
. Sin embargo, lo que resulta una tremenda vindicación, pese a todos los eventos que la han sojuzgado a través de dos siglos, es que hoy América Latina, la parte históricamente más rezagada del continente en relación al tremendo poder y desarrollo de su hermana nación del Norte, es más republicana que nunca. Si miramos la evolución de las repúblicas modernas a escala global, en los últimos 200 años, la gran mayoría no son sino repúblicas nominales, como ocurre recurrentemente en África y en Asia. En esos casos, la condición republicana solo emana del hecho de que no impera la monarquía, pero sus pueblos, sus ciudadanos, poco tienen que aportar en relación a cómo se establecen los mecanismos de representación, aspecto determinante para reconocer en una república su condición de tal. La referencialidad, para entender lo que es una verdadera república, parece ser que se encuentra y se ha encontrado siempre más nítidamente expresada en lo que Europa y América aportan y han podido aportar históricamente. Más, cuando miramos a Europa, vemos que su afirmación republicana ha sido particularmente inconstante, y parece haber estado condenada a un condicionamiento perpetuo. Solo Francia tiene una constancia de más de un siglo de republicanismo concreto en el desarrollo de sus instituciones. Muy poco para haber sido la segunda república moderna. La primera, bien sabemos, radicó en la Nación del norte americano. Ilustrativamente, en la historia política moderna, lo que nos queda de ejercicio republicano europeo, hasta antes del derrumbe de los regímenes del Este y del fin de la URSS, es bastante poco. De hecho, un artículo de Julián Casanova, en el “El País” de España, en abril pasado, ponía en debate el fracaso de las repúblicas del primer tercio del siglo XX, en Europa. Allí ponía en evidencia que, entre 1910 y 1931, en Europa surgieron varias repúblicas, caracterizadas por su condición democrática o por lo menos por sus aspiraciones democráticas. Destaca como muy significativas las republicas alemana, austriaca y checa, aunque la serie había comenzado con el derrocamiento de la monarquía en Portugal, en 1910. Democráticamente subsistió solo la de Irlanda, creada en 1922, y la última que sería proclamada fue la II República Española. Todas ellas, sucumbieron ante el autoritarismo y las dictaduras. De hecho, la república alemana de Weimar y la República Española cayeron bajo las botas del fascismo. Por el Este, los “socialismos reales” se proclamaron repúblicas cuando despojaron a los monarcas vetustos de sus poltronas decimonónicas y los mandaron al exilio, cuando no los mataron, como al Zar de Rusia. Partieron tratando de ser repúblicas, pero terminaron siendo dictaduras, y conservaron solo el nombre de tales poniéndose un apellido ilegítimo - “popular”, “democrática” o “socialista” -, pero el apellido no tenía nada que ver con su verdadero linaje. América, en tanto, consolidó su andar republicano en las dos últimas décadas del siglo XVIII en el norte emancipado, en tanto los países del sur asumieron el mismo desafío, a inicios de la centuria siguiente. Fue la obra y el anhelo de los protagonistas de la independencia. Sin embargo, la restauración del poder de la clase terrateniente colonial y de la influencia del clero papista, de la mano del caciquismo feudal, algunas décadas después, fue dejando el proyecto republicano de la emancipación solo en la simple denominación. Las dictaduras del caciquismo, del militarismo, de los regímenes títeres de los intereses imperialistas, de los autoritarismos de distinto cuño, fueron una lamentable secuela antirrepublicana, que frustraron la voluntad de los padres nacionales. De este modo se inscribe la larga y dolorosa marcha institucional y política de América Latina, que hito en hito fue invocando su origen y construyendo episodios memorables de republicanismo, que, una y otra vez, dictadores civiles y militares se encargaban de frustrar. Pero, de una u otra forma, en el fondo de la conciencia política latinoamericana latió de manera perenne ese origen institucional y político, que los libertadores dejaron señalado de modo definitivo. Y a pesar del condicionamiento al ejercicio republicano que han significado las dictaduras a través de la historia latinoamericana, nunca ninguno de sus pueblos dejó de reconstruir sus bases republicanas, a pesar de las enormes dificultades impuestas por las fuerzas retardatarias, opresivas, dependientes, autoritarias, retrógradas, restauradoras, pro-colonialistas, etc. Hoy, América Latina es más republicana que nunca. En aquellos países donde aún quedan resabios de las antiguas expresiones del conservadurismo y del restauracionismo, de las concepciones autoritarias (más allá de la particularidad de su ideología) y de los pre-determinismos mesiánicos, aún allí, el palpitar republicano que se conjuga con el ejercicio democrático, adquiere día a día nuevos avances. Y en las calles de la mayoría de las urbes latinoamericanas hay un republicanismo que nunca se había dado tan plenamente, y debemos alegrarnos de las fuerzas que lo han impulsado y hacemos votos que lo sigan impulsando. No es la perfección, pero es un estado de institucionalidad representativa que no habíamos logrado plasmar en la dimensión continental nunca antes, y que se hace presente incluso en su más caribeña expresión. Hay falencias, desde luego, y enormes, pero ellas contribuyen a darle una fuerza aún mayor a la constatación de la idea de república, en el debate cotidiano y en la participación ciudadana, en el determinismo de lo público como una cuestión de todos, en el derecho de los pueblos a construir sus manifestaciones concretas de representación. Ese es el camino en que debemos perseverar en nuestros países, haciendo y rehaciendo los espacios de ciudadanía, sin ceder nuevamente ante los mesianismos, los caciquismos o los autócratas. Como consecuencia de ello, en un plano de mucho simbolismo, ojalá podamos decir por muchas centurias en el futuro, que si la república de los antiguos atenienses del tiempo de Pericles pudo encontrar una Tierra Prometida, esta se encuentra por fin en esta portentosa América Latina.