son reintroducidos al ecosistema global y allí cada organismo se encarga de su degradación, aprovechamiento y reciclado.

Me di cuenta de este hecho gracias al inglés, ese idioma que me esfuerzo en dominar y para lo cual todos los días me someto a un documental de cualquier tema con tal que sea en la lengua imperial. El último documental fue, justamente, sobre Kenia y el reciclado.

Es asombroso como la basura que producen las personas es gestionada de modo que, debidamente agrupada, transferida y depositada en el terreno, es capturada por multitud de organismos que, trabajando de forma secuencial, la descomponen y cada uno hace un uso diferente de la misma y de los subproductos obtenidos, los cuales, a su vez, son capturados por otros organismos y aprovechados al máximo.

Todo ello lo aprendí mientras miraba el documental en mi viejo móvil, que a pesar de sus dos años de antigüedad permite disfrutar de estos videos con una calidad de imagen asombrosa, aunque ahora mismo acabo de desembalar un móvil nuevo que tiene más resolución y calidad de sonido.

Al retirar el envoltorio de plástico que recubre la caja, me he sentido más tranquilo al pensar que el modelo de Kenia funciona tan bien que tanto el plástico, como el cartón y también el propio aparato al final de su vida útil, no van a desaprovecharse y que acabarán siendo debidamente reciclados.

Tan solo me inquieta un hecho, del que he tomado plena conciencia al visualizar nuevamente el mismo video con el recién estrenado smartphone: esos miles de organismos que trabajan afanosamente nuestros residuos son niños de doce años, mujeres y algún que otro anciano, que remueven a mano desnuda la basura que se acumula en gigantescos vertederos, para sacar algún par de euros al día.

Es más, duele saber que a no mucha distancia de estos niños, otros niños estarán trabajando en alguna de las numerosas minas que producen tierras raras y otros minerales para nuestras sostenibles energías renovables y los no tan sostenibles miles de móviles que cada año desechamos.

No sé, al final, quizá el ciclo más razonable sea el que lleva a reducir el consumo de energía y el de recursos. Porque lo demás se parece demasiado a ir a Glasgow a hablar de reducir emisiones viajando en un jet privado, uno de esos jets que en un solo día de vuelo emite lo mismo que toda Kenia en ese mismo día.

Joan F. Aguado



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Sostenibles como en Kenia

 


Después del fracaso de la COP de Glasgow, ver el ejemplo de Kenia reconforta a cualquier ambientalista de esta parte desarrollada del mundo, de esa que con un 20% de población emite el 80% del CO2 mundial.

En Kenia se está produciendo un caso ejemplar de lo que se ha venido en llamar circularidad, algo que los científicos de la naturaleza conocemos como ciclos de materia y energía y, también, flujos ecosistémicos. Vamos, algo así como que para que un sistema sea sostenible se debe crear un ciclo lo más cerrado posible de materia.

Bajo esta perspectiva, cualquier recurso natural que extraigamos para producir un bien, ya sea el pan nuestro de cada día o el más efímero artilugio de plástico que podamos comprar en cualquier bazar, debe volver a introducirse en el sistema. Esta es la base que subyace en el reciclado de los envases, o en el compostaje agrícola. Esta es la idea, también, que comparte  el sistema de depósito, devolución y retorno (SDDR) para la recuperación de envases y evitar el despilfarro de los materiales que contienen y que acaben en el mar.

Volviendo a Kenia, allí se produce este proceso ecológico de forma ejemplar. Ningún material es desaprovechado, una inmensa cantidad de residuos son reintroducidos al ecosistema global y allí cada organismo se encarga de su degradación, aprovechamiento y reciclado.

Me di cuenta de este hecho gracias al inglés, ese idioma que me esfuerzo en dominar y para lo cual todos los días me someto a un documental de cualquier tema con tal que sea en la lengua imperial. El último documental fue, justamente, sobre Kenia y el reciclado.

Es asombroso como la basura que producen las personas es gestionada de modo que, debidamente agrupada, transferida y depositada en el terreno, es capturada por multitud de organismos que, trabajando de forma secuencial, la descomponen y cada uno hace un uso diferente de la misma y de los subproductos obtenidos, los cuales, a su vez, son capturados por otros organismos y aprovechados al máximo.

Todo ello lo aprendí mientras miraba el documental en mi viejo móvil, que a pesar de sus dos años de antigüedad permite disfrutar de estos videos con una calidad de imagen asombrosa, aunque ahora mismo acabo de desembalar un móvil nuevo que tiene más resolución y calidad de sonido.

Al retirar el envoltorio de plástico que recubre la caja, me he sentido más tranquilo al pensar que el modelo de Kenia funciona tan bien que tanto el plástico, como el cartón y también el propio aparato al final de su vida útil, no van a desaprovecharse y que acabarán siendo debidamente reciclados.

Tan solo me inquieta un hecho, del que he tomado plena conciencia al visualizar nuevamente el mismo video con el recién estrenado smartphone: esos miles de organismos que trabajan afanosamente nuestros residuos son niños de doce años, mujeres y algún que otro anciano, que remueven a mano desnuda la basura que se acumula en gigantescos vertederos, para sacar algún par de euros al día.

Es más, duele saber que a no mucha distancia de estos niños, otros niños estarán trabajando en alguna de las numerosas minas que producen tierras raras y otros minerales para nuestras sostenibles energías renovables y los no tan sostenibles miles de móviles que cada año desechamos.

No sé, al final, quizá el ciclo más razonable sea el que lleva a reducir el consumo de energía y el de recursos. Porque lo demás se parece demasiado a ir a Glasgow a hablar de reducir emisiones viajando en un jet privado, uno de esos jets que en un solo día de vuelo emite lo mismo que toda Kenia en ese mismo día.

Joan F. Aguado




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